
La reciente confirmación, el 13 de febrero, del hallazgo de fósiles de un mastodonte y un perezoso gigante en Cartago, abre una pregunta fundamental sobre nuestro pasado profundo en Costa Rica: ¿qué tenía este territorio que atraía y retenía a bestias de cinco toneladas?
Después de todo, nutrir cuerpos de semejantes dimensiones requería mucho alimento; uno que, en el caso de muchas especies antiguas y contemporáneas, implica frecuentes migraciones por razón de escasez o climáticas.
La respuesta científica no esperó al hallazgo público; fue entregada con precisión didáctica dos semanas antes, el 2 de febrero pasado, por uno de los investigadores que estuvo en la excavación de Cartago.
Ese día, ante un auditorio de especialistas del Museo Nacional de Costa Rica (MNCR), el reconocido paleontólogo y estratígrafo estadounidense Spencer G. Lucas ofreció la conferencia “Vertebrados de Costa Rica”.
Lo que pocos sabían en ese momento era que Lucas hablaba con conocimiento de causa directo: el experto había participado en la excavación de Cartago semanas previas a la divulgación oficial.
Sin adelantar la noticia entonces, Lucas sí explicó el fenómeno que convirtió a Costa Rica en un imán para estas especies; algo que llamó como la teoría del “gran bufé de ensaladas”, que explicaría por qué esos huesos fósiles suelen aparecer en Costa Rica y el resto del itsmo.

No eran mamuts, eran “montañeses”
Para entender por qué el Cuvieronius (el tipo de mastodonte hallado en Cartago) decidió quedarse aquí, Lucas fue enfático en diferenciarlo de sus parientes del norte: los mamuts.
Mientras los mamuts requerían grandes praderas abiertas y climas fríos para pastar, el Cuvieronius era un animal adaptado a la geografía quebrada.
“Este animal vive en las montañas, en los bosques, particularmente en América Central y en los Andes. Es muy común y, para ellos, Centroamérica era un enorme bufé de ensaladas”, explicó Lucas, quien es curador de paleontología en el Museo de Historia Natural y Ciencia de Nuevo México.
La metáfora del “bufé” es clave para comprender la ecología del Pleistoceno costarricense (hace 10.000-40.000 años).
A diferencia de las sabanas del norte del continente, Costa Rica ofrecía un menú inagotable de hojas de árboles y arbustos (vegetación de ramoneo).
“Todo Costa Rica es un bosque con hojas”, sentenció el especialista evocando cómo era entonces.
Al encontrar un territorio volcánico, húmedo y denso en vegetación, el Cuvieronius no tuvo necesidad de seguir migrando.
Encontró aquí su nicho ideal, lo que explica por qué sus restos son frecuentes en zonas montañosas como el Valle de Orosi y no en llanuras costeras abiertas.
A manera de broma, dijo que el centro de lo que hoy es San José, hace dos millones de años, tenía un tráfico horrible como el actual, al acentuar la gran cantidad de animales que, según los estudios, habrían estado en Costa Rica.
Encuentro de dos mundos
El hallazgo de Cartago es una “fotografía fósil” del Gran Intercambio Biótico Americano (GABI), el evento biológico más importante del continente, detonado por el cierre del istmo de Panamá hace unos 3 millones de años, dijo el investigador.
Lucas detalló cómo este evento permitió el cruce de especies que habían estado separadas por millones de años.
En la excavación reciente, el Cuvieronius (inmigrante del Norte) apareció junto a lo que sería restos de un Eremotherium (inmigrante del Sur); un perezoso gigante también de varias toneladas de peso.
Sobre los perezosos gigantes, Lucas aclaró su origen sureño:
“Es un grupo del Sur. Su origen... tenemos un registro fósil de Argentina (...) Al menos hay tres tipos de perezosos gigantes en Costa Rica, es una diversidad muy buena”, remarcó.
Estos animales, descritos por Lucas como “enormes, de hasta cinco toneladas”, subieron desde Sudamérica y, al igual que los mastodontes del norte, encontraron en el “comedor” costarricense las condiciones perfectas para prosperar, coexistiendo en los mismos bosques.

¿Por qué no llegaron todos al banquete?
Una de las lecciones más importantes de la conferencia del 2 de febrero fue la función de Costa Rica como un filtro biológico. El “puente” (o “bufé”) no estaba abierto para todos.
Lucas explicó que animales icónicos de América del Norte, como el rinoceronte o el bisonte, no lograron establecerse en nuestra zona centroamericana con éxito.
“Los rinocerontes son animales del norte... No hay fósiles de rinocerontes en Costa Rica”, afirmó.
¿La razón? Nuevamente, el “bufé”.
La densa vegetación tropical y la ausencia de pastizales abiertos actuaron como una barrera para las especies que dependían de praderas, mientras que funcionaron como un imán para los comedores de hojas como el Cuvieronius y el Eremotherium.
Para Spencer G. Lucas, la riqueza de sitios como el de Cartago está reescribiendo la historia de la paleontología regional; al menos con la información disponible a la mano.
Durante su alocución, reconoció que históricamente la ciencia en la zona fue “colonial” (dependiente de expertos extranjeros), pero celebró el auge de descubrimientos impulsados por el interés local.
La presencia de huesos de megafauna en Cartago no es una casualidad; es la prueba física de que, hace más de 10.000 años, este valle fue el restaurante más diverso y abundante de las Américas, donde gigantes del norte y del sur vinieron de visita a comer juntos.
