
Cherníhiv, Ucrania. En un apartamento del norte de Cherníhiv, cada corte de electricidad es una carrera contra el tiempo. Cuando la ciudad queda a oscuras, Olena Grigorenko corre hacia la cama de su esposo para conectar las baterías del respirador artificial que lo mantiene con vida.
Anatoli Kuchinski, de 62 años, está completamente paralizado y depende las 24 horas de un respirador amarillo y azul.
Padece esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad neurodegenerativa cuya esperanza de vida suele ser de hasta cinco años. Solo puede mover los ojos.
Los constantes ataques rusos contra la red energética de Ucrania en los últimos meses han agravado su ya delicada situación.
Misiles y drones han dejado a millones de personas sin calefacción ni electricidad, bajo temperaturas que alcanzan los -20 ºC.
Grigorenko, de 57 años, organiza su vida en función de los apagones programados por el racionamiento eléctrico, que en Cherníhiv —ubicada al norte de Kiev— pueden extenderse hasta nueve horas diarias.
“Cuando hay electricidad sin cortes constantes, no alcanza el tiempo para cargar la batería”, comentó.
El exfuncionario del Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU), tras una carrera dedicada a la seguridad nacional, hoy no puede moverse, hablar ni tragar y requiere atención permanente. En el apartamento aún se conserva una fotografía suya con uniforme militar y condecoraciones, recuerdo del hombre activo que fue.
Lecciones de la guerra
Desde la invasión rusa iniciada en febrero de 2022, Grigorenko aprendió a prepararse para lo peor. Durante el asedio a Cherníhiv, las tropas rusas cortaron la electricidad y Kuchinski quedó con apenas dos horas de batería en su respirador. Desesperada, ella rogó a una ambulancia militar que lo trasladara al hospital más cercano.
“En ese tiempo ni siquiera sabía lo que era un banco de energía”, recuerda.
Hoy mantiene reservas de alimentos, medicamentos, desinfectantes y un barril con 100 litros de agua. Ha coordinado con vecinos que no pierden el suministro eléctrico para poder cargar las baterías en caso de emergencia.
Cada noche activa tres alarmas —a la 1:00, 4:00 y 6:00 de la madrugada— y se despierta cada vez que la máquina lo exige. “La guerra te enseña todo”, afirma.
Algunas personas le sugieren trasladar a su esposo a un centro especializado. Ella lo descarta. “Ningún profesional le va a dar este tipo de amor, este tipo de cuidado”, asegura.

El diagnóstico de ELA en 2015 fue devastador.
Grigorenko recuerda que su esposo, aficionado a la pesca y la caza, perdió las ganas de vivir. Incluso se deshizo de su rifle por temor a que lo usara contra sí mismo.
Hoy, Kuchinski se comunica mediante un tablero con letras: ella pasa el dedo por el alfabeto y él parpadea cuando llega a la correcta.
A pesar del cansancio y la tensión constante, Grigorenko mantiene el optimismo. Sale del apartamento dos veces por semana para cortarse el cabello o hacerse la manicura.
Dice que la fortaleza de su esposo le da energía.
Su mayor deseo es atravesar el invierno y sobrevivir a la guerra, que está por cumplir cuatro años.
“Vivimos. No quiero decir que sobrevivimos. Vivimos. Yo quiero salir de esto”, afirma. “Les digo a sus amigos que viviremos para ver la victoria, el fin de la guerra”.
Entonces, promete, pondrán una mesa grande para recibirlos a todos. El médico, cuenta con una sonrisa, ya dio permiso: Anatoli podrá beber un poco de coñac.
