Conflictos

Corresponsales de guerra: El valor de estar allí para contar la historia

Los comunicadores en zonas en conflicto cumplen una misión indispensable, pero se exponen a todo tipo de riesgos para informar sobre lo que sucede desde el lugar de los hechos

Smoke rises from a Russian tank destroyed by the Ukrainian forces on the side of a road in Lugansk region on February 26, 2022. - Russia on February 26 ordered its troops to advance in Ukraine "from all directions" as the Ukrainian capital Kyiv imposed a blanket curfew and officials reported 198 civilian deaths. (Photo by Anatolii Stepanov / AFP)
Smoke rises from a Russian tank destroyed by the Ukrainian forces on the side of a road in Lugansk region on February 26, 2022. - Russia on February 26 ordered its troops to advance in Ukraine "from all directions" as the Ukrainian capital Kyiv imposed a blanket curfew and officials reported 198 civilian deaths. (Photo by Anatolii Stepanov / AFP) ANATOLII STEPANOV

Redacción. Los corresponsales de guerra son una raza especial, algo así como una élite del periodismo. Están obligados a moverse en las condiciones más adversas y peligrosas, sujetos a todo tipo de imponderables, bajo un imperativo irrenunciable: no dejar de reportar lo que sucede ante sus ojos.

Esto significa que, además de exponerse a infinitos riesgos en territorios desconocidos y hostiles, a veces sin refugios seguros donde dormir e improvisando con lo que hay a mano para alimentarse, abriéndose camino entre lenguas incomprensibles e interlocutores extraños y poco fiables, nada tendrá sentido si no envían, en tiempo y forma, sus despachos informativos, sean fotos, videos, audios o textos, aunque sean dictados por teléfono palabra por palabra por la contingencia que sea.

Eso es lo único que importa. Han dejado atrás familias, obligaciones y rutinas confortables, pero tienen una misión por delante y nada debe interponerse ante ella: ser los ojos de sus compatriotas en el polvorín del mundo que los ha convocado. Allí, en esos confines remotos y siniestros, envueltos en chalecos antibalas y cascos militares, munidos apenas de sus anotadores, cámaras y celulares, el vértigo y la motivación van, paradójicamente, de la mano. Trabajan bajo una adrenalina incomparable y una buena dosis de sana inconsciencia. No es para menos. La historia misma transcurre frente a sus narices.

‌
‌

‌

‌
‌

‌

‌