Dra. Nancy Álvarez. 1 febrero

La terapia y la meditación es a la mente lo que cepillarse los dientes es a la salud. La terapia es comunicación de la buena. Nos enfermamos por el “mal uso de las palabras, de la comunicación”, y nos sanamos por las palabras, por el “lenguaje” de nuestro terapeuta. Un niño que ha crecido oyendo que es un tonto, feo, malo… no tiene futuro si no recibe ayuda. Y esa ayuda es sobre todo “comunicación verbal y no verbal, gestos, intenciones, sentirse escuchado y apoyado”.

El paciente debe sentir que un psicólogo no es un fiscal. No juzga, es un ser humano que le acompaña en el proceso de descubrir sus habilidades, sus sentimientos, su mundo interior y su intimidad. El terapeuta solo ayuda a entrar en el túnel; usted debe entrar y permitir que él le acompañe en el proceso. En el acompañamiento debe ir poniendo “espejos”, para que puedas ver los puntos ciegos que te impiden crecer.

El lenguaje positivo y las palabras que eliges al hablar, cambian su vida. Cómo a través de las palabras puede cambiar su manera de vivir, es lo que enseña ese lenguaje positivo. En este proceso es importante el manejo de las emociones. Por nuestra cultura y nuestras creencias, nosotros hacemos “invisibles” las emociones, y eso es grave.

La gente no tiene permiso para expresar lo que siente. Hay que recibir las emociones: si tengo miedo, debo decirlo, no evadirlo. Ojo, quien domina su emoción, tiene dominio sobre usted.

El espacio terapéutico debe ser un espacio seguro. El terapeuta debe darle seguridad, ayudarle a crecer y luego debe seguir solo, cuando esté listo. La terapia es una herramienta, no una muleta. Tampoco debe permitir que se descalifique en el espacio terapéutico. No hay permiso para agredirse a usted mismo. El terapeuta es solo un espejo para ayudarte a ver esas partes que no puede ver de usted.

La vida es muy breve para ser infeliz. Emoción que no se habla es una emoción que no se cura, y se convierte en cáncer, úlceras, infartos. Todo, porque “traga” lo que debería sacar. Solo usted puede darles permiso para que salgan. Las emociones son educadas, dan señales para expresar que quieren salir. ¿Le damos permiso o no?

Todo lo que ha ocurrido en su familia, en su niñez, en el ambiente que le rodea, según crece, se convierte en una mochila. Puede “bajar la mochila y acomodarla”, respetar los límites. Si alguien le importa, le pones límites. Lo que vivió en su familia no es suyo, no le toca, sáquelo de la mochila. Ponga límites alrededor de su relación de pareja, por ejemplo. Lo que no está definido, se desparrama. Hay que hacer terapia, hay que hacer terapia, hay que hacer terapia...