
Una mañana nevada de abril en Vilna, Lituania, discutíamos en un grupo de periodistas sobre las herramientas de detección de la inteligencia artificial (IA). Conversábamos en el contexto de la seguridad y la geopolítica, por las graves amenazas que representa la falsificación de la realidad cuando una imagen podría disparar un conflicto armado.
Pero en algún momento, el experto lituano se refirió a los patrones de escritura que pueden alertar a un lector común de que un texto fue generado por una aplicación de IA.
Ya se le ocurrirán algunas ideas mientras lee: el uso de la raya —relativamente poco frecuente hasta hace unos años—, la contraposición de dos elementos, las extensas oraciones vacías de contenido... Como editor, noto algunas más pronto que otras, pero lo cierto es que la escritura “limpia”, sin errores gramaticales ni riesgos, se ha impuesto en todas partes. Sí, es fácil que un adjetivo grandilocuente o un párrafo simétrico levanten alarmas, pero ese no es el mayor problema.
Mientras el lituano explicaba cómo sus propias herramientas tecnológicas de IA ayudaban a detectarla, pensé en que, en meses recientes, mil comunicados, artículos de opinión y posts de Facebook (ni se diga LinkedIn, poso rancio del corporate speak) que leemos a diario vienen de la IA. A veces ni disimulan. Uno quiere ver un error, una coma suelta, un párrafo que no termi
Así que pensé: ¿qué ocurrirá cuando los humanos imitemos a la máquina? Es decir, si el estilo prevaleciente es la prosa limpia y anodina de ChatGPT, los humanos empezaremos a imitarla porque la asumiremos como “escritura correcta”. Luego esa escritura volverá a alimentar el ecosistema del que aprenden las máquinas.
Basta con echar una ojeada a textos estudiantiles, reportes institucionales y empresariales o cualquier publicación comercial. ¿Es posible diferenciar entre restaurantes? (Ni hablar de los afiches hórridos).
La duda va más allá. No se trata solo de la imitación recursiva, el bucle de copias que genera en lo textual, sino en cómo se puede extender este fenómeno a otras experiencias estéticas y de qué manera.
No hablo una palabra de lituano, pero múltiples negocios pequeños de Vilna tenían la marca inescapable: este rótulo parece hecho con IA y es similar al de dos cuadras atrás.

Copia de la copia de la copia
A mediados de los 2000, algunos críticos empezaron a denostar la cultura pop obsesionada con la nostalgia que predominaba después de los alegres años 90. Famosamente, Mark Fisher lo definió como “la lenta cancelación del futuro”.
“La sensación de llegar tarde, de vivir en el periodo posterior a la fiebre del oro, es tan omnipresente como negada. Si se compara el terreno baldío del momento actual con la fecundidad de épocas anteriores, uno será acusado rápidamente de ‘nostalgia’. Sin embargo, la dependencia de los artistas actuales respecto a estilos establecidos hace mucho tiempo sugiere que el presente está dominado por una nostalgia formal”, escribía Fisher.
El problema actual es que incluso la nostalgia trae rendimientos decrecientes. ¿Cuántos remakes, revivals, refritos, nuevas temporadas o reediciones pueden ser suficientes? ¿Cabe otra temporada del mismo programa que Teletica estrenó década y media? ¿Siguen llenándose las presentaciones de música “plancha”?
Posiblemente sí, pero el marketing requiere de la renovación constante. Aun cuando sea cosmética, requiere la novedad para continuar creciendo y tocando nuevas puertas; el dinero es, aparentemente, inagotable, pero los gustos del consumidor no. La cultura llevaba años convirtiendo la repetición en modelo de negocio; la IA introduce una máquina capaz de acelerar esa repetición hasta la saciedad.
Una de las principales razones para que todo se nos haga similar es la recomendación algorítmica. La uniformidad de las “palabras clave” y la regurgitación estilística se conjuga con la generación de música con IA, que es otra cosa. Como todo en el “capitalismo de plataformas”, su origen yace en maximizar costos, minimizar pagos a creadores de contenido y salir de la junta directiva con bonos desmesurados.
Un fenómeno curioso sacudió los cines chinos en las últimas semanas. Niu Lai es una película animada sobre el sueño de una vaca, hecha por un joven y su madre, que aprendió a animar con él. Empezó a difundirse como meme por la baja calidad gráfica y la trama confusa; hoy, miles de netizens comparten homenajes, dibujan los afiches a mano, crean disfraces...

No hay que sobreinterpretar un meme, una moda pasajera: está claro que es broma. Pero ha recaudado millones en taquilla y no pocos sugieren que se debe a que parece “artesanal”, hecha “a mano”, en contraposición a las superproducciones idénticas entre sí.
Esa apreciación se escuchó con la encantadora Flow (2024), la película letona sobre un gato perdido que ganó el Óscar a mejor cinta animada. Hecha con software de código abierto a lo largo de cinco años y medio, sí exhibe gran talento de animación y guion, claro, pero resulta encantadora también en contraste a la animación uniforme que satura la industria. Hay algo de lo manual, de lo íntimo en estas imágenes algo “crudas”. Pero no son las superficies lisas e inertes de la IA, y con eso basta para encantar.
¿Quién responde por la audiencia?
El propio arte nos ofrece las herramientas para provocar rupturas, para fracturar lo que parece inevitable. El curador y crítico Frederico Morais decía que “el arte es la contradicción por excelencia y que el papel del crítico debe ser acentuar esas contradicciones”. La crítica, aunque no sea en el sentido profesional y remunerado del término, es discernir, separar, categorizar. Es decir: conocer mejor, afinar la atención, pulir el gusto.
No ayuda que el ejercicio crítico haya desaparecido en su mayoría de los medios costarricenses (y del mundo, en realidad). Recién pasado el Festival Internacional de Cine de Costa Rica (CRFIC), solo el medio web Algo Más Que Cine publicó reseñas sustanciales, aunque hubo varios estrenos nacionales. La crítica de música queda en boletines como La Necedad, que tampoco se dedica exclusivamente a ello. Teatro, danza, música clásica, jazz: nada. Para artes, AICA Costa Rica, Masa Crítica y algunos blogs han retomado esas discusiones, ojalá con buen futuro.

En ausencia de crítica de arte y con los incentivos perversos que nutren plataformas como Letterboxd, es difícil que se corte la maleza. No todo ejercicio crítico es válido por sí solo, pero sirve como acicate para el pensamiento. La prueba está en las disputas que ha generado La Odisea, el taquillazo de Christopher Nolan que ha puesto a miles de espectadores a ejercer, casi sin querer, estimulantes ejercicios analíticos. Por unas semanas, ha revivido el espíritu de ser un espectador más entre millones, de compartir una cultura.
Pero esos tiempos han quedado atrás en gran medida. Es más probable que triunfe la uniformidad, sobre todo porque suele ser agradable. Una frase sin accidentes se lee fácilmente, así como una pulcra foto tiene el aura de lo “profesional” o peor, “lo artístico”. Una canción que se parece a otras más conocidas entra rápido en la cabeza.
No recordamos únicamente acontecimientos, sino que recordamos relatos sobre esos acontecimientos. Nuestra memoria no funciona como un archivo de video al que podemos acudir para reproducir exactamente lo sucedido. Es reconstructiva: cada vez que recordamos algo, reconstituimos el hecho con los fragmentos de percepciones que tenemos de ello.
Eso nos expone al riesgo de la falta de ejercicio. Si delegamos nuestras habilidades mentales a una herramienta, se nos pueden atrofiar. Una investigación de Microsoft Research y Carnegie Mellon con 319 trabajadores del conocimiento y 936 ejemplos de uso de IA encontró que una mayor confianza en la IA estaba asociada con un menor esfuerzo de pensamiento crítico.
Los participantes describieron, además, un desplazamiento de ese pensamiento: en lugar de construir una respuesta desde cero, pasaban a verificarla, integrarla y supervisarla.

Si ocurre en el trabajo, puede ocurrir en el ocio. Podríamos terminar delegando el gusto y el placer.
Un artículo reciente del Wall Street Journal describía el problema que causa a la industria editorial el mar de novelas escritas con IA. “Cuando veo algo que está sinceramente mal escrito, ahora es como un soplo de aire fresco”, dijo al periódico una agente literaria, quien señaló que algunos de los textos que recibe hoy “hacen que Cincuenta sombras de Grey parezca Tolstói”.
Aquella mañana en Lituania, los periodistas conversamos largo rato sobre las mañas y tics que vamos adoptando. Cómo una costumbre rápidamente troca en “ley”: frases hechas, estructuras repetidas, formas de trabajo... Y formas de pensar también.
A lo largo del río Neris, que parte Vilna en dos, sobresalen edificios antiguos y modernos, algunos de la época soviética. La uniformidad impera, aunque por otras razones. Cerca de uno de los puentes que cruzan a la ciudad “nueva”, la mitad modernizada de la capital, hay un viejo edificio que contiene un cine estrujado, que se nota sostenido con poco dinero. El típico lugar de estudiantes y artistas.
En una mesa del café, escuché a dos futuros cineastas planeando su próximo cortometraje. Dibujaban algo en su libreta.No sé si eso les traerá una mejor película. Seguramente no. Pero creo que es mejor correr el riesgo: fallar y luego fallar mejor, decía Samuel Beckett.

