
Mucho antes de que una máquina produjera una imagen o un texto mediante un modelo estadístico de inteligencia artificial (IA) como ChatGPT o Gemini, distintas culturas empezaron a soñar y construir máquinas capaces de imitar actos creativos.
Parte avance tecnológico, parte atracción curiosa, los autómatas fueron invenciones notables: ver uno funcionar quita el aliento aún hoy. Es fascinante ver lo que puede hacer (¿fingir?) una máquina.
En el mundo griego encontramos algunos de los primeros relatos y descripciones de autómatas. Filón de Bizancio, en el siglo III a. C., escribió sobre dispositivos automáticos, y varios siglos después Herón de Alejandría dedicó un tratado completo a su construcción.
Sus máquinas presuntamente podían representar pequeñas escenas teatrales: figuras que se desplazaban por un escenario y ejecutaban una secuencia de acciones mediante pesos, poleas y mecanismos programados.
Una investigación de la Universidad de Glasgow sobre los autómatas de Herón destaca su carácter narrativo; uno de ellos era móvil y otro estacionario, y ambos podían representar escenas de manera autónoma mediante el descenso de un contrapeso. Es decir, una pequeña máquina de contar historias.

En China existe un antecedente fascinante, aunque de naturaleza mucho más incierta. El Liezi, texto taoísta cuya versión conservada fue compilada varios siglos después de la época que narra, cuenta que Yan Shi, un artesano de la corte del rey Mu de Zhou, presentó un hombre artificial de tamaño natural capaz de caminar, cantar y bailar.
Cuando el rey sospechó que la criatura tenía voluntad propia, Yan Shi la abrió y mostró un interior compuesto por órganos, huesos, articulaciones, piel y cabello artificiales. El relato probablemente pertenece al campo de lo legendario; empero, sí refleja la curiosidad y el interés que se tenía en crear aparatos que imitasen la experiencia humana, al menos en sus acciones físicas.
Pero aparte de estos antecedentes que no podemos conocer de primera mano, sobreviven en museos de todo el mundo ejemplares de una técnica refinada y ahora perdida para crear estos autómatas.

La era de los autómatas europeos
Los autómatas fueron una de las expresiones más sofisticadas de la fascinación europea por imitar la vida mediante mecanismos.
Entre los ejemplos más extraordinarios están los tres creados por el relojero suizo Pierre Jaquet-Droz, su hijo Henri-Louis y el mecánico Jean-Frédéric Leschot. Presentados en 1774, el Escritor podía trazar textos con una pluma, el Dibujante realizaba ilustraciones y la Música ejecutaba cinco melodías en un instrumento de teclado.
Los tres siguen funcionando en el Museo de Arte e Historia de Neuchâtel. El Metropolitan Museum of Art recuerda que el Dibujante podía realizar retratos de Luis XV, Luis XVI, María Antonieta y un perro.
Pese a su apariencia, no eran simples juguetes. Detrás de sus movimientos había mecanismos cuidadosamente programados, que operaban por medio de ruedas, levas, resortes y discos que determinaban qué debía hacer cada pieza.

Un estudio de Adelheid Voskuhl, publicado en Studies in History and Philosophy of Science, señala que los Jaquet-Droz se convirtieron en auténticos espectáculos públicos y que sus autómatas ocuparon un lugar central en la cultura de la producción artesanal y en la naciente industria de los medios del siglo XVIII.
Otro caso es el autómata atribuido al relojero suizo Henri Maillardet, construido alrededor de 1800. El muchacho mecánico podía escribir poemas en francés e inglés y realizar cuatro dibujos.
Cuando el Franklin Institute de Filadelfia recibió la máquina, en 1928, estaba destrozada y nadie conocía con certeza su procedencia. Después de ser reparada, volvió a funcionar y produjo una pista extraordinaria sobre su propia identidad: escribió “Écrit par L’Automate de Maillardet”, es decir, “Escrito por el autómata de Maillardet”.

Maillardet había trabajado durante un tiempo en los talleres relacionados con Jaquet-Droz. El Science Museum de Londres describe su máquina como uno de los pocos autómatas figurativos de aquella época que sobreviven y señala que fue construida hacia 1798.
De acuerdo con el Franklin Institute, este autómata “tiene la mayor ‘memoria’ en una máquina de este tipo: cuatro dibujos y tres poemas, dos en francés y uno en inglés”.
La “memoria” está contenida en las llamadas levas, o discos de latón. “A medida que el mecanismo de relojería hace girar las levas, tres dedos de acero siguen sus bordes irregulares. Estos dedos traducen los movimientos de las levas en desplazamientos de la mano del muñeco que escribe: de un lado a otro, hacia delante y hacia atrás, y hacia arriba y hacia abajo. Un complejo sistema de palancas y varillas transforma esos movimientos en las marcas que quedan sobre el papel”, explica la institución.
Los autómatas en la era de la IA
Ejemplos como aquellos sobran en la Europa del siglo XVIII. Muchos mecanismos ya no funcionan o se ha perdido el conocimiento para hacerlos operar como se esperaba, simplemente por deterioro.
Pero sus usos nos recuerdan recientes debates sobre la inteligencia artificial, su agencia y la distinción de la creación “humana”, digamos, “no mediada”.
En un artículo académico publicado este año, la historiadora Julie Park propone precisamente estudiar al Escritor de Jaquet-Droz como un capítulo temprano de la historia de la inteligencia artificial, como una máquina que convertía instrucciones mecánicas en escritura y que obliga a preguntarse dónde comienza la autoría cuando una herramienta produce el resultado.

La diferencia es evidente: los viejos autómatas no pensaban. No improvisaban, no aprendían y no tenían lenguaje. Sin embargo, planteaban una pregunta que vuelve con cada generación tecnológica: si una máquina puede producir algo que parece humano, ¿qué parte de la obra pertenece a la máquina y cuál a quien la diseñó?
Park ofrece una lectura crítica de este dilema desde un punto de vista moral. De acuerdo con la autora, en las herramientas de IA “presenciamos una forma de inteligencia artificial capaz de generar texto nuevo por sí misma: la máquina construye oraciones a partir de patrones de probabilidad producidos por grandes compilaciones de información que recibe en forma de textos escritos por seres humanos”.
“Y, sin embargo, hay algo que nunca está presente ni en el autómata escritor del siglo XVIII ni en ningún programa de inteligencia artificial generativa: los esfuerzos y placeres de la creatividad que acompañan el acto humano de escribir cuando implica riesgo, incertidumbre o un esfuerzo sostenido”, agrega, en una reflexión que remite al concepto de creatividad y esfuerzo intelectual de John Locke.

Otras personas del mundo del arte piensan distinto. En una conversación publicada en ArtReview, el artista Jon Rafman defiende su uso como herramienta para ir más allá. “Trabajar con IA significa vivir con un cambio constante. Incluso mientras planificamos exposiciones, el significado de las obras ya está cambiando”, dice.
Así se subraya la gran diferencia con los autómatas previos, que solo podían repetir un repertorio limitado de acciones. Sin embargo, repasar su historia puede recordarnos las dudas filosóficas de entonces y las de ahora, en un mundo que, como dice Rafman, no deja de cambiar.

Fernando Chaves Espinach
Editor de Revista Dominical y Áncora. MA en Programación y Curaduría de Cine (Birkbeck, U. de Londres). 15 años de experiencia en periodismo de cultura. Bachiller en Periodismo y Producción Audiovisual por la Universidad de Costa Rica. Codirector de Pólvora Fiesta de Cine e Ideas. Exdirector del CR Festival de Cine, excurador MADC y otros espacios.
En beneficio de la transparencia y para evitar distorsiones del debate público por medios informáticos o aprovechando el anonimato, la sección de comentarios está reservada para nuestros suscriptores para comentar sobre el contenido de los artículos, no sobre los autores. El nombre completo y número de cédula del suscriptor aparecerá automáticamente con el comentario.