Cada vez que visito a mis deudos en el Cementerio General, paso por la tumba de un connotado ciudadano que yace en el olvido y cada vez me angustia más ver que éste es -tal vez- el reflejo de lo que está pasando en Costa Rica. Dejada a la libre, abandonada para que las inclemencias del tiempo y las circunstancias le hagan daño, y que nadie, absolutamente nadie, haga algo por remediarlo.
Esa tumba está en proceso de derruirse poco a poco. En algunos casos, por el robo del material férreo con que están hechas sus cadenas y su baranda. El granito cede a los golpes que arrancan el material y también las raíces de las plantas van penetrándolo, inermes pedazos son los que quedan de esta fuerte piedra.
Ya ni la placa de bronce en su pedestal existe y el que conforma el busto retrato tiene un hueco que se va haciendo cada vez más grande y algún personaje con un poco de caridad, le puso una plasta de yeso para que no siguiera corroyéndose, pero que lo afea aún más. El descuido es total.
Las cuitas de los pájaros caen por doquier y cubren la cara y hombros del personaje, pero también han casi borrado la firma del escultor y la fecha de su realización. «Rafael Barroeta Baca, Bienhechor de la Juventud», reza la triste y sucia pieza de lo que fuera otrora blanco y límpido mármol.
Volvamos al pasado. Rafael Barroeta y Baca se llamaba el personaje retratado que está enterrado en esa tumba. Un ilustre ciudadano al que el país debía honrar. Había nacido en Cartago en 1798 y murió en Esparza en 1880. Fue hijo de un hombre quien fuera una figura importante en la transición de Costa Rica de Colonia a República.
Con esfuerzo amasó una gran fortuna y al no tener descendencia, en su testamento dispuso que todo el dinero que tenía depositado en el banco se convirtiera en un fondo de becas para que la juventud ligada a su familia pudiera estudiar. Curiosamente, los historiadores no le han prestado mucha atención al legado de Barroeta y el fondo de becas que creó.
Un poco más de historia al respecto de Barroeta nos dará una idea más de su perfil como ciudadano. Cuando Braulio Carrillo, a mediados del siglo XIX, envió a Vicente Villaseñor al mando de 700 hombres a repeler la invasión de Francisco Morazán, Villaseñor, en vez detener el avance del general hondureño, pactó con él. Entonces se oyó la voz de un oficial que dijo: “Hemos venido a pelear y no pactar”. Ese era Barroeta, quien en ese momento quebró su espada, se marchó del sitio y acabó luchando contra Morazán en la clandestinidad.

En 1846 se le nombra Fiscal de la Suprema Corte de Justicia. Barroeta también participó en política cuando, en 1873, fue Designado –es decir, equivalente a un vicepresidente– en la época de Tomás Guardia, y en algún momento ejerció interinamente la presidencia de la República.
Reseñemos ahora un poco al artista que realizó el busto de este ilustre ciudadano. Juan Ramón Bonilla se llamaba uno de los escultores más importantes de la época y fue quien se hizo cargo de realizar el retrato de tan connotado ciudadano en 1918.
Una copia de este busto –en mejores condiciones que el del cementerio– se encuentra actualmente en el parque España. Este artista, nacido en 1882, estudió en la Academia de Bellas Artes de Carrara y el Instituto de Bellas Artes de Roma, Italia, con una beca del gobierno de Costa Rica. Al graduarse en 1909 realiza una talla en mármol que todos conocemos porque está en el Teatro Nacional, ya que Bonilla decide regalársela al país en agradecimiento por haberlo becado para realizar sus estudios y haberle ayudado con la compra del mármol para su obra de graduación. Es por eso que “Los héroes de la Miseria” se exhibe orgullosa desde entonces en el vestíbulo del Teatro.
Cuando el artista vuelve al país, alterna su trabajo como escultor con la docencia. Gana medalla de oro en las exposiciones nacionales de 1917 y 1918. También fue miembro de jurados como el de las Exposiciones de Artes Plásticas del Diario Costa Rica. Es una pena que las colecciones públicas de nuestro país tengan muy pocas obras de este magnífico escultor. Por diferentes circunstancias, varios monumentos que diseñó no lograron concretarse e inclusive uno de ellos fue destruido en el fragor político de la dictadura de los Tinoco.

Los invito a hacer una visita. Si entramos al Cementerio General por su entrada principal, encontraremos la tumba que hemos descrito en el segundo cuadrante a mano izquierda sobre el pasillo principal. No podemos perderla de vista, ya que está cayéndose a pedazos como nosotros nos caemos a pedazos como país.
Los exhorto a seguir la visita por el resto del camposanto para constatar una triste realidad. Pero en este caso, yo escribo estas reflexiones para dejar constancia de lo que sucede en nuestro entorno sin que nos demos cuenta. No solo hablo de los bienes materiales, sino también de nuestro legado cultural y social.
No es justificable que, siendo una obra patrimonial y siendo importante el personaje que yace en esa tumba, nosotros los costarricenses, con una flaca memoria, la tengamos en semejante descuido. Después de todo, Rafael Barroeta y su legado son parte de lo que Costa Rica es hoy día.
Sueño ojalá que la próxima vez que vuelva a visitar a mis deudos en el Cementerio General, alguien haya puesto un granito de arena; tal vez el Centro de Patrimonio haya tomado cartas en el asunto. Pero como es un sueño, todo es posible en la Costa Rica del olvido…

