Hazel Feigenblatt. 27 agosto

Una de las primeras cosas que uno aprende como periodista es que su trabajo no consiste en sostener el micrófono para que un político diga cualquier cosa, sino en escuchar lo que dicen las fuentes, hacer preguntas, verificar los hechos en la medida de lo posible y explicar su significado para que los ciudadanos puedan tomar las decisiones que deseen.

Una de las principales amenazas a esta función periodística es una retórica política cada vez más marcada por la desinformación.

Por una parte, a veces los periodistas deben cubrir mensajes desinformadores promovidos por ciertos actores políticos pero, por otra parte, no por ello pueden servir como megáfono para diseminar información falsa o engañosa y faltar a su deber de verificar y explicar el significado de los hechos.

En algunos casos, este reto se puede resolver de forma relativamente sencilla. Por ejemplo, al cubrir una noticia que involucra desinformación con cifras erróneas o hechos que no ocurrieron, la prensa puede poner en evidencia que se trata de datos engañosos o falsos.

Sin embargo, en otros casos la desinformación puede tomar formas más sutiles que pueden pasar desapercibidas por los periodistas o cuyas falacias pueden ser difíciles de explicar en una noticia corta o cuando hay poco tiempo antes de publicar.

Extranjeros y aborto

Dos ejemplos de esto son el uso de la palabra “invasión” por parte de Donald Trump y el eslogan “Por las dos vidas” por parte de quienes buscan prohibir el aborto para salvar la vida de las mujeres con embarazos peligrosos.

En el primer caso, Trump ha venido refiriéndose a la llegada de inmigrantes a Estados Unidos como una “invasión” tanto en declaraciones y discursos como en anuncios políticos (más de dos mil anuncios solo en Facebook). El término “invasión” es engañoso porque evoca un ataque por parte de un ejército enemigo, lo cual a su vez evoca la idea de que es legítimo y hasta necesario usar la fuerza para contrarrestar a ese enemigo.

Sin embargo, es falso que un grupo de inmigrantes pobres sea un ejército y, aún si realmente existiera un ataque militar a la frontera de ese país, dichos inmigrantes son civiles y por tanto no pueden ser atacados como si fueran soldados.

Una parte de la prensa se ha limitado a repetir las retórica de Trump, sin mayor verificación o explicación. Otra porción de la prensa sí ha explicado la connotación de “invasión” y el riesgo que su uso representa de inspirar violencia física contra inmigrantes, especialmente en el contexto actual en el que los ataques xenofóbicos van en aumento en Estados Unidos. Muchos consideran el tiroteo masivo en El Paso en agosto – cuyo autor dejó un “manifesto” marcado por el uso de términos como “invasión” y otros promovidos políticamente – como resultado de ello.

En el caso de la campaña “Por las dos vidas” en Costa Rica, gran parte de la cobertura noticiosa se ha limitado simplemente a transcribir el eslogan, sin explicar lo más básico sobre el tema. Por ejemplo, es falso que siempre sea posible salvar las dos vidas o la salud de la persona embarazada. De hecho, a lo largo de las décadas durante las cuales el derecho al aborto terapéutico ha existido en el país, en al menos unos 80 casos los médicos determinaron que era necesario aplicarlo.

Si, como tal y como pretende esa campaña, se llegara a eliminar radicalmente dicho derecho, se puede esperar que ocurran casos como el de la niña que quedó parapléjica de por vida en Perú porque los médicos prefirieron salvar al feto, o la joven a la que le negaron quimioterapia para no afectar al feto en Argentina. “Nos decían que querían salvarlas a las dos. Le negaron el aborto y me entregaron a las dos muertas,” dijo la madre de la última.

Algunos periodistas incluso han llegado al extremo de citar solo fuentes opuestas al aborto terapéutico y excluir cualquier mención de criterios contrarios, incluyendo los de tipo médico.

Miente, miente…

Incluso en casos en los que la prensa hace su trabajo y pone en evidencia aspectos engañosos o falsos de los mensajes desinformadores de ciertos actores, la sola repetición de los mismos puede ser suficiente para que al menos una parte del público los crea. El viejo refrán “miente, miente, que algo queda” parece seguir vigente.

Esto quedó claro, por ejemplo, cuando los promotores de Brexit hicieron cálculos sin fundamento sobre cuánto se ahorraría el Reino Unido si se salía de la Unión Europea. Aunque una parte de la prensa había demostrado que se trataba de desinformación, en determinado momento de la campaña la mitad del público británico creía que el dato era cierto.

Por ello, en ocasiones la prensa toma decisiones como no usar ciertos términos a la hora de informar.

Por ejemplo, recientemente The Guardian y Sky News, en el Reino Unido, anunciaron la decisión de ni usar más la etiqueta de “latido del corazón” para referirse a leyes contra el aborto. La etiqueta fue creada por campañas anti-aborto como estrategia para enmarcar la discusión como un asunto sentimental, pero grupos científicos han dicho que no tiene sentido médicamente hablando puesto que en las primeras semanas los fetos ni siquiera tienen corazón.

Enmarcar los debates con recursos retóricos de todo tipo no es nada nuevo en comunicación política, y la prensa es importante pero no es la única de promover desinformación.

Lo que sí está cambiando es la frecuencia y el grado de desinformación que algunos grupos hoy están dispuestos a utilizar. Esto eleva el riesgo de que la prensa consciente o inconscientemente amplifique información engañosa y falsa, en lugar de servir como garante de la veracidad de la información que llega al público.

No hay una fórmula perfecta para navegar cada uno de los casos en los que la desinformación trata de filtrarse en la cobertura periodística. Sin embargo, un buen norte a tener presente es que el trabajo del periodista no consiste en darle el micrófono a una fuente, sino más bien en verificar y explicar los temas para que los lectores tengan suficientes elementos para llegar a sus propias conclusiones.