
Bogotá. Un abogado millonario de personalidad desparpajada, que hace campaña como “El Tigre” y da discursos detrás de un cristal antibalas, irrumpió en las presidenciales de Colombia para disputarle el poder a la izquierda.
Abelardo de la Espriella no solo sobrevivió a la primera vuelta: el próximo 21 de junio enfrentará en segunda ronda al senador izquierdista Iván Cepeda, aliado del presidente Gustavo Petro.
Con 47 años y sin haber ocupado jamás un cargo de elección popular, De la Espriella llega a la recta final de la contienda tras años dedicado a defender a personalidades de toda índole: paramilitares, narcotraficantes y estrellas del fútbol figuran entre sus clientes.
Ahora aspira a dirigir el país con la misma contundencia con la que, según él mismo, ha manejado su vida: “Yo no soy un mercader de ilusiones, soy un empresario de realidades”, dijo a la AFP durante la campaña.
Su propuesta central es sencilla y provocadora: que “la empresa más importante del país, que es el Estado, sea manejada por gente que en su vida ha creado riqueza”.
Para lograrlo, se inspira abiertamente en Donald Trump, Javier Milei y Nayib Bukele, convencido de que “la política necesita más empresarios y menos políticos”.
Practicante judeocristiano, caribeño y amante del golf, De la Espriella dejó atrás su vida entre lujos en la ciudad italiana de Florencia para lanzarse a una aventura electoral que nadie en el establecimiento político tomó en serio al principio.
Hoy, con más de nueve millones de votos en su bolsillo, nadie lo subestima.
Su imagen pública es tan deliberada como llamativa: trajes impecables sin corbata, mocasines, sombreros y lentes oscuros de lujo.
En redes sociales presumía viajes en aviones privados y sus negocios de vinos y rones. Tiene incluso su propia marca de ropa llamada De la Espriella Style. Y gracias a la inteligencia artificial, su figura se transforma en las publicaciones digitales en un felino de colmillos afilados. El tigre, en efecto.
Mano dura, megacárceles y alianza con Trump
Su programa de gobierno no deja lugar a ambigüedades. Promete bombardeos contra grupos armados, el fortalecimiento de las fuerzas militares y una alianza estratégica con Estados Unidos e Israel para combatir el narcotráfico.
“En mi gobierno, bandido que no se someta será dado de baja”, ha repetido en campaña.
Para los delincuentes que sí caigan presos, tiene preparada una solución igualmente contundente: diez megacárceles en las que los reclusos estarían a “diez pisos bajo tierra”, alimentados “con pan y agua”.
También defiende el porte de armas para los ciudadanos y propone reducir el tamaño del Estado en un 40%.
Uno de sus objetivos más controversiales es sepultar la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), el tribunal surgido del acuerdo de paz con las FARC en 2016 que juzga los peores crímenes del conflicto armado. Para De la Espriella, esa institución es un símbolo del proyecto político que quiere desmantelar.
Aunque Colombia es constitucionalmente un país laico, la religión tiene un peso electoral determinante. De la Espriella lo sabe y lo capitaliza.
Dice haber pasado de considerarse ateo a vivir “acorde a los principios judeocristianos” tras un proceso de transformación espiritual.
En entrevista con la AFP reiteró su deseo de impulsar una “contrarrevolución cultural” contra las ideas de izquierda para que el país pueda “regresar a Dios”.
Asegura llevar “el colorido del Caribe”, donde creció “al estilo de Tom Sawyer”, pescando y jugando en el campo.
Padre de cuatro hijos y cantante de ópera aficionado, se desenvuelve con naturalidad ante las cámaras, aunque esa misma soltura le ha generado problemas.
En una ocasión dijo que en Colombia se debía “destripar” a la izquierda, expresión por la que luego pidió disculpas. En otra entrevista relató que de joven amarraba pólvora a gatos para hacerlos “volar por el aire”, afirmando después que se trataba de una broma.
Sombras sobre su fortuna y su lazo con Uribe
Durante la carrera presidencial, De la Espriella no escapó a los cuestionamientos sobre el origen de su fortuna.
Sus años defendiendo a figuras del crimen organizado y su ostentoso estilo de vida generaron preguntas que él nunca respondió con precisión. Tampoco frenaron su ascenso.
Su relación con el expresidente Álvaro Uribe —figura dominante de la derecha colombiana— resultó igualmente turbulenta.
En febrero afirmaba tener “una gran amistad” con el exmandatario y hablar con él “casi todos los días”. Pero a medida que se acercaban las elecciones, se distanció del partido uribista y se enfrentó abiertamente a él, consolidando así su imagen de no deberle nada a nadie.
Ahora, con la candidata uribista Paloma Valencia eliminada en primera vuelta con el 6,81% de los votos, De la Espriella necesita ese bloque electoral para ganar el balotaje. La pregunta es si Uribe, a quien desafió, estará dispuesto a dárselo.
