Shih-t’ao fue un pintor del siglo XVII, pero también perduran sus reflexiones sobre su arte, su incisiva concepción de la pintura (en realidad de la estética, pero este vocablo solo se inventó en el siglo XVIII en Europa). Fue uno de lo pintores chinos más influyentes, perteneciente al movimiento individualista de ese siglo, se reveló contra la técnica de los grandes maestros, pues la tradición se había tornado estéril mediante repetición de las técnicas de pintura, e innovó con diversas formas de “expresionismo”, incluso abstracto. Fue un monje budista zen y en sus escritos no podían faltar las contradicciones a la lógica formal como invitación a detener el pensamiento discursivo típico de esta tradición. También se detectan influencias de la cosmología de Confucio, cielo, tierra y la armonía en sus interrelaciones gobernada por el cielo y de la profundidad filosófica del taoísmo: el tao que se expresa no es el verdadero Tao. Sus escritos se pueden encontrar en la antología de Lin Yutang, The Chinese Theory of Art: Translations from the Masters of Chinese Art.
La pintura para Shih-t’ao es emulación de la creación divina. A partir del caos primigenio vino la diferenciación, producto del método. El método nació de golpe, de un golpe, en el sentido de repentino, espontáneo. Así es la creación divina, así es la creación humana. No es un asunto de técnica, sino de una mente que entiende, un método zen: el método que surge de la ausencia de método y el método que cubre todos los métodos. Aplicado a la pintura con tinta, se refiere a la espontaneidad en el manejo del pincel para trazar las formas y dirigir los lavados. El objetivo es capturar en las formas y apariencias de las cosas sus leyes internas, sus formas embriónicas, su vida, su espíritu en desarrollo, la acción del ying y del yang (revelados por los contrastes entre oscuridad, escondido –ying– y claridad, abierto –yang–, que solo existen en referencia el uno del otro).
Trascender la mente. Mediante el método de un golpe, la pintura trasciende la mente humana, cuando la mano es movida con el espíritu las colinas y arroyos brindan sus almas. Se captura la apariencia y sustancia del universo. En este contexto, la estética trata sobre la apariencia y la sustancia del universo captados por la mente y las destreza del pintor en su pintura.
La pintura es para Shih-t’ao un ejercicio de trascendencia. La persona esclavizada por lo material vive un estado de tensión que le impide el método de un golpe y se destruye a sí misma. La pintura debe provenir de la paz mental, de la contemplación del Uno, la unidad de las cosas, la cual, cuando se logra percibir, sobreviene la felicidad al pintor y la pintura adquiere una profundidad insondable. Requiere del pintor trascender la dualidad y multiplicidad de lo creado para encontrar su unidad trascendente en el golpe de la creación. Así replica mediante su golpe una creación artística que captura el espíritu de lo pintado. La estética es, por lo tanto, trascendente. Trasciende la apariencia de lo pintado, trasciende al pintor, es fruto de una mente en paz, en silencio, que se descubre partícipe de la unidad y puede plasmar lo bello, su lógica embriónica, esa que apenas se asoma en las pinturas que merecen ser perdurables y que pocos captan porque también demanda paz mental del observador.
Belleza y verdad.La mayoría de los filósofos modernos que se preocupan de la estética la circunscriben a los problemas técnicos de representación o intención artística con un enfoque similar a las representaciones lingüísticas, característico de la filosofía contemporánea. Shih-t’ao de alguna manera recuerda esa interrelación entre belleza y verdad como realidades en la creación, discusión casi abandonada en el presente, y la cual, al final, puede constituir la base para buscar respuestas a las grandes interrogaciones de la existencia. Plantea un desafío a la propensión contemporánea de eludir lo relevante.
El arte de hoy no se asocia necesariamente con lo bello, se refiere a un medio de comunicación o expresión personal. Si bien esto es valioso e importante, pocos cultivan la pintura como descubrimiento de lo bello, de la verdad profunda que apenas se asoma, como ejercicio profundo de transformación personal para experimentar, en lenguaje de Shih-t’ao, el Uno, la intuición del Tao inefable. Poco se practica la pintura como experiencia religiosa-mística de la unidad de la creación mediante la disolución de la dualidad contemplante-contemplado en una trascendencia de la mente creadora. Para ello, desde luego, ¡debe practicarse el método de no-método!