Áncora

Rubén Darío en las termales de Cartago

La prensa escrita costarricense, de fines del siglo XIX, registra un singular viaje del célebre escritor a las aguas terapéuticas de la antigua capital colonial

El 25 de agosto de 1891 dos secciones de La Prensa Libre, a saber Casos y Cosas y Movimiento Marítimo, advertían del arribo del poeta Rubén Darío a Costa Rica, procedente de Guatemala, donde vivía una precaria situación económica. La eliminación del subsidio gubernamental al rotativo guatemalteco El Correo de la Tarde, bajo su dirección, sumado a la recomendación de explorar posibilidades en tierra costarricense, lo convenció del traslado de residencia.

Darío era un hombre habituado a los cambios. Previo a su recalada en Puntarenas migró desde Managua hasta El Salvador; luego tuvo un fértil paso por Chile y de ahí viajó a Guatemala. En todos estos lugares su pluma dejó evidencia del talento que le acompañaba.

Costa Rica no fue la excepción. Recién llegado publica en La Prensa Libre un difuso trabajo denominado La risa. Múltiples artículos, reproducciones, crónicas y poesías suyas florecen en este medio: Páginas de un libro inédito, Un libro para la amistad, Los Codros, Balmaceda, La infancia de Baco, Zambrana, Cerebro y Carne, Costa Rica en las exposiciones colombinas y otros materiales adicionales, forman parte de la rica herencia “dariana” diseminada en este periódico y en El Heraldo.

Ligado a su faceta de producción intelectual, la prensa de la época brinda testimonio de actividades de esparcimiento que el poeta disfrutó en este país. Llama la atención una crónica publicada de su visita a Cartago, antigua ciudad de asentamiento español. Pero, ¿por qué visitar Cartago?.

La visita de Rubén Darío a Cartago, en 1891, superaba propósitos restaurativos por quebrantos de salud, intereses herbarios o de senderismo en las faldas del Volcán Irazú. El motivo principal de su periplo se relacionaba con el auge turístico que las nacientes de agua caliente, recién explotadas en el plano comercial, habían traído para la llamada provincia “de las brumas”.

Para fines del siglo XIX Cartago era un destino turístico y terapéutico. Uno de los rasgos de atracción que poseía era su clima benigno. Los medios de prensa así lo atestiguan: “El Sr. D. Pedro Zamora, respetable vecino de Heredia se encuentra en Cartago a donde ha ido a restablecer su salud bastante quebrantada. Se nos informa que debido a los cuidados esmerados del Sr. Dr. D. Rafael Morales y a la influencia de aquel delicioso clima de la ciudad de las tradiciones patrias, el señor Zamora siente un cambio favorable” (Diario de Costa Rica, 29/12/1885).

Información de esta naturaleza es frecuente identificarla en los periódicos y muestra la creencia, bastante extendida entre los pobladores josefinos y de alrededores, acerca de las gracias que tenían las condiciones climatológicas de la provincia de Cartago en el estado de salud de personas convalecientes. Este efecto, de carácter balsámico, estaba dirigido a la atención de dolencias que guardaban estrecha relación con males de origen respiratorio o reumático.

La multiplicación de anuncios periodísticos informando de la disponibilidad de cómodas habitaciones en céntricos hoteles y de casas de campo, alquiladas por temporadas, así como el establecimiento de excursiones hacia Cartago -introducidas por los personeros del Ferrocarril de Costa Rica-, resulta un claro indicio del interés por atender individuos que requerían de las bondades del clima cartaginés para mejorar sus condiciones físicas.

Un elemento adicional por el que Cartago destacaba como destino turístico eran las excursiones al cráter del Volcán Irazú. El editorialista del Diario de Costa Rica (15/02/1885) ofrecía su percepción sobre este particular: “El volcán de Irazú está en su época de recibir visitas, podríamos decir: ha abierto sus salones y a ellos concurren numerosas personas, deseosas de contemplar el magnífico panorama que se extiende a sus pies”.

Los paseos de aficionados y especialistas a las faldas del célebre volcán era algo bastante frecuente, pues su recorrido daba la opción de ascender hasta las proximidades del cráter y conocer su múltiple vegetación y organismos, algo de lo cual se preciaban los naturalistas y filántropos que coleccionaban ejemplares de especies de plantas e insectos poco conocidos en el medio local.

Con el transcurrir de la década de 1890, droguerías y farmacias locales promovieran la venta del agua proveniente de los termales de Cartago, con fines curativos.

La visita de Rubén Darío a Cartago, en 1891, superaba propósitos restaurativos por quebrantos de salud, intereses herbarios o de senderismo en las faldas del Volcán Irazú. El motivo principal de su periplo se relacionaba con el auge turístico que las nacientes de agua caliente, recién explotadas en el plano comercial, habían traído para la llamada provincia “de las brumas”.

Los baños termales

En 1825, el inglés John Hale, de paso por Cartago, dejó un conjunto de anotaciones sobre la vida, fauna y flora de la región. En ellas destacaba que en las proximidades de la ciudad existía una fuente de agua mineral caliente, con una alta dosis de hierro y un fuerte olor sulfúrico, fuente que, según su criterio, podría tener virtudes medicinales y aprovechamiento para las gentes que habitaban la zona.

Desde mediados de 1850 la Municipalidad de Cartago tuvo la intención de crear una infraestructura adecuada para desarrollar el negocio de los baños termales en esa región, mencionada por Hale, cuyo nombre era Agua Caliente. Sin embargo, los altos costos del proyecto, sumado a los escasos fondos del ente local, postergaron de forma indefinida la concreción de la idea.

Fue hasta 1885 que se suscribió un acuerdo, de medio siglo de plazo, entre la Municipalidad y los señores Roberto A. Crespi y León Gatskoffsky. El contrato en cuestión autorizaba a los contratistas a crear una casa de baños termales en el barrio San Francisco, “para la curación de ciertas enfermedades, recomendadas por la ciencia médica” (Diario de Costa Rica, 11/12/1885).

Sin decirlo de forma explícita, el medio de prensa se refería a ciertas dolencias frecuentes como la artritis y el reumatismo.

Las aguas termales del hervidero de Cartago, nombre con el que también eran conocidas, se anunciaban como destino frecuente para enfermos locales y extranjeros que “buscaban aprovechar los baños de aquella fuente saludable, situada en un clima cuya benignidad es proverbial”.

A pesar que el acuerdo municipal de 1885 daba preferencia a los empresarios Crespi y Gatskoffsky en el uso de las aguas del hervidero, la prensa señalaba que quienes quisieran extraer y trasladar el preciado líquido hacia sus domicilios, tenían plena libertad de hacerlo, sin costo alguno.

La crónica del viaje, publicada en La Prensa Libre en fechas del 12 y 15 de setiembre, bajo el título Viaje a Bella Vista, describe a un Darío somnoliento durante parte del recorrido del tren...En medio de botellas de vino tinto, Darío comentó haber “leído alguna vez que las moscas en los vidrios solo caminan para arriba”, relato que causó simpatía entre los comensales y que fue corroborado en el acto.

El éxito de las termales en materia de salud se evidenció tanto en la presencia de avisos de prensa, donde se solicitaban informes y testimonios escritos de personas sobre las bondades del agua que manaba del interior de la tierra; así como en la emisión cada vez mayor de anuncios del Ferrocarril de Costa Rica, que comunicaban el envío de trenes extraordinarios los días domingos para “Excursiones a Cartago y Agua Caliente”. En ellos se dejaba claro que el horario de los trenes permitiría a los clientes combinar el uso del tranvía de Cartago para desplazarse hacia Agua Caliente, así como su regreso hacia la capital al caer la noche (La República, 21/04/1889).

En este contexto se enmarca la visita del máximo representante del modernismo literario en lengua española al naciente negocio de la explotación de aguas termales en la antigua capital colonial.

Rubén Darío en Cartago

El viaje dominical a Bella Vista, nombre de la empresa dedicada a la explotación de las termales, tenía fines recreativos y de agasajo para el renombrado hombre de letras. La idea fue concebida por Juan Fernández Ferraz, pedagogo, escritor y periodista español radicado en Costa Rica, país donde fue director de la Imprenta Nacional, Inspector General de Enseñanza y fundador de los periódicos El Diario de Costa Rica y La Prensa Libre. Con ellos viajaba Francisco Gavidia, director de La Prensa Libre, medio en el que Darío ejerció como redactor desde el 3 de setiembre hasta el 11 de noviembre de 1891.

La crónica del viaje, publicada en La Prensa Libre en fechas del 12 y 15 de setiembre, bajo el título Viaje a Bella Vista, describe a un Darío somnoliento durante parte del recorrido del tren tomado las inmediaciones de la Plaza de la Estación, en San José, espacio público que en esa misma década se convertiría en el Parque Nacional. En medio de botellas de vino tinto, Darío comentó haber “leído alguna vez que las moscas en los vidrios solo caminan para arriba”, relato que causó simpatía entre los comensales y que fue corroborado en el acto.

El propósito de tomar un baño termal fue satisfecho a medias. De acuerdo con Gavidia, el ajetreo y poco tiempo disponible hizo que el poeta optara “por echarse al coleto una regular cantidad de agua” y no sumergirse de forma prolongada en las gratificantes aguas. La imagen dibujada en la crónica muestra a un Darío relajado, compartiendo opiniones sobre literatura universal y otros temas menos trascendentes, a la vez que disfruta de un paisaje exuberante cargado de verdor.

Según Gavidia, Darío “certificó que, salvo lo caliente, tenía un sabor como del agua de Vichy; y sobre eso se pensó que, si embotellada y fría, no ayudaría al negocio”. El agua de Vichy, a la que se refería el poeta, era un producto de origen catalán extraído de la provincia de Girona, con antecedentes en las termas romanas establecidas en esa zona hacia el siglo I a.C.

En Costa Rica esta agua mineral se vendía embotellada con el propósito de atacar dolencias estomacales, de hígado e hipertensión. Considerando lo anterior, no extraña que con el transcurrir de la década de 1890, droguerías y farmacias locales promovieran la venta del agua proveniente de los termales de Cartago, con fines curativos.

El retorno a San José, no exento del bullicio generado por la aglomeración de pasajeros, resultó sin mayores contratiempos. Tomando en cuenta un anuncio de La República (21/04/1889), es posible que el viaje a la capital se efectuara en el tren de las 4:45 p.m., para arribar al punto original de partida previo al anochecer.

La partida silenciosa

En Costa Rica Darío se relacionó con la “crema y nata” de la sociedad. Esa a la que calificó en su Autobiografía como “una de las más europeizadas y norteamericanizadas”. Cercano de Pío Víquez y Aquileo J. Echeverría, paladines de El Heraldo; amigo de Francisco Montero Barrantes, administrador de La Prensa Libre; vinculado con Antonio Zambrana, político y filósofo cubano; próximo a Ricardo Fernández Guardia, Manuel González Zeledón y Ricardo Jiménez, de quien llegó a decir era “esa encarnación de todo lo que de vigoroso y de brillante tiene en su espíritu y en su corazón, la generosa y noble juventud costarricense” (La Prensa Libre, 23/09/1891).

La partida de Costa Rica, donde nació su primogénito Rubén Darío Contreras, fue sigilosa, necesaria dadas las estrechas condiciones de vida que experimentaba.

En nueve meses de estadía marcó profundamente la vida cultural del país. La República (11/05/1892) patentizó el adiós: “El poeta niño partió ayer para Guatemala. Deja en Costa Rica muchos amigos que saben estimarlo en lo que vale, muchas simpatías que se ha conquistado con su conducta circunspecta, con su carácter amable y sencillo, propio del verdadero mérito”.

Más adelante, el mismo diario incluyó otra nota que más parece un epitafio: “Vuelve. El viaje de nuestro amigo Darío es por pocos días. Pronto, pues, lo tendremos por acá”. El nuevo periplo emprendido por el poeta fue para nosotros una partida sin retorno.

Rafael Á. Méndez Alfaro. Coordinador Programa de Humanidades-UNED y Profesor Asociado Escuela de Estudios Generales-UCR.