Alberto Barrantes C.. 16 octubre
Entre fotocopias y aburridas lecciones magistrales matan toda oportunidad para innovar. El último informe del Estado de la Educación revela que las lecciones de Matemáticas, en secundaria, son un ejemplo de ello.
Entre fotocopias y aburridas lecciones magistrales matan toda oportunidad para innovar. El último informe del Estado de la Educación revela que las lecciones de Matemáticas, en secundaria, son un ejemplo de ello.

Innovar implica romper moldes, atreverse a generar estrategias que saquen a los estudiantes de su zona de confort para hacerles una invitación constante a la creatividad, al pensamiento crítico y a la resolución de problemas.

Ese componente innovador sigue ausente en muchas aulas costarricenses que, aferradas a las lecciones magistrales y al uso excesivo de fotocopias matan toda oportunidad de construcción colectiva y de que los estudiantes piensen.

Ya lo decía el pedagogo brasileño Paulo Freire, que educar es una acción dialógica, porque el diálogo, “no impone, no manipula, no domestica (…) Enseñar no es transferir conocimientos, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción”. Educar tiene que ser un proceso de constante intercambio de palabras, acciones y reflexiones.

La pasividad de quien dicta una materia para que esos conceptos sean memorizados y descritos en un examen someten al proceso educativo en un letargo peligroso, que terminará por formar a generaciones de individuos incapaces de cuestionar, argumentar y de reflexionar sobre el entorno que les rodea.

En otras palabras, perezosos y mediocres, que se conforman con poco y que optan por criticar sin razón a todo aquel que rompe moldes, dispuesto a innovar y diseñar soluciones.

El último informe del Estado de la Educación (2019) afirma que aún persisten numerosos obstáculos para innovar, el sistema educativo costarricense sigue con estructuras anquilosadas que también limitan el cambio y hay docentes que, erróneamente, consideran que innovar es impartir la misma aburrida lección magistral, pero con una computadora al frente del grupo.

La tecnología no es fin en sí mismo, es una herramienta más que facilita el proceso de enseñanza y aprendizaje, pero no la única para innovar.

La innovación está en el diálogo, en proponer desafíos y en la capacidad de que los estudiantes creen nuevos contenidos y que éstos sean sometidos a prueba, con el compromiso y la seriedad de simular ejercicios que los preparen para retos futuros.

Innovar en las aulas implica preparar a los jóvenes para los desafíos que impone la llamada “cuarta revolución industrial” que exige capacidades para proponer soluciones, adaptarse rápidamente a los cambios, trabajar en equipo, leer bien y disponer de las habilidades numéricas básicas. Pero, ¿cómo exigir todo esto a los jóvenes, si han pasado 12 años en un sistema educativo en el que los verbos predilectos fueron repetir y memorizar?

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID), prevé que para el 2030 más de la mitad de los jóvenes no tendrá las competencias necesarias para prosperar en un trabajo. Pese a que, América Latina invierte en promedio un 5% del Producto Interno Bruto (PIB) en Educación, siete de cada diez de los estudiantes de Primaria que, hoy asiste a las aulas, no alcanza ni el nivel mínimo en habilidades matemáticas, su comprensión lectora es pobre y su pensamiento crítico escaso.

Lecciones aburridas

En Costa Rica, el mismo Informe del Estado de la Educación (2019) , en un ejercicio de observación en aulas de Matemáticas, en décimo año, comprobó que la mayor parte del tiempo de las lecciones se concentra en exposiciones magistrales y en ejercicios que no favorecen el trabajo en grupo ni la resolución de problemas.

“La mayor parte del tiempo de aprendizaje se dedica a actividades pasivas y con poca participación en equipos de trabajo. Por lo general los estudiantes juegan un papel de receptores, los alumnos trabajan individualmente y no se propician metodologías de trabajo más retadoras ni participativas(...) Los profesores observados, independientemente de su grado de conocimiento del programa, no realizan actividades de resolución de problemas: solo un 1,3% del tiempo se emplea en ese tipo de ejercicios.”, anota la investigación.

Ese tipo de lecciones descritas en el párrafo anterior retratan la antítesis de un modelo educativo innovador. El camino de la educación está en emprender nuevas rutas, sin miedo a equivocarse y con la humildad necesaria para enmendar los errores. La necesidad de desarrollar nuevas competencias exige una reconceptualización sobre qué aprender y cómo aprenderlo, convirtiendo las aulas en espacios para el descubrimiento, la creación y la construcción colectiva de soluciones.

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