Hazel Feigenblatt. 31 enero

El cristianismo se basa en parte en una serie de nociones incompatibles con la ciencia, pero ello no significa que las iglesias cristianas no escojan a conveniencia partes del conocimiento científico cuando ello les ayuda a hacer cabildeo para lograr objetivos políticos.

Un ejemplo de esto es la campaña contra toda forma de aborto que han emprendido a nivel global las diferentes denominaciones cristianas, las cuales ahora dicen basar sus posiciones en datos científicos y no en creencias religiosas.

Al apelar a la ciencia como concepto en teoría se apela a la idea de conocimiento científico verificado siguiendo un método independiente de manoseos ideológicos o estrategias políticas, esto como recurso para darle credibilidad a una posición.

Sin embargo, la ciencia como concepto y la forma en que se usa la ciencia en la práctica a veces son cosas diferentes, tal y como lo muestra la popularización de noticias falsas sobre la triada temática de aborto, cambio climático y vacunación.

Los creadores de noticias falsas comúnmente toman estudios científicos (a menudo desmentidos) y los presentan como “hechos” verificados, o como evidencia de algo con lo que no tienen relación.

Su popularidad en gran parte se debe a que son temas que despiertan emociones y, por tanto, fáciles de manipular para atizar polarizaciones, algo que muchos grupos conservadores aprovechan.

Así, por ejemplo, el científico Vincent Reid, quien estudió fetos en la etapa avanzada del embarazo, ha criticado que los opositores al aborto han usado sus datos como si fueran válidos para las primeras semanas de embarazo, que es cuando se suelen aplicar los abortos.

“Es frustrante que la gente tome algo que en realidad no tiene relevancia para la discusión a favor o en contra del aborto y traten de usarlos en una forma predeterminada”, dijo.

Algunos casos son más graves, como cuando un científico ajusta sus resultados para quedar bien con la iglesia. Un caso así se hizo público esta semana cuando trascendió que la recomendación “científica” de tomar pastillas anticonceptivas durante 21 días con un descanso de siete días no tiene base científica. Por el contrario, la recomendación la hizo un científico en los años 50 para imitar el ciclo natural, con la esperanza de agradarle al Papa de la época.

Es decir, durante décadas, millones de mujeres han sufrido sangrados y dolores innecesarios, así como un riesgo más alto de un embarazo no deseado, porque un científico quiso quedar bien con un religioso.

Aún más, cuando la ciencia desmiente ciertas posiciones, muchos activistas deciden sencillamente no creer en esa ciencia. Daniel Sulmasy, científico y exfraile franciscano abiertamente opuesto al aborto, admite que los estudios científicos no apoyan la idea de que los anticonceptivos de emergencia sean abortivos pero dice que, pese a ello, muchos de los anti-aborto se niegan a aceptar esos resultados. “Es muy difícil convencerlos”, ha dicho.

Todo esto sin mencionar los casos en que los científicos no coinciden y señalan sesgos o errores en los trabajos de otros, algo que no es inusual en la ciencia. Un ejemplo de esto es un estudio que sugiere una relación entre aborto y depresión, el cual ha sido desmentido por otros estudios. ¿Cuáles creer en esos casos? ¿Los que nos convengan según nuestros intereses políticos?

En otras palabras, cuando actores históricamente alérgicos a la ciencia como las iglesias alegan de pronto estar basados en la ciencia, la pregunta es ¿cuál ciencia? ¿Exactamente qué dice esa ciencia? ¿Cómo se llegó a ella? ¿Se han validado los resultados?

Lamentablemente en redes sociales y agregadores de noticias toda esta complejidad se puede obviar con un simple “nos basamos en la ciencia” en un tweet o un titular de noticias, el cual muchos creerán sin informarse, a menudo porque ya han decidido qué creer y lo que la ciencia tenga que decir no lo va a cambiar.

Las iglesias no son las únicas que manosean la ciencia, ni tampoco los activistas anti-aborto. El manoseo de la ciencia en general ha tenido un papel importante en los últimos años en allanar el camino a las noticias falsas y teorías conspirativas que hoy tantas personas comparten sin pensarlo mucho. Al atizar polarizaciones, algunos grupos ganan poder para imponer su voluntad sobre otros.

Las consecuencias sobre la vida de las personas son serias y nunca se hacen esperar, como nos lo recuerda el hecho de que hoy, gracias al manoseo de la ciencia por parte de diversos grupos conservadores, los brotes de enfermedades prevenibles se están esparciendo alrededor del mundo por gente que decidió no creer en vacunas.