
Ciudades que no dejan de hincharse, como la GAM de Costa Rica, dejan poco espacio a los árboles. Aunque desde San José y por todos los cantones circundantes destacan, aquí y allá, parches verdes, gran parte de la vegetación fue desplazada por el cemento.
Cuesta imaginar que un bosque logre florecer nuevamente entre parqueos, autopistas y centros comerciales. Empero, un método urbanístico particular propone que, en ciudades como las nuestras, pueden emerger “bosques de bolsillo”.
En agosto, el Centro Comercial Aleste (Curridabat) presentó el primer bosquecillo de su tipo en el país y en Centroamérica. Son 50 m² sembrados con 74 especies nativas en medio del barullo, preparados por unos 200 voluntarios que colaboraron con su creación.
Tal desarrollo se conoce como método Miyawaki, una técnica desarrollada por el botánico japonés Akira Miyawaki (1928-2021). En esencia, busca el crecimiento acelerado de la zona boscosa, usualmente apretada entre bloques urbanos, pero con especies nativas y un suelo preparado que, con el cuido constante, puedan ofrecer en poco tiempo una minifloresta que de un respiro a los transeúntes.
Para comprender en qué consiste el método Miyawaki y cómo se aplica en una ciudad como la nuestra, conversamos en agosto con la chilena Magdalena López, directora y fundadora de la empresa Bosko, encargada del diseño de este bosque. Trabajan bajo el alero de Sugi, organización suiza que ha impulsado la creación de 267 bosquetes similares en el mundo.

- ¿Cuáles son algunas de las experiencias más ricas que han tenido en este proyecto?
- Los alrededor de 70 bosques que hemos hecho los hemos realizado todos en suelo de Chile. Este es el primero que estamos trabajando fuera de Chile. Quizás la experiencia más diferente también fue una que hicimos en Isla de Pascua, en Rapa Nui, en la Polinesia.
“Ahora, el desafío de las ciudades de Chile —voy a hablar de Chile, pero creo que esto se puede extrapolar a América Latina— es enorme, porque tenemos grandes diferencias sociales. En el fondo, esa inequidad social también se traduce, al menos en países como los nuestros y en Chile particularmente, en inequidad verde.
“La cantidad de áreas verdes disponibles para las clases más acomodadas o las zonas de mayores ingresos es infinitamente mayor que el verde disponible para las clases más vulnerables.
“Entonces, el desafío es muy grande porque, además, la repercusión y la incidencia de las áreas verdes, de la infraestructura verde de las ciudades, es gigantesca en términos de salud, bienestar, calidad de vida y muchos otros elementos que están sumamente documentados por la literatura. Todo esto hace aún más necesario intervenir decididamente los espacios más vulnerables”.
- Como muchas ciudades latinoamericanas han crecido de forma tan desordenada, también un desafío significativo el espacio, dónde desarrollar áreas verdes de este tipo...
- Sí, completamente. Nosotros lo vemos también en Chile: ese desorden del que usted comenta es muy palpable, muy visible. Las ciudades van creciendo de manera espontánea, por decirlo de alguna manera.
“Por lo tanto, lo que menos se piensa son las áreas comunes. Más bien se está pensando en la vivienda, en la solución habitacional, en las obras viales, en los caminos, carreteras, autopistas, conexiones, etcétera. Pero las áreas verdes van quedando rezagadas en esta espontaneidad con que muchas veces crecen las ciudades.
“Con ese crecimiento y esos desarrollos que van extendiendo la mancha urbana, va quedando rezagada la posibilidad de abrir espacios verdes. En ese sentido, la posibilidad de crear un bosque de manera comunitaria, un área verde determinada, es muy linda. Es muy bonito todo lo relacionado con la participación de las comunidades en su propio espacio y la toma conjunta de decisiones sobre cómo tiene que ser ese lugar. Todo lo que sucede alrededor de eso es muy virtuoso.
“Se genera también algo que nosotros valoramos mucho y que está bien documentado por la literatura: la topofilia. Cuando uno quiere un lugar, cuando se involucra en un proceso comunitario en torno a la construcción, en este caso, de un área verde o de un bosque —un pequeño bosque Miyawaki o un bosque de bolsillo—, se genera apego. Se conocen las especies y, cuando se conocen, empiezan a quererlas; cuando se quieren, se cuidan”.

- Parte del del método Miyawaki es utilizar especies nativas. ¿Cuáles especies hay en esta experiencia que que realizaron y cómo fue esa investigación?
- Estamos repartiendo las especies en el futuro bosque que estamos haciendo junto a Portafolio Inmobiliario [desarrolladora de Aleste]. Son 74 especies distintas, todas correspondientes al ecosistema. En realidad, es una mezcla de dos ecosistemas: el bosque húmedo y el bosque muy húmedo premontano (...).
“Primero hay que determinar cuál es el ecosistema de referencia e identificar cuáles son las falencias actuales del suelo, cómo podemos enmendarlo, porque estamos intentando imitar las condiciones más naturales posibles de esos ecosistemas.
“Luego viene la selección de las especies en función de todos los estratos que se dan en estos ecosistemas. Es decir, no se trata solamente de árboles, como muchas veces la gente cree que es un bosque. Tenemos un estrato alta, pero también tenemos uno medio alto, medio, bajo y herbáceas.
“Todo lo que es el sotobosque ocupa alrededor de un 40%. Nosotros trabajamos con todos esos estratos, combinándolos de la mejor forma posible, tomando estas 74 especies y unas 1.500 o 1.600 plantas que finalmente conforman este cuerpo de bosque”.

- ¿Cómo se ha preparado la gente que va a tener a cargo ese cuido?
- Las experiencias son muy diversas. Hemos trabajado con clientes de espacios públicos, empresas, privados y distintos tipos de organizaciones.
“Lo más importante es que quienes estén a cargo del bosque se hayan empapado, por decirlo de alguna manera, de lo que significa tenerlo y hayan sido capaces de transmitir al resto de su entorno esa pasión por lo que tienen frente a sus ojos: este pequeño bosque que está naciendo.
“Habiendo un buen cuidador o un grupo de buenos cuidadores, lo más probable es que el éxito del bosque esté asegurado. Es decir, alguien que levante la alerta cuando vea que una planta está invadiendo más de lo normal puede tomar rápidamente una decisión respecto de qué hacer con ella.
No hay que olvidar que, de alguna manera, cada bosque es un pequeño piloto, porque cada ecosistema es distinto y, por lo tanto, todos los bosques tienen matices. A veces no esperamos que una planta reaccione de determinada manera, que crezca más rápido de lo previsto y se vuelva un poco invasora. Tenemos que estar atentos a ese tipo de comportamiento.
“En el caso de Chile, también es muy evidente que alguien tiene que estar observando el riego durante el verano. Si se estropea el sistema de riego, por ejemplo, es clave que alguien levante la alerta. Es algo muy simple, pero para eso tiene que haber alguien que sienta esa pasión y ese amor por lo que se está construyendo.
“Por eso te decía que la participación ciudadana es clave para generar esa topofilia, ese amor al lugar que finalmente es uno de los pilares del éxito de cualquier intervención de área verde que se haga en espacios públicos”.

