La mañana del 3 de enero, mientras apenas se disipaba el humo en Venezuela, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, afirmó en entrevistas que empezaba una nueva era para su país. La Secretaría de Estado lo resumiría poco después con un tuit que leía: “This is our hemisphere” (“Este es nuestro hemisferio”).
Poco después, el secretario de Defensa (o de Guerra, como lo renombró Trump), Pete Hegseth, compartió un tuit con una caricatura de Trump sobre ambas mitades del continente, con una porra en la mano que lee: “Donroe Doctrine”, en referencia a la Doctrina Monroe que, hace un siglo, afirmaba el presunto derecho de Estados Unidos de mantener a las potencias europeas fuera del continente.
Para el secretario de Estado, Marco Rubio, y para la cúpula trumpista en general, es asunto de seguridad nacional: Estados Unidos debe tener el control del hemisferio occidental. Así aparece en la Estrategia de Seguridad Nacional publicada a finales de 2025, donde explica que EE. UU. debe asegurarse que los líderes de los países americanos deben ser afines a Washington.
Rubio enfatiza la importancia de los recursos naturales a mano de su país: “Hemos visto cómo nuestros adversarios en todo el mundo están explotando y extrayendo recursos de África y de todos los demás países. No lo van a hacer en el hemisferio occidental. Eso no va a ocurrir bajo el presidente Trump”, dijo en una entrevista. El sitio del Departamento de Estado dice que se erradicarán estas amenazas “en nuestro patio trasero”; es decir, América Latina. Eso no impide que el prominente líder republicano Lindsey Graham celebre que el 2026 será el año de “Make Iran Great Again”.
Para otros, la democracia está primero: “Este es el comienzo del cambio en Venezuela; luego vamos a arreglar Cuba, Nicaragua será arreglada, el próximo año tendremos un nuevo presidente en Colombia. La democracia está regresando a este hemisferio”, afirmó el senador republicano y exgobernador de Florida, Rick Scott.
A estas alturas, a una semana de la incursión en Venezuela, no hay mayor claridad de que, en efecto, la democracia esté en camino. Delcy Rodríguez, vicepresidenta del dictador depuesto, asumió como presidenta interina y, pese a su retórica desafiante, parece dispuesta a transar con Estados Unidos mientras siga el chavismo en el poder.
Es difícil saberlo, porque como pocas veces en el pasado reciente, lo único claro en la geopolítica global es que no hay nada claro. Bienvenidos a la era de la incertidumbre global.
El método Trump sacude el globo
El segundo mandato de Donald Trump, el presidente más inesperado de la política estadounidense, apareció con una reinvención de su esquema económico: la guerra de aranceles.
Sin claridad en sus aportes a la economía estadounidense, esa imposición de aranceles a la importación ha tensado relaciones con todos los países. Así empezó una temporada de negociaciones, un estira y encoge que, en realidad, no ha terminado, pese a que se haya desvanecido de los titulares.
Ya parecía haberse estabilizado ese “nuevo orden económico” cuando llegó, el 3 de enero, la operación militar en Caracas.
“Vamos a gobernarlo, a arreglarlo. Vamos a tener elecciones en el momento correcto. Pero lo principal es arreglar un país fallido”, dijo Donald Trump sobre Venezuela tras la remoción de Maduro y su traslado a Nueva York.
No se sabe cuánto tiempo ni cómo gobernará Delcy Rodríguez; tampoco cuándo habrá elecciones, ni en qué condiciones podría participar la oposición, apartada por Trump de la transición post-Maduro.

Tampoco se sabe, por otra parte, cómo las repercusiones de esta acción militar pueden modificar los prospectos de los republicanos en las elecciones de medio periodo. Previo a la acción, 47% de los estadounidenses se oponía a esa posibilidad y 29% no estaban seguros, según una encuesta de Reuters/Ipsos.
El analista venezolano Ricardo Hausmann, del Growth Lab de Harvard, advirtió en The Economist que “La prosperidad no surge del petróleo, de los decretos ni siquiera de gobernantes benevolentes. Surge de los derechos”.
Para el economista, es crucial restaurar un orden democrático en Venezuela para que pueda resurgir: “Los derechos permiten a las personas invertir, innovar, soñar y transformar la realidad. Quiten los derechos y la sociedad se marchita. Restáurenlos, y la recuperación es posible”.
Pero la mayor duda después de la captura del dictador venezolano ha sido, justamente, qué sigue. Sin María Corina Machado ni Edmundo González en el cuadro, ni una desarticulación del régimen, no se vislumbra todavía un camino hacia adelante. Marco Rubio declinó especificar plazos electorales, porque dice que Estados Unidos se concentrará en la cuestión petrolera.
Allí surge otra veta de incertidumbre. Rubio, así como el propio Trump y otros políticos republicanos, conectan sin ambages la operación venezolana con alguna acción sin precisar en Cuba. La isla caribeña ha sido el interés político principal de Rubio por años; es posible que, en el contexto de la aguda crisis económica de Cuba, EE. UU. considere oportuno presionar por algún nivel de cambio político allí.
Qué implicaría eso para otros países latinoamericanos tampoco queda claro. Vagas amenazas a Colombia y a México por parte de Trump, que dice que “algo habrá que hacer” con ambos, no permiten imaginar un frente común ni una cooperación sin riesgosas fricciones.

Países más pequeños y más dependientes de EE. UU., como Costa Rica, podrían sufrir más presión para alinearse a sus intereses. Al llegar a suelo tico, la nueva embajadora estadounidense, Melinda Hildebrand, lo expresó con contundencia: “Costa Rica es un socio confiable y democrático en una región que enfrenta desafíos como el crimen transnacional organizado, la lucha contra el narcotráfico, las amenazas a la ciberseguridad, la inmigración ilegal y la influencia económica china”.
Si esas relaciones comerciales con el gigante económico asiático son un “desafío”, nuestros gobernantes tendrán que sortear el riesgo constante de que un paso en falso afecte las inversiones norteamericanas aquí, donde dependemos de ellas en gran medida, pero que tampoco están seguras por sí solas.
No hay que olvidar que en el maremágnum inconcluso de los aranceles también media el interés de Trump porque las empresas manufactureras y las de servicios regresen a Estados Unidos, estancado en la creación de empleo y donde solo la inversión en inteligencia artificial parece crecer con dinamismo.
Es en ese ámbito tecnológico donde, al parecer, redunda toda acción política. El analista Bruno Maçães enmarca el intervencionismo estadounidense en distintos países como una búsqueda de “seguridad energética”, porque la industria de IA seguirá demandando recursos.
“Venezuela, Irán, Canadá, Groenlandia, incluso Nigeria: hay un patrón en el caos de Trump”, escribe en The New Statesman. “La demanda energética de la inteligencia artificial se está disparando, y se espera que los centros de datos representen hasta el 12 % del consumo total de electricidad en Estados Unidos para 2030, aunque el ritmo actual sugiere que esas proyecciones podrían quedarse cortas”.

Querer comprar lo que no está en venta
El territorio autónomo danés de Groenlandia es, precisamente, el punto más álgido después de derrocar a Maduro. Trump ha estado insistiendo en “adquirir” la isla desde su primera gestión, pero ahora él y Marco Rubio admiten ante el Congreso que buscan comprarla, sin descartar una posible incursión militar.
El problema es que no está en venta, como insiste Dinamarca, miembro de la Unión Europea y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Europa tendrá que decidir si bloquea esas acciones de Trump en su territorio o si cede, posiblemente temerosa de que no hacerlo repercuta en el debilitamiento de Ucrania ante Rusia.
Las normas que gobiernan la geopolítica desde la Segunda Guerra Mundial están en duda desde mucho antes de Trump. Dos momentos en particular han erosionado su estabilidad: la invasión a Ucrania en 2022, la primera guerra extendida en Europa desde 1945; y el asedio de Israel a Gaza, con resultados que los más prominentes organismos internacionales califican de genocidio.
El primer conflicto sigue asustando a Europa en sus fronteras. El segundo, no resuelto pese a un “acuerdo de paz” que no ha frenado la violencia, complicó la política interna de todos los países europeos y sus relaciones internas en la UE y con otras regiones.
Que ahora Estados Unidos acepte abiertamente un desacuerdo tan grande con Europa, ejemplificado en Groenlandia, puede ser un golpe de timón todavía mayor.
“Este puede ser el momento en que Europa occidental también advierta que Washington ha abandonado de manera decisiva los valores fundamentales que los unieron durante el último siglo”, se pregunta el analista Marc Weller, de Chatham House.
La inquietud que múltiples analistas han expresado es que esos “valores fundamentales” ya no lo sean, y que el “orden internacional” haya dado paso, ahora, al desorden global.
No obstante, Trump tampoco es invulnerable. El martes 6 de enero, en su reunión con legisladores republicanos, advirtió que si no ganan las elecciones de medio periodo podría sufrir un impeachment nuevamente. Esta vez, no todos los republicanos están abordo.
Justo un día después, Estados Unidos anunció su mayor retirada de la cooperación internacional en la historia, al salir de 66 organizaciones, incluidas 31 de las Naciones Unidas. Incluso en casa impera el caos.

