
El pasado 12 de diciembre, un hallazgo en el cauce de un río en Orosi cambió la vida de Esteban Brenes Granados: lo que parecía un simple paseo terminó con el descubrimiento de restos de mastodonte de más de 10.000 años en Costa Rica.
Aquel día, este operario de maquinaria pesada de 38 años, oriundo de Orosi, sacrificó su “ratico del café” de la tarde para caminar río arriba.
Buscaba distraerse (su bebé estaba próximo a nacer) localizando piedras llamativas o formaciones geológicas que le llamaran la atención; un pasatiempo tejido al cabo de 20 años por su labor extrayendo materiales del cauce.
“Siempre me ha gustado coleccionar piedras del río”, dijo con sencillez. Pero lo que sus ojos —que él mismo describe como “de águila”— captaron aquella tarde fue extraordinario aunque, de entrada, no era evidente.
A 800 metros de su zona habitual de trabajo, algo capturó y luego retuvo su atención en un paredón erosionado.
“Había casi como ocho capas de formación diferente... Y vi como una rótula, como una bola. Pensé: “Mirá, son huesos de vaca”, se dijo.
Luego de lavarlo y sostenerlo, el peso y la textura le dijeron que era muy grande para ser de vaca. Sin saberlo, sostenía en sus manos la prueba de un mundo perdido hace más de 10.000 años.
Aquí es donde su historia rompe estereotipos: lejos de quedarse con la duda, su curiosidad sintió un apetito que lo llevó a devorar mucha información e investigar con herramientas modernas de forma autodidacta.
“Le tomé una foto para usarlo con aplicaciones de inteligencia artificial... para preguntar: ‘¿Puede identificar este hueso?’”. La respuesta dice que le provocó un escalofrío: podría ser megafauna.
Su hambre por respuestas se agudizó.
Buscó en redes sociales, contactó a expertos en foros y finalmente, a través de una geóloga local, María Sequeira, logró que su hallazgo llegara a los oídos del Museo Nacional de Costa Rica (MNCR).

Al borde de lágrimas
Eso sí, el encuentro inicial con los expertos del MNCR estuvo marcado por la cautela.
Según recuerda, entre la comitiva estaba el doctor Guillermo Alvarado Induni, reconocido geólogo y académico costarricense, quien llegó al taller de maquinaria de Esteban con cierto escepticismo; después de todo, no es común que un operario de maquinaria pesada identifique megafauna con tal precisión.
Sin embargo, la duda se disipó en minutos.
Esteban sacó las primeras piezas que tenía “bien guardaditas” y luego Alvarado Induni apenas necesitó tocarlas para luego pedirle si podía llevarlos al punto del hallazgo.
Se los llevó hasta el paredón y destapó allí una pieza que más le intrigaba, la cual incluso había protegido de la intemperie cubriéndola con plástico.
Alvarado Induni se arrodilló, limpió el sedimento y palpó la superficie lisa del hueso. Fue entonces cuando se volvió mirando de frente al joven operario, con una mezcla de asombro y respeto.
“Mire, muchacho, usted no sabe lo que acaba de encontrar”, le soltó con voz potente y de emoción. “Esta es la defensa de un mastodonte”.
A Esteban la frase le sonó como un trueno que le puso la “piel de chinita”, según dijo; para los científicos, un instante tan conmovedor. Él relata que la emoción los tuvo “casi a punto de lágrimas”.

¿Cómo se conservaron?
Para entender la magnitud de lo que Esteban descubrió, la geóloga Johanna Méndez Herrera, encargada de la excavación por parte del MNCR, explicó que el hallazgo se dio en un río antiguo, pero no como una corriente turbulenta, sino como una zona de aguas tranquilas en ciertos momentos.
“El animal fallece dentro del cauce del río en una zona donde el agua no era turbulenta... Al haber poco oxígeno, él queda atrapado y el sedimento (un limo arcilloso) comienza a cubrirlo”, dijo la experta.
Este proceso permitió que los huesos no se descompusieran, sino que se fosilizaran, preservados en una “cápsula del tiempo” de sedimentos finos, acompañados de hojas, frutos y ramas de la época.
Fue esa “capa rica” la que quedó expuesta y la que Esteban supo leer con su mirada curiosa.
Pero la historia de Esteban tiene un giro aún más conmovedor.
El hallazgo ocurrió en paralelo a un evento trascendental en su vida familiar: el nacimiento de su hijo Nicolás.
Su esposa, Ana María Núñez Sánchez, tiene una hipótesis de cómo ambos acontecimientos se enlazaron.
“Ella ahora me dice: ‘Eso fue gracias a Nicolás, porque usted andaba un poquillo estresadillo por el nacimiento; yo le decía que saliera a caminar y eso fue lo que lo llevó a encontrarlo’”, declaró el esposo y papá. De hecho, él ve el descubrimiento como un regalo para sus hijos.
Para el mayor, Gael de 16 años, y para el pequeño Nicolás, quien crecerá con la anécdota de que su padre rescató a un gigante semanas antes de su llegada al mundo.
Pudiendo haber intentado lucrar o guardar las piezas, Esteban eligió integridad y el servicio a todos en Costa Rica y lo pone en lenguaje llano.
—Hay una decisión ética suya muy fuerte en esto. Pudo haber valorado obtener algún dinero con esto, pero decidió que este patrimonio era para todos. ¿Qué lo impulsó?
—Si al final de cuentas lo hubiera sacado y no era lo que sabemos ahora, iban a decir que yo quería lucrar con algo que no era. Pero al final me dije: ‘No, mejor voy a llamar y que vengan los que conocen’. Los del Museo me preguntaron: ‘¿Usted quiere donar esto?’, y yo les dije: ‘Sí, claro’. Esto tiene que conocerlo Costa Rica porque es algo impresionante y mejor que el Museo se lo lleve.
—Hay quienes creen que la auténtica riqueza no es el dinero, sino la cultura; el conocimiento. ¿Qué mensaje daría a quienes piensan que para hacer historia hay que ser adinerado o acumular títulos universitarios?
—La plata, el dinero en esta vida no lo es todo. Como le digo, de este hallazgo yo hubiera podido lucrar y la verdad es que no, preferí entregarlo y que Costa Rica lo disfrute. Y ojalá los jóvenes tengan ese pensamiento... No todo en esta vida es dinero. No hay nada más bonito que, en mi caso, quedar en la historia de Costa Rica y hacer sentir a mi familia orgullosa.
