Ángela Ávalos. 3 enero
Claudio Soto Ovares y Olga Vargas Marchena se casaron hace 73 años, el 31 de diciembre de 1947, en la Iglesia Metodista El Redentor. En esta larga historia de vida juntos, han criado a una familia de cinco hijos, 14 nietos y cinco bisnietos. Foto: Cortesía
Claudio Soto Ovares y Olga Vargas Marchena se casaron hace 73 años, el 31 de diciembre de 1947, en la Iglesia Metodista El Redentor. En esta larga historia de vida juntos, han criado a una familia de cinco hijos, 14 nietos y cinco bisnietos. Foto: Cortesía

Claudio Soto Ovares y Olga Vargas Marchena pasan sus días plácidamente en la casa más linda que, según dicen, se encuentra entre Plaza González Víquez y la avenida central, en San José.

Es de madera. Tiene un patio inmenso sembrado de árboles de limón, níspero, aguacate, cas y mango, con frondosas matas de plátano que convierten el sitio en un pequeño bosque en medio de la tumultuosa y asfixiante capital.

Él, de 99 años; ella, de 98, comienzan el día leyendo la Biblia y con oraciones por la familia, el país y el mundo, con la misma devoción con que lo han hecho desde hace décadas.

Este jueves 31 de diciembre, don Claudio y doña Olga celebraron la nada despreciable suma de 73 años de casados.

Fue en 1947, en la Iglesia Metodista El Redentor, cuando ambos decidieron unir sus vidas en una ceremonia celebrada a las 7 p. m., tras cuatro años de noviazgo.

“Diay, sí, ¡73 años! No los cuento como pesados, porque he estado casada muy bien”, comentó doña Olga por teléfono con la voz inyectada con esa alegría tan suya. Reconoce que elegir a aquel ateniense trasplantado a San José ha sido de lo mejor que le ha pasado en su ya larga vida.

Claudio, más callado, se oye asentir al fondo. Ella fue su primera novia. Él también fue el primer novio de Olga en una época donde los amores eran más reposados.

¡73 años! Probablemente, la edad de muchos de quienes lean esta nota no alcance siquiera la mitad de esos años.

Claudio y Olga vivieron una revolución, una guerra mundial, varias crisis económicas y ahora, lo que nunca habían visto, una pandemia que los obligó a confinarse en su casa de madera, como a miles de adultos mayores en todo el mundo.

Doña Olga Vargas junto a sus cinco hijos. Junto a Claudio, su esposo, logró darles estudios. Todos sacaron una profesión y se convirtieron en personas de bien. Foto: Cortesía
Doña Olga Vargas junto a sus cinco hijos. Junto a Claudio, su esposo, logró darles estudios. Todos sacaron una profesión y se convirtieron en personas de bien. Foto: Cortesía

Viven ahí desde 1969, cuando la compraron a pagos. En ese hermoso y cálido reducto, ubicado en las inmediaciones de Los Mercaditos, en San José, sobre calle 11, terminaron de criar a los cinco hijos que la vida les regaló.

El primero de ellos, bautizado Claudio como su progenitor, nació once meses después, en 1948, el año en el que estalló la guerra civil, y ahí sí, Olga y su bebé escucharon los atronadores estallidos de los rifles durante las primeras noches de desvelo.

Con el paso de los años, el primogénito de la familia se convertiría en el primer científico nuclear de Costa Rica.

La disciplina en el estudio la seguirían sus otros cuatro hermanos: Daniel (q.e.p.d.), se hizo electricista y administrador de empresas; Esteban se convirtió en médico ginecólogo; Yanina es historiadora y profesora de Estudios Sociales; y Pablo es ingeniero mecánico.

La simiente Soto Vargas también cosechó 14 nietos y, por ahora, cinco bisnietos.

Enamorados en la iglesia

Podríamos decir que fueron casualidades de la vida las que lograron sellar la unión entre Claudio y Olga; una relación que, si se suman todos los años de conocerse, fácilmente supera las ocho décadas.

Pero no. Ellos prefieren decir que Dios los tenía destinados el uno para el otro.

Su hija, Yanina, lo cuenta así:

“Papá vino de Atenas a estudiar al Liceo de Costa Rica a los 12 años, y se quedó a vivir aquí con su abuela, Angelina Gatjens. Esta abuela fue la que promovió, sin saberlo, la unión de mis padres. Ella invitó a mi abuela materna y a sus tres hijas, entre ellas, mi mamá, a asistir a la Iglesia metodista.

“Años después, también invitó a su nieto a participar. Él era un joven que estudiaba Farmacia. Mamá y papá se conocieron en la liga de jóvenes de la iglesia. Se casaron cuatro años después de ser novios”, cuenta Yanina Soto.

Doña Olga agrega más detalles: sí, ella fue la encargada de recibir al joven ateniense e introducirlo al grupo de la iglesia. Luego de las reuniones, cuenta, el joven Claudio la acompañaba hasta su casa.

Así fue una y otra y otra vez, hasta que esos paseos se convirtieron en el escenario perfecto para que entre ambos surgiera el amor, que permanece intacto como en ese entonces, asegura.

Ese miércoles 31 de diciembre de 1947, la novia lucía esplendorosa y, hay que decirlo, el novio muy guapo. La ceremonia fue sencilla.

Desde ese entonces, ambos estaban muy involucrados en la organización de la iglesia y fue por eso que, a pocos minutos de casarse, don Claudio regresó al templo porque, ante la ausencia del pastor, él estaba a cargo de la prédica del culto.

Al día siguiente, sin fiesta ni una pomposa noche de bodas —apenas compartieron unos helados y un quequito con la gente que llegó—, la recién estrenada pareja de esposos se fue de paseo a Cartago.

“Muchos matrimonios se sostienen por costumbre, pero ellos siempre se han querido. Siempre se han respetado. Nunca se han oído ni insultos ni gritos en esta casa. Por eso, a tanta gente le gustaba estar aquí (antes de que la pandemia obligara a confinar a nuestros adultos mayores).

“Hasta hace unos meses atrás, ellos recibían a un grupo de 25 señoras mayores, y tomaban café con ellas. Siempre han sido personas muy acogedoras”, relata Yanina, su hija.

Parte de la numerosa cosecha familiar que se sembró aquel 31 de diciembre de 1947. En el centro del grupo, las semillas: Claudio Soto Ovares y Olga Vargas Marchena. Foto: Cortesía
Parte de la numerosa cosecha familiar que se sembró aquel 31 de diciembre de 1947. En el centro del grupo, las semillas: Claudio Soto Ovares y Olga Vargas Marchena. Foto: Cortesía

Además de estar entre los primeros farmacéuticos graduados de la Universidad de Costa Rica (UCR), cuando esa casa de estudios solo tenía dos facultades (Derecho y Farmacia), don Claudio es uno de los fundadores de la Alianza Evangélica de Costa Rica, junto al pastor cubano Juan Sossa Rodríguez.

“Como anécdota, ambos se reunieron con José Pepe Figueres (líder de la revolución de 1948 y expresidente) cuando se estaba redactando la constitución de 1949. Le propusieron incluir desde ese entonces lo que hoy se discute: que la constitución fuera laica, que no hubiera injerencia religiosa”, recuerda Yanina Soto.

Don Claudio estuvo entre el grupo de fundadores de lo que hoy se conoce como Hospital Clínica Bíblica. Ese centro de salud, en sus orígenes, tenía un enfoque misionero.

Estuvo también involucrado con la administración de la emisora Faro del Caribe, donde incluso él se encargaba de leer las noticias de la mañana, antes de ir a la iglesia.

Doña Olga estudió lo que hoy se llama Contabilidad y antes era conocido como contaduría de libros.

Hace diez años, varios problemas de la vista la dejaron ciega, pero no le hicieron perder su sentido del humor, la gracia y el buen talante.

Hoy, pasa sus días de la mano de su marido y compañero de vida, en la casa más hermosa que, según dicen, cualquiera pueda encontrar entre plaza González Víquez y la avenida central de San José.

Don Claudio Soto y doña Olga Vargas pasan sus días en la casa más linda que se pueda encontrar, dicen, entre Plaza González Víquez y la avenida central, en San José. La pandemia los obligó a este confinamiento, pero nunca están solos. Siempre alguno de sus hijos pasa pendiente de ellos. Además, cuentan con la ayuda de una cuidadora. Foto: Cortesía
Don Claudio Soto y doña Olga Vargas pasan sus días en la casa más linda que se pueda encontrar, dicen, entre Plaza González Víquez y la avenida central, en San José. La pandemia los obligó a este confinamiento, pero nunca están solos. Siempre alguno de sus hijos pasa pendiente de ellos. Además, cuentan con la ayuda de una cuidadora. Foto: Cortesía