Alberto Barrantes C.. 9 septiembre
Se prevé que para el 2030, el 50% de los jóvenes no tendrá las competencias necesarias para prosperar en un trabajo: Los estudiantes arrastran serias deficiencias en habilidades numéricas, de lenguaje y pensamiento crítico.
Se prevé que para el 2030, el 50% de los jóvenes no tendrá las competencias necesarias para prosperar en un trabajo: Los estudiantes arrastran serias deficiencias en habilidades numéricas, de lenguaje y pensamiento crítico.

¿Qué enseña la escuela? ¿Anticipa y prepara a niños y jóvenes para las condiciones que demanda este siglo? ¿Cambia con la velocidad que exigen estos tiempos? ¿Alfabetiza para era digital? ¿Fomenta la capacidad de escuchar activamente a quien piense diferente y a resolver problemas de manera oportuna? ¿Cierra brechas o las ignora?

Para Fernando Reimers, coordinador de la  Iniciativa Global de Educación y catedrático de la Universidad de Harvard, tenemos escuelas y maestros del siglo XX, con estudiantes y desafíos del siglo XXI. Hay un desfase entre lo que se invierte en educación y lo que está sucediendo en las aulas. La pandemia complica aún más el escenario: las horas perdidas nadie las recuperará y la formación en habilidades para el siglo XXI, tales como comunicación, trabajo colaborativo, resolución de problemas, pensamiento crítico, creatividad, innovación, siguen en la lista de pendientes de una escuela que sigue anticuada y no adecuada a los desafíos de estos tiempos.

Ese desfase educativo trae consecuencias negativas para la sociedad en general, y puntualmente, pone en evidencia tres brechas educativas de urgente atención.

En primer lugar, la “brecha de relevancia”, es decir que lo que se aprenda en la escuela sirva para imaginar y construir ese mundo mejor al que todos aspiramos y que abunda desde lo discursivo. Para llevar eso a la práctica, el currículo de la escuela debe trascender el paradigma conductista, que se basa en la repetición de conceptos para aprobar exámenes, y abrir puertas a la innovación, la creatividad, al aprendizaje colaborativo (aceptar las diferencias y ejercitar la resolución colectiva de problemas) y  a dinámicas en donde  niñas y niños aprendan a conocerse a sí mismos (aprender de la propia experiencia, fijarse metas propias y controlar las emociones y desarrollar tolerancia a la frustración).

Se prevé que para el 2030, el 50% de los jóvenes no tendrá las competencias necesarias para prosperar en un trabajo. El dato es alarmante si se toma en cuenta que América Latina invierte, en promedio, un 5% del Producto Interno Bruto en educación. En Costa Rica, solo para el curso lectivo 2020 se invertirán 2,6 billones de colones y el último informe del Estado de la Educación arroja que la mitad de los estudiantes de sexto grado llegan a secundaria  con  habilidades muy pobres en matemáticas y  lenguaje. Si la escuela no atiende esta brecha, será una simple vendedora de humo, que ilusiona con títulos y graduados, pero que choca con la realidad de una baja competitividad para el país.

En segundo lugar, la “brecha de la desigualdad”: Es inaceptable que poblaciones con condiciones sociales más vulnerables se vean privadas de recursos básicos para aprender en el siglo XXI (tales, como conexión a Internet, computadoras y en los casos más serios ni libros para aprender). El rezago educativo y la exclusión escolar echan raíces con más fuerza en áreas rurales y costeras, donde las condiciones de las familias son más desfavorables. Un primer paso, sería superar la crónica ineficiencia y letargo del Fondo Nacional de Telecomunicaciones (FONATEL). Cada día sin conexión a Internet resta oportunidades a miles de niñas, niños y jóvenes, que no tienen la comodidad de quedarse en casa y mantenerse conectados a los aprendizajes.

Por último, el profesor Reimers anota que existe una “brecha entre la institución escolar y otras instituciones”: Por ejemplo, la familia y los centros de trabajo. Se requieren estrategias que vinculen  lo que sucede en el hogar con las aulas. A su vez, es necesario ambientar a los estudiantes a las dinámicas  laborales del siglo XXI: trabajando en espacios abiertos, donde se participa, se cuestiona, se colabora en equipos y donde es posible co-crear conocimientos, con un profesor que es facilitador de este proceso de cambio educativo. Para dar ese golpe de timón, se requiere comunicación entre actores (alianzas público-privadas), formación docente, evaluación y adecuación de las metodologías a las nuevas exigencias que demandan las comunidades y empresas.

La celeridad de este siglo y una pandemia a cuestan exigen redefinir qué se enseña en las aulas y cómo se enseña. De lo contrario, solo seguiremos con escuelas dormidas en el siglo XX, gastando los recursos de nuevas generaciones que demandan cambios, pero sobre todo acciones planificadas y adaptadas al contexto de cada comunidad. ¡Despertá, escuela!

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