
Los sueños no aparecen al azar ni son iguales para todas las personas. Aunque todos soñamos, lo que ocurre dentro de esos relatos nocturnos cambia según la personalidad, la forma de pensar, la calidad del sueño e incluso los momentos históricos que se viven.
Eso fue lo que encontró un estudio publicado en la revista científica Communications Psychology, liderado por investigadores de la IMT School for Advanced Studies Lucca, en Italia, que analizó 3.366 relatos de sueños y experiencias de vigilia de 207 adultos entre 2020 y 2024.
Además, el equipo comparó esos resultados con otro grupo independiente de 80 personas que registraron sus sueños durante el primer confinamiento por COVID-19 en Italia. El objetivo era entender cómo los rasgos individuales y los eventos externos modifican el contenido de los sueños.
Los investigadores observaron que los sueños suelen alejarse de los pensamientos cotidianos y se convierten en experiencias más visuales, espaciales y extrañas. Mientras los relatos de vigilia estaban más centrados en pensamientos personales y reflexiones internas, los sueños mostraban más escenas con varios personajes, detalles visuales intensos y situaciones extrañas o difíciles de explicar.
Es decir, durante el sueño el cerebro no simplemente repite lo vivido durante el día, sino que reorganiza esas experiencias de una forma más narrativa, sensorial y menos lógica.
Para llegar a esa conclusión, los participantes llevaron durante dos semanas un diario de sueños: cada mañana, apenas despertaban, grababan en audio lo que recordaban haber soñado. También registraban experiencias de vigilia y completaban pruebas sobre memoria, ansiedad, tendencia a divagar mentalmente, calidad del sueño e incluso la importancia que le daban a los sueños en su vida diaria.
Luego, los científicos usaron herramientas de procesamiento de lenguaje natural e inteligencia artificial para analizar el contenido semántico de esos relatos. En lugar de clasificar los sueños en categorías cerradas, midieron en qué grado aparecían características como emociones, rareza, referencias espaciales o presencia de otras personas.
Entre los rasgos más influyentes apareció la actitud hacia los sueños. Las personas que consideraban que soñar era importante o significativo tendían a reportar sueños más ricos en contenido.
También influyó la propensión al mind-wandering, un concepto que describe la tendencia de la mente a divagar espontáneamente mientras se está despierto. Quienes presentaban más esta característica mostraban sueños con estructuras particulares y mayor continuidad entre pensamiento despierto y experiencia onírica.
La calidad subjetiva del sueño también dejó huella. Dormir peor se relacionó con cambios específicos en el contenido soñado, lo que sugiere que no solo importa cuánto se duerme, sino cómo se percibe ese descanso.
El segundo hallazgo importante apareció durante la pandemia. En el periodo de confinamiento estricto, los sueños mostraron más referencias a limitaciones, encierro y una mayor intensidad emocional. Con el paso de los años, esos elementos fueron disminuyendo hasta acercarse nuevamente a los patrones previos.
Según los autores, esto muestra que los sueños no solo reflejan preocupaciones personales, sino también experiencias colectivas intensas que afectan a muchas personas al mismo tiempo.
El estudio no plantea que los sueños tengan una única función, pero sí refuerza la idea de que forman parte de cómo el cerebro procesa recuerdos, emociones y preocupaciones cotidianas.
