Cambio educativo

Pérdida en ingresos futuros y desconexión con la realidad: el golpe de la pandemia a los más jóvenes

El ‘apagón educativo’ de los últimos años impactará de forma directa los salarios de los más jóvenes, si no se hace nada. Estudios regionales afirman que dejarían de recibir entre un 11% y el 20% de sus ingresos a lo largo de la vida.

La pérdida de aprendizajes, asociada a la disminución en las habilidades matemáticas y de lectura, afectaría los ingresos futuros de las personas más jóvenes. Estudios regionales del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y del Banco Mundial indican que las personas jóvenes dejarían de percibir entre un 11% y un 20% de sus ingresos laborales a lo largo de su vida si no se hace nada para mitigar el impacto de la pandemia en la educación.

A la fecha, en América Latina y el Caribe, la tasa de desempleo juvenil supera tres veces la de los adultos, la tasa de informalidad es 1,5 veces más alta, y la inactividad es elevada: 21% de los jóvenes no estudian ni trabajan.

Las condiciones al inicio de la vida profesional podrían tener efectos persistentes en toda la trayectoria laboral en términos de acceso, calidad, e ingresos. Periodos de desempleo juvenil pueden generar reducciones de más de 20% en el ingreso, especialmente para los trabajadores poco calificados. Más aún, este efecto podría persistir hasta por 15 años para aquellas personas que se gradúan e inician su vida laboral durante una recesión.

El estado de la crisis educativa mundial: un camino hacia la recuperación, muestra que en los países de ingresos bajos y medianos, la proporción de niños que viven en situación de Pobreza de Aprendizajes– aproximadamente el 53 por ciento antes de la pandemia – podría alcanzar el 70 por ciento debido al cierre prolongado de los centros educativos.

Desconectados de la realidad. Mientras el mundo cambia y exige nuevas aptitudes y nichos para buscar trabajo, el 50% de jóvenes de 15 años sigue apostando a estudiar carreras tradicionales. Quieren ser abogados, administradores, profesores, doctores, sin tomar en cuenta la demanda de nuevos profesionales que requiere el mercado laboral ni la realidad económica.

Así lo revela un informe de la OCDE sobre expectativas de empleo de los jóvenes, con base en un estudio que incluyó a 600.000 colegiales de 79 países del mundo y que participaron en las Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos (PISA, por sus siglas en inglés).

La investigación anota que las aspiraciones profesionales de los jóvenes son “poco realistas” y en ellas influyen el contexto social y el género. Por ejemplo, los jóvenes con alto rendimiento en las pruebas PISA pero que provienen de entornos más desfavorecidos tienen, en promedio, cuatro veces menos probabilidades de tener aspiraciones ambiciosas que aquellos con calificaciones altas y de los entornos sociales más privilegiados.

Por eso es fundamental el rol que juega la educación, durante Primaria y Secundaria, de orientar al joven en ese proceso de construcción de sus expectativas. Es crucial que los aprendizajes del aula conecten con la realidad social y económica, que ofrezcan información confiable, variada y que en las aulas se generen espacios para cuestionar, comparar y construir con base en la evidencia que aportan los datos, mediante una cultura  de aprendizaje, de des-aprendizaje y de re-aprendizaje.

Pese a que nuevas formas de trabajo emergen, la escuela y el colegio siguen haciendo lo mismo: pedir a los estudiantes que memoricen contenidos de un currículo para aprobar  exámenes. Ese modelo tradicional y obsoleto descuida el desarrollo de habilidades básicas para el siglo XXI, tales como curiosidad, pensamiento crítico, empatía, resiliencia, deseos de emprender y la capacidad de una buena comprensión lectura y la resolución de problemas matemáticos y científicos.

Los resultados de ese informe de la OCDE coinciden con un estudio publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), donde se consigna que para el 2030 más de la mitad de los jóvenes no tendrá las competencias necesarias para prosperar en un trabajo, debido a que salen del sistema educativo secundario con pobres aptitudes y con la idea de que un título académico les garantizará empleo futuro, sin que esto necesariamente se cumpla.

La educación es una herramienta para el progreso social cuando se ajusta a la realidad, cuando invita a los jóvenes soñar amparados en los hechos y sin fabricar falsas ilusiones. Habitamos tiempos donde el título académico no es garantía para conseguir mejores oportunidades y donde la interconexión tecnológica fustiga, en el empleo, a quienes están desconectados de la realidad y a quienes no se apuren en recuperar el tiempo y los aprendizajes perdidos.

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