
Vilna, la capital de Lituania, es silenciosa, aunque no tan fría como se podría esperar, ni siquiera cuando empieza a nevar un domingo de abril, a las nueve de la mañana. El aire fresco limpia los pulmones; poco a poco, las calles se llenan de turistas y de locales que zumbarán de tienda en tienda. A 35 kilómetros de aquí, más o menos, está la frontera con Bielorrusia, satélite de Rusia. Todos lo tienen muy presente. A diario.
En 2019, una imagen crudamente editada de un tanque alemán de la OTAN profanando un cementerio judío en la ciudad de Kaunas, avanzando entre los árboles sobre las tumbas, se difundió como pólvora; pero hoy es un caso célebre de la desinformación que empezó a correr con más intensidad por entonces. Todas las sospechas apuntaban a Rusia.
El país gobernado por Vladimir Putin ha sido acusado reiteradamente de operar estrategias de desinformación contra países europeos, especialmente los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la alianza de defensa europea y norteamericana que Rusia percibe como hostil a sus intereses.
En 2022, esa fue una de las justificaciones para su nueva invasión a Ucrania, que ha devastado política y económicamente a ambos países, amén de las pérdidas humanas y ecológicas. Este 9 de mayo, en el Día de la Victoria, Putin celebró a sus soldados retomando esa explicación para la “operación militar especial” de cuatro años: “Se están enfrentando a una fuerza agresiva armada y respaldada por todo el bloque de la OTAN. Y, a pesar de ello, nuestros héroes siguen avanzando”.
Por supuesto, para Europa se trata de una violación a la integridad territorial de Ucrania y un abuso en toda regla, que ha tenido consecuencias devastadoras para civiles y que ha provocado secuelas económicas y humanas por todo el continente.
Para Lituania, todo eso está muy presente. A diario.

Viaje a Lituania
Aterrizamos en Vilna para la etapa final de una gira de periodistas latinoamericanos organizado por la Fundación Friedrich Naumann (una de las organizaciones ideológicas partidarias de Alemania, esta de los liberales), dedicada a estudiar las manifestaciones contemporáneas de la desinformación en el contexto de la guerra entre Rusia y Ucrania.
Venimos de varios países muy distintos de Lituania para llegar a darnos cuenta de los patrones semejantes en la vida política reciente de cada sociedad. Aquí la gran diferencia es la tensión latente por un posible estallido militar, un combate a fuego real.
Calle tras calle en la barroca Vilna se aprecian banderas lituanias y ucranianas hermanadas, a veces acompañadas de la azul estrellada de la Unión Europea. En algunos edificios oficiales, el asunto va más allá: frente al Ministerio de Defensa, un enorme rótulo deletrea: #OTAN.
Al principio, creí que sería una cuestión oficial, gestos del gobierno para la nación que apoya, estrechamente entrelazada con su historia desde el siglo XIV, cuando el país báltico se conocía como el Gran Ducado de Lituania.

En uno de los museos de arte históricos, varias cédulas de las obras ensalzaban antiguos esfuerzos patrióticos, recordaban la identidad lituana siglos atrás, y mencionaban los diálogos con sucesivas encarnaciones de Ucrania. Ya uno sabe que en Europa cada configuración política se ha transformado cien veces antes de su forma actual.
Esperaba ver más banderas ucranias cerca de la Torre de Gediminas, héroe de hace siglos, en los palacios, en las torres gubernamentales. Pero a poco, vi las banderas en mesas de cafés, pines, postales, vitrinas y en un rascacielos del otro lado del río Neris, un mensaje contundente:
“Putin, La Haya te espera”.

Estación berlinesa
Tomo notas de contactos lituanos-ticos. El 3 de abril de este año, 800 kilos de cocaína fueron decomisados por Europol y autoridades locales en el puerto de Klaipeda, sobre el Báltico. Provenían de Panamá y Costa Rica ocultos entre otros materiales, que despertaron sospechas.
Internet ofrece otros recuerdos más felices de exposiciones artísticas y de amistad: Costa Rica, por ejemplo, destacó internacionalmente porque nunca reconoció la ocupación soviética de Lituania (1940-1991), un periodo histórico que museos, monumentos, libros y placas desperdigados por la ciudad tratan de exorcizar.
Está claro que los vínculos rusos y lituanos son de larga data, y hace décadas que los lazos se estrechan en familias, colegas y expresiones culturales. Muchos se quieren desprender de los recuerdos de censura, represión y asesinatos. Pero hay influencias en la literatura, el pensamiento y el desarrollo económico. Uno sabe que gobierno es una cosa y nación otra; eso dice una persona que comenta que su mamá, criada en los años 50, ya no quiere hablar ruso (como 8% de hablantes nativos y un 60% de bilingües).
La señora solo quiere hablar lituano. Los cursos de este idioma están viviendo una gran demanda: el ayuntamiento de Vilna abrió inscripción para su enseñanza y hay lista de espera.
Nos reunimos antes en Berlín para conversar sobre la campaña de desinformación que se ha desatado por toda Europa. Llevamos una década hablando de fake news, pero ese término ha sido reemplazado por un entramado cada vez más complejo, más específico, de conceptos que dan cuenta de la oleada de datos distorsionados, propaganda y manipulaciones que gobierna nuestro pulso político. También en Costa Rica, como bien sabemos.

En estas discusiones, el término FIMI es crucial: foreign information manipulations and interference, es decir, manipulación e interferencia informativa extranjera. No se refiere a acciones específicas de una nación, pues la estrategia se ha expandido por todo el globo.
Videos y audios generados con IA que buscan interferir en elecciones son una cosa. Pero la otra, la más compleja, es que la desinformación contemporánea se fortalece con la propagación de múltiples narrativas, relatos que compiten, a veces más anclados en la realidad, a veces menos, pero lo suficientemente creíbles como para confundir. El propósito es confundir. ¿Sabe usted qué es real y qué no? ¿Cómo sabe? I’m just asking questions...
En este hotel berlinés, hay muchas preguntas. Una puerta se abre a las 2 a. m. Tres habitaciones más aparecen con la puerta abierta. Y otra cosas más.
Berlín, en todo caso, tiene experiencia con la paranoia, la desconfianza... y el espionaje. En una ciudad cicatrizada por la historia, es fácil encontrarse resonancias con lo que vivimos hoy, una era turbia donde antiguas alianzas se deshacen en meses y eventos en un rincón a 10.000 kilómetros son la proverbial mariposa que, batiendo las alas, provoca un huracán. El problema es que tenemos TikTok, Instagram, las mismas redes, 24/7; el huracán se desata más pronto. Veamos la situación en el estrecho de Ormuz.

En Alemania, tales remezones se viven minuto a minuto, con el alza en las encuestas del partido de ultraderecha alemán Alternative für Deutschland (AfD), que amenaza con desestabilizar el orden político posterior a la reunificación. AfD, ciertamente, pone en crisis tabúes sobre migración, memoria histórica y relaciones con Europa que antes eran irrompibles, como nos cuenta una analista (las fuentes consultadas no serán identificadas por motivos de seguridad).
Gran parte del asunto ha sido por la difusión de desinformación, datos a medias, distorsiones, todas ancladas en realidades económicas y sociales muy tensas. El problema, reitera, es “¿de qué manera incluir o excluir fuerzas políticas? Desarrollar criterios para la regulación siempre es problemático, usar el Estado para regular las propias estructuras de gobierno o de partidos políticos".
En el “Palacio de las Lágrimas” de Berlín, la estación de tren en la antigua frontera entre Este y Oeste, un video nos recuerda que la caída del Muro se precipitó, en parte, por un circuito en la comunicación: el vocero no tenía claro cuándo se permitiría el paso y dijo que asumía que desde ya.
Qué rápido se propaga un mensaje; qué difícil frenar una multitud.

Mucho en juego
¿Cuán elástica puede ser la democracia ante la avasalladora desinformación? Un académico alemán que ofreció sus apreciaciones en Berlín nos recordó: “La gente puede decir mentiras en una democracia; ese es su derecho”.
Si circula libremente, puede trastocar lo fundamental de las sociedades, debilitar su pegamento. Pero el desafío no es desmentir, sino que la verdad salga a flote: “¿Cómo decir la verdad en un mundo de política ficcionalizada?”, dijo.
Hablamos tanto de desinformación porque esa ha sido una de las herramientas esgrimidas en el conflicto ruso-ucraniano. Distintas instancias de la Unión Europea y Norteamérica, los gobiernos nacionales e instituciones especializadas han acusado reiteradamente al gobierno de Putin de difundir información falsa, confusa y engañosa por todas partes; para el otro bando, es una muestra de rusofobia, y un intento por mantener el statu quo “occidental” que Rusia considera frágil y extenuado.

Por su parte, Estados Unidos, Israel, Palestina, México, Argentina, Brasil... ¿quién no está viviendo una crisis de desinformación, acusado de difundirla o sufriendo por la opuesta? La pandemia, aunada a la entronización de las plataformas digitales en la economía y la sociedad, aceleró un proceso que deja en su estela rumores, caídas en tasas de vacunación, y duda perpetua.
Además, la desinformación ya no es solo política: para miles de personas, genera dinero. Mucho dinero.
Cuánto, es difícil saberlo. Ni por qué vías puede circular.
El tramo más extenso y fotografiado del Muro de Berlín se extiende por 1,3 km y está casi todo cubierto de grafiti, creado por múltiples artistas internacionales a lo largo de los años. Cuando se dio la reunificación alemana, despertó olas de esperanza, un deseo de reconciliación preservado en arte, canciones, libros y, claro, el lento proceso de reconstrucción de una sociedad dividida, ahora dos. Cada país tiene sus memento mori erigidos como monumentos, explícitos o no.
Un diplomático alemán de extensa carrera lo dice con franqueza: “Rusia ya está en guerra con nosotros”.
Pero es una guerra asimétrica, y no solo por las bajas disímiles de cada lado (35.000 rusas, 5.000 ucranianas en marzo), sino porque la ofensiva rusa, dice el diplomático, se extiende a campañas de desinformación que buscan desestabilizar Europa, debilitarla.
“Rusia desea reestablecer una zona de influencia en el este de Europa”, argumenta el funcionario. Así, su justificación se basa en tres narrativas principales: Ucrania no es un país real; deben desnazificar y desmilitarizar Ucrania; y la OTAN ha estado acosando y amenazando a Rusia desde la Guerra Fría.

En abril, en una cumbre en Turquía, el canciller ruso Serguéi Lavrov reiteró esa idea: “Sí, esta es una guerra que Occidente ha preparado cuidadosamente y está librando contra la Federación Rusa utilizando las manos de Ucrania”. Un análisis exhaustivo del conflicto excede los límites de este relato; empero, la explicación rusa ha virado también a este argumento: “La verdad es que un ‘orden basado en reglas’ nunca ha existido más allá de ser un eslogan”.
Tensa calma en Vilna
En los últimos meses, los movimientos militares en Europa han devuelto a la palestra la tensa calma que gobierna su frontera oriental, aparte de la conflagración ucraniana. Alemania aumentará sus tropas en Lituania (5.000), EE. UU. reducirá las suyas en Alemania. Entre marzo y mayo, se han interceptado drones ucranianos en el espacio aéreo de la OTAN, sobre todo en los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania). Rusia renovó sus amenazas tras la tensión con Kiev por una fugaz tregua a inicios de mayo.
Sigue nevando en las calles principales de Vilna. En una discreta oficina, estrecha y repleta de folletos, afiches e imágenes de la guerra, un miembro de los Lithuanian Elves (elfos lituanos) nos explica que son activistas digitales opuestos a los trolls prorrusos, que procuran desmentir bulos, explicar cómo funcionan sus narrativas y que aspiran a un ambiente digital despejado para Lituania.
“Su estrategia es distorsionar la realidad y lograr que la gente esté confundida; su estrategia es convencer a las personas de que todo el mundo está mintiendo”, nos explica el informático, joven, rubio y entusiasta. Enumera las herramientas de las que echan mano para combatir la oleada de basura virtual que enloda las conversaciones en redes sociales y, eventualmente, en el día a día.
Es difícil, dice, pero seguimos, y seguimos creciendo. Nos da ejemplos de desmentidos, de imágenes falsas y de narrativas desmanteladas. Una y otra vez, conversando con distintos civiles, me han dicho: “Estamos listos para la guerra”. Algunos entrenan tiro con rifle; otros se lanzan a las trincheras digitales. Es una ciudad en pie de guerra donde, sin embargo, tomo un café delicioso a las gélidas seis de la mañana, bajo la nieve, antes de darme cuenta de que el grano es tico.
“Nosotros somos europeos”, me dice la joven barista. “Es decir, no siento cercanía con esas otras cosas que se dicen, aunque las entiendo. Claro que tenemos cosas en común, pero no queremos estar bajo dominio de nadie. Solo nosotros”.

Caminamos por las anchas avenidas de la capital, y ahora que avanza el día, las mesitas de los restaurantes se llenan. El sábado, cuando llegamos, hubo una protesta masiva por intentos políticos de limitar la libertad editorial de la radiotelevisión pública. Me da la impresión de que las lecciones que ya aprendieron acá, Europa las tendrá pronto en sus casas. Lo mismo me dice una periodista.
Su lenguaje me resultará cercano a los de los oficiales militares que conoceremos luego, en recios edificios gubernamentales de Vilna. Nos reciben en una mesa extensa, con pequeños micrófonos en cada puesto y pantallas que se aprecian desde cualquier asiento. En esta sala se deciden las reacciones a distintas crisis porque a eso se dedica esta institución: a desarrollar los esquemas de respuesta a las emergencias que puedan surgir.
Nos muestran enmarañados mapas conceptuales que se pueden resumir en una idea clara: para reaccionar ante posibles crisis, incluidas incursiones militares, todo el gobierno debe operar a lo unísono, y a los esfuerzos deben sumarse pronto medios de comunicación, la sociedad civil y las oenegés.
Aquí no hay duda del compromiso de su país con la OTAN, con Europa. “El artículo 5 es lo mejor que le ha pasado a Lituania” (el compromiso de protegerse en conjunto a ataques a miembros de la organización)”, nos dice un oficial.

De 750 kilómetros de frontera con Bielorrusia, son pocos los puntos que les preocupan: “Nos alegra decir que es la frontera mejor protegida de la Unión Europea”, sonríe un militar. El 72% de la población tiene acceso a refugios antibombas, en 6.645 recintos dedicados a la protección. A abril, se había cerrado seis veces el aeropuerto internacional por incursiones aéreas foráneas.
El centro de manejo de crisis también atiende “emergencias digitales”; es decir, los bulos, la desinformación que se propaga por sitios de toda índole y por redes sociales. A veces, las plataformas les hacen caso a los voceros del Ejército que les alertan de que una publicación falsa en Facebook puede desatar pánico o incluso llevar a confrontaciones armadas. Bloquean algunas cuentas. La mayoría del tiempo, nadie en Meta responde.
Nos reunimos en el Ministerio de Relaciones Exteriores, en otro barrio de Vilna. Piso alfombrado, cortinas cerradas, largos pasillos cruzados de puertas, escaleras elegantes que suben a oficinas laberínticas y algunas imágenes históricas. En una de las oficinas militares, un cuadro del siglo XIX celebraba las luchas del Gran Ducado siglos atrás. Aquí, son más sobrias las fotografías de firmas de tratados.
Una de las diplomáticas nos explica que, si bien Lituania no ha tenido una relación tan cercana con América Latina, se están esforzando. Este año abrirán su primera embajada en la región, en Brasil. Le pregunto por el decomiso de cocaína y me remite a Europol. “Pero claro, el crimen organizado es un gran problema para Lituania”, dice.

Y para nosotros también. Y los bulos. Y las narrativas en conflicto, y las personas que se abruman con tantas versiones encontradas. Al final, frente al helado río Neris que corta la ciudad nueva y la ciudad vieja, me inclino sobre una baranda para contemplar la torre medieval de Gediminas, las paredes del palacio y las gotas de lluvia que empapan a los turistas. Escucho chino, ruso, portugués, español, inglés, italiano. Esta historia podría escribirla en cualquier idioma, en cualquier parte.
Una mañana, en un supermercado cerca de la ópera nacional, abro la app de X en mi celular y leo una noticia engañosa, ampliamente desmentida, en un sitio web recién nacido, que vuelve a circular en Costa Rica. Allá apenas está amaneciendo.

