
Esta semana se estrena en salas de todo el mundo el último gran intento de un director por lograr que La Odisea funcione en el cine. The Odyssey, de Christopher Nolan, tiene todo para triunfar: presupuesto inagotable, varias superestrellas y un músculo de marketing incomparable. Aún así, puede ser que artísticamente no funcione. No sería culpa de Nolan: es que casi nadie ha tenido suerte con la épica homérica en el cine.
Claro, el director británico ya logró hacer del drama personal de un científico uno de los mayores éxitos de taquilla de los últimos años, Oppenheimer (2023), y además la crítica la apreció mucho. Se podría esperar que una de las aventuras más antiguas, influyentes, imitadas y adaptadas funcione.
Pero la verdad es que, a lo largo de la historia del cine, La Odisea (y La Ilíada) han sido dos grandes problemas para la adaptación cinematográfica. Tanto así, que entre el primer y el segundo largometraje inspirados en ella pasaron 43 años.
¿Por qué ha sido tan difícil? ¿Es inevitable? “La epopeya ha sido adaptada muchas veces, pero la rigidez de la mayoría de los intentos hace que uno se pregunte si las dificultades son insuperables”, se preguntaba el autor David Denby en The New Yorker hace unas semanas.
Las razones son múltiples: unas explican la vigencia de un poema de hace tres milenios; otras recuerdan que también pertenece a un mundo cuya forma de entender la vida dista profundamente de la nuestra.
Echar un vistazo a la trayectoria de La Odisea en el cine nos puede revelar algunas de estas dificultades, que se extienden a gran parte de la literatura universal.
¿Por qué ha sido tan difícil adaptar ‘La Odisea’?
La Odisea empieza en la distancia. Del siglo XII al VIII a. C., en culturas sin escritura definida, se gestó el relato de una presunta guerra de Troya, de cuya existencia dudamos hasta hace poco. Creemos que circuló primero como tradición oral, lo cual explicaría reiteraciones, inconsistencias y partes del texto donde se asume conocimiento previo de personajes y eventos.
Hacia el siglo VIII a. C., un poeta (o varios, como aún debaten los especialistas) fijó el texto que acabaría convirtiéndose en una lectura fundamental para cualquier ciudadano del mundo griego. Con el paso de los siglos, La Odisea se perdió para buena parte de Europa occidental, hasta que el Renacimiento la redescubrió y su influencia sobre los relatos de héroes, viajes y regresos volvió a hacerse evidente. También comenzaron las objeciones. Ya en 1664, el eminente Abbé d’Aubignac calificaba las epopeyas homéricas de obras “incoherentes” e “inmorales”.
Desde su resurgimiento, La Odisea ha inspirado novelas, pinturas, óperas y películas. Sin embargo, a diferencia de otros grandes relatos clásicos, nunca ha encontrado una adaptación cinematográfica definitiva.
La primera versión cinematográfica larga fue L’Odissea (1911), tercera adaptación de la que tenemos noticia. Por aquellos años, el cine italiano desplegaba recursos inmensos para crear grandes épicas fílmicas, como Quo Vadis? (1913, Enrico Guazzoni) y Cabiria (1914, Giovanni Pastrone). El cine ofrecía oportunidades novísimas de sorprender y encantar, de recrear la antigüedad y hacerla “verosímil” en la imagen en movimiento.
L’Odissea es notable porque echa mano del arsenal de efectos especiales disponible entonces para capturar la magia del poema. Fue creada y recibida como un aporte “educativo”; la narración progresa en 44 minutos de una manera que asume que el espectador ya conoce el texto. Los intertítulos meramente describen las escenas que vemos a continuación. Eso sí, es bellísima.
Es hasta 1954 que vemos una nueva adaptación “completa”, la célebre Ulysses (1954) con Kirk Douglas y Silvana Mangano. Es suntuoso Technicolor, esplendor mediterráneo y sensualidad de la era de las celebridades. El diálogo es algo tosco, algo lento, atado a la “seriedad”; se pierde algo de encanto en un drama espeso, pero por suerte el colorido y los efectos visuales entretienen. Lo mismo sucede con una interesante miniserie de la RAI, de 1968, con Irene Papas.
Problemas de adaptar a Homero
El primer problema es la distancia entre nuestro universo moral y el de Homero. “El caos en Ítaca puede ser político y ético —una violación de la costumbre—, pero algunos tramos del poema son bárbaros y salvajes, más allá de la vida civilizada en general", escribe David Denby.
El heroísmo de Ulises no es el nuestro; sus códigos son otros porque las necesidades de su época eran diferentes. Trasladar sus crueldades y frialdad a la pantalla, a un medio nacido de otra cultura, puede chocar al espectador y alejarlo del corazón dramático de la obra.
Otro problema es hacer visible lo fantástico y lo sublime. Pocas obras reúnen tantos desafíos visuales como La Odisea: ninfas, cíclopes, hechiceras, gigantes caníbales y el descenso al mundo de los muertos. Durante décadas, los cineastas afrontaron ese universo con los limitados efectos especiales de su tiempo.
Entre maquetas, ingeniosa utilería y trucos fotográficos, las películas sugerían más de lo que podían mostrar, forzando al público a completar con su imaginación aquello que la tecnología todavía no podía recrear. Aunque algunas versiones se sobreponen a la limitación técnica, como en la miniserie de 1997 con Armand Assante y Vanessa Williams, que circuló mucho por aquí. ¡Es entretenida! ¡Es vistosa! ¿Qué más quiere uno?

Pero a la vez surge la pregunta: ¿por qué querríamos realismo en una obra tan empapada de imágenes sobrecogedoras? ¿Cuánta mugre y sudor deseamos en un relato de héroes y dioses? Conseguir este balance no solo es complejo: es que un paso en falso puede tirar por la borda todo el esfuerzo.
Además, los efectos venden boletos pero envejecen rápido; el drama humano ha quedado supeditado al espectáculo en más de una adaptación. Pensemos en el cuadro de Turner dedicado al tema, que opta por oscurecerlo todo y dejarnos imaginar.
La adaptación es uno de los grandes problemas del cine. Alfred Hitchcock decía que solo retomaba libros malos para que no lo molestaran los lectores con su “falta de fidelidad al texto”. El teórico Robert Stam lo atribuye a los abundantes prejuicios sobre la “superioridad” de la literatura sobre las demás artes, la “exaltación nostálgica de la palabra escrita como el medio privilegiado de comunicación”.
El asunto es que leemos La Odisea desde jóvenes, pues la asignan en los colegios, y no hay mente más fértil que la adolescente. Cada quien se figura su cíclope y su sirena, su Hades y los pasillos donde los pretendientes devoran la comida de Ítaca y acosan a Penélope. Luego vamos al cine esperando que nos cumpla ese deseo antiguo. O peor, nos ponen una adaptación de televisión o cine en clases y ya esa nos marca por el resto de la vida.

Formas de adaptar ‘La Odisea’
Es por eso que algunos cineastas toman otros caminos radicales. Hay una versión de La Odisea, mi preferida, que se aparta por completo de las trampas del texto. Nostos: Il ritorno (1989), del italiano Franco Piavoli, alcanza un nivel de abstracción y “pureza” del lenguaje cinematográfico comparable con algunas secuencias de Tarkovsky y Dreyer o Las estaciones del año (1975), de Artavazd Pelechian, y El color de la granada (1969), de Serguéi Parájanov. Uno siente que atravesó el tiempo para ver algo primitivo, primario, cerca de la raíz del arte. No sé explicarlo de otro modo; Nostos siempre me hace llorar.
Otro acercamiento reciente opta por lo carnal, lo más íntimo. Se trata de una película injustamente ninguneada, The Return (2024, Uberto Pasolini), donde un ajado Ulises (Ralph Fiennes) vuelve a casa a una Penélope muy cansada (Juliette Binoche). Es una versión dramática, realista, que solo toma la segunda mitad de la épica para enfatizar el trauma, el dolor y el consuelo del regreso a casa.

¿Será el destino de La Odisea que solo pueda adaptarse por fragmentos, solo pasajes específicos, uno a la vez, para que que respire y ofrezca nuevas miradas? Otra ruta que han tomado series animadas y otras adaptaciones es quedarse con la aventura... o tomar el esqueleto de la gran épica y dibujarse otro mundo entero. A veces ha funcionado de maravilla.
En su libro sobre el mar que atraviesa nuestro héroe, el historiador Fernand Braudel dice que algunos autores entienden que “Ulises vive todavía entre los marinos del Mediterráneo y que es en el presente, en las fábulas que uno puede oír con sus oídos, donde hay que comprender la génesis y la eterna juventud de La Odisea”.
Con el paso de los siglos, ese mar se ha desbordado a mil paisajes más, y por eso aquí, en Costa Rica, cada espectador de The Odyssey de Nolan llevará sus propias imágenes internas. Ojalá que el espectáculo les haga justicia.

