Michelle Soto. 20 diciembre, 2016
Gabriel Araya atiende en el tramo San Gabriel, ubicado en el Mercado Central de San José, el cual comercializa plantas medicinales como cuculmeca y jenjibre. | ADRIÁN SOTO
Gabriel Araya atiende en el tramo San Gabriel, ubicado en el Mercado Central de San José, el cual comercializa plantas medicinales como cuculmeca y jenjibre. | ADRIÁN SOTO

La cuculmeca es una liana propia del bosque tropical húmedo. Se dice que su rizoma, ese tallo horizontal que se extiende por debajo de la tierra, es buen diurético, antianémico y vigorizador.

Para comprobar científicamente sus bondades, investigadoras del Instituto Tecnológico de Costa Rica (ITCR) y la Universidad de Costa Rica (UCR) están escudriñando esta y otras plantas medicinales. El objetivo es identificar la molécula que propicia ese efecto curativo.

“Queremos rescatar las especies que son de uso tradicional, que están en nuestros bosques y que aún son usadas para curar ciertos males”, explicó la investigadora Ileana Moreira.

Ya se han identificado más de 100 especies de uso tradicional que presentan un potencial bioactivo y, nueve de estas, ya fueron sometidas a los análisis bioquímicos de laboratorio.

Se trata de raicilla, zarzaparrilla, cuculmeca, hombre grande, uña de gato, chanca piedra, chilillo, saragundí y ajillo.

En algunas especies, el principio bioactivo coincide con lo que se dice de él, pero en otras variedades se cree que sirve para una cosa y realmente funciona para tratar otro padecimiento.

También sucede que popularmente se piensa que el compuesto se encuentra en una parte de la planta y puede que esté en otra.

Farmacia natural
Farmacia natural

Asimismo, algunas especies presentan un potencial alimenticio e industrial como materia prima para cosméticos.

Por esa razón, las investigadoras también estudian algunos frutos como el ciruelo, la guayaba, la anona, la manzana de altura y el mango. “Por ejemplo, los frutos tienen muchos antioxidantes. En muchos casos, la cáscara concentra la mayor cantidad de ellos”, destacó la investigadora Elizabeth Arnáez.

El proyecto, que inició en el 2000 y continúa hasta la fecha, es financiado por el Fondo Especial para la Educación Superior (FEES) otorgado por el Consejo Nacional de Rectores (Conare).

Aparte de la investigación, el proyecto capacita a las familias en el manejo agroecológico de las especies para que puedan cultivarlas y con ello, percibir un ingreso económico sin tener que extraerlas del bosque. | ILEANA MOREIRA PARA LN
Aparte de la investigación, el proyecto capacita a las familias en el manejo agroecológico de las especies para que puedan cultivarlas y con ello, percibir un ingreso económico sin tener que extraerlas del bosque. | ILEANA MOREIRA PARA LN
Estudio

Como primer paso, se identifica la planta madre en el bosque. A sus diferentes componentes (tallo, hojas y raíz), se les hace estudios de toxicidad.

Luego se extraen los compuestos y estos se analizan en el Laboratorio de Fitoquímica de la UCR, donde se comprueba si esos extractos tienen o no los principios bioactivos que se cree poseen.

“También hacemos una proyección de cuál es el compuesto que va a beneficiar a nivel medicinal”, comentó Moreira.

Posteriormente, ese extracto se lleva a los laboratorios de biotecnología del ITCR donde se prueban en líneas celulares.

“Por ejemplo, se dice que cierta planta deshace tumores cancerosos. Entonces, nosotras buscamos la línea celular del tumor y la cultivamos en laboratorio. Cuando el Laboratorio de Fitoquímica de la UCR nos da el extracto preparado y fraccionado, entonces se aplica sobre esa línea celular y se observa la reacción que se produce”, explicó Moreira.

Sin embargo, y aunque han avanzado, el camino todavía es largo. “Aún tenemos que definir con exactitud cuál es la molécula dentro de ese extracto. Eso es lo que le va a dar un gran beneficio al país”, manifestó Moreira.

Esa molécula podría patentarse para que, a partir de ella, se derive un fármaco u otro producto.

“Por eso es importante tener las plantas en el bosque, las cuales no podemos perder, pero también necesitamos tener una copia en seco en los herbarios nacionales y plantas vivas en los invernaderos de las comunidades”, agregó la investigadora.

El uso de las plantas medicinales ha sido tradicional, a partir de conocimiento empírico que se hereda entre generaciones. | ADRIÁN SOTO
El uso de las plantas medicinales ha sido tradicional, a partir de conocimiento empírico que se hereda entre generaciones. | ADRIÁN SOTO
Impacto ambiental

Arnáez, Moreira y Mirtha Navarro pudieron simplemente haber gestionado el permiso de investigación, ingresado al bosque, recolectado el espécimen y llevarlo consigo al laboratorio para las pruebas. Mas ellas decidieron ir más allá cuando vieron a las comunidades circundantes, sus necesidades y el potencial que yacía a su lado.

Por ello, las investigadoras trabajan con las comunidades para enseñarles a identificar, domesticar y reproducir esas especies en invernaderos a través de métodos tradicionales.

“Se les explicó cómo propagar esas especies para que ellos, en sus terrenos, las tengan y así evitar su extracción del bosque”, comentó Arnáez.

También se les enseñó el manejo agronómico. De hecho, y gracias al apoyo de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), las investigadoras publicaron el libro Manejo agroecológico de nueve especies de plantas de uso medicinal tradicional cultivadas en Costa Rica, el cual pretende servir de guía a las comunidades en este tema.

Según Arnáez, en la misma parcela, las familias combinan la siembra de plantas medicinales con otros cultivos como ñame, papaya o tiquizque, optimizando el uso del suelo y favoreciendo su conservación.

En cuanto a las frutas, las científicas incentivan el aprovechamiento del material de descarte que esté en buenas condiciones. “La idea es que se elaboren productos alimenticios como jaleas y salsas o se utilicen los extractos para hacer cosméticos”, dijo.

En aquellas comunidades donde se ha utilizado intensamente estas especies medicinales, las investigadoras en conjunto con los vecinos trabajan en la reintroducción de estas variedades al bosque. “Les enseñamos a hacer parcelas para distribuir ese material dentro del ecosistema”, manifestó Arnáez.

El saragundí es una de las especies estudiadas por las investigadoras del ITCR y UCR. | ILEANA MOREIRA PARA LN
El saragundí es una de las especies estudiadas por las investigadoras del ITCR y UCR. | ILEANA MOREIRA PARA LN
Aspecto social

Según Moreira, las comunidades ya están listas para proveer de materia prima a empresas que se dediquen a elaborar té, cosméticos u otros productos de macrobiótica.

“El objetivo es que se le compre el material vegetal a ellos para evitar extraerlo del bosque y eso, a la vez, representa una fuente de ingreso para estas familias”, comentó Moreira.

Sin embargo, aún no se consigue ese encadenamiento entre las comunidades y las empresas. Tampoco se ha logrado que las familias coloquen sus productos artesanales en el mercado.

“Aún no logramos que la gente pueda vivir de esto y a nosotras, el tema se nos escapa de las manos. La gente les roba porque no les pagan bien o los dejan botados”, dijo Moreira y agregó:“Necesitamos unirnos, universidades e instituciones, para ayudarlos”.