
En honor a su nombre, Tyler, the Creator llegó a Costa Rica y en su concierto creó... ¡nada más y nada menos que un gran caos!, uno que solo un artista tan sui generis como él puede generar y, por supuesto, hacerlo jugar a su favor.
Desde las 4 de la tarde, 3 horas antes del inicio pactado, Parque Viva fue un lienzo que pintaba a llenazo y que, a pocos minutos de las 7 p. m., no tenía espacio ni para una pincelada más.
Como con pocos cantantes pasa, los seguidores del estadounidense se comprometieron de lleno con su estética tan característica. El paisaje, cual ilusión óptica, era un bucle de shorts de mezclilla, camisas de botones, mocasines o burros y medias blancas.
Muchos remataban con un sombrero afelpado, hechos como para soportar la peor nevada rusa, al que anudaban las orejeras, aunque también alguno que otro las dejaba libre al estilo Chavo del 8.
Todo un show fashion de un público donde prácticamente nadie pasaba los 25 años. Pero entonces, el cuadro mudó a escena surrealista. No eran los relojes de Dalí derretiéndose, sino caras que, de la desesperación, estaban tan largas que llegaban al suelo.
Al principio, las ansias se asomaban como prueba de cariño a un ídolo, pero cuando ya el concierto tenía media hora de retraso, los gritos de “Tyler, Tyler” ya eran de preocupación y exigencia.
Seguía la espera y el clima era la confesión masiva y solapada de que eran muchos y todo podría torcerse si él no salía a escena. La tensión se deshilachó, desgastada por el tiempo, y más bien el aforo se convirtió en revuelta de brazos caídos.

Fue ahí cuando Tyler golpeó, con un violento rafagazo rojo en pantalla, que salpicó el ánimo de todos. “Deje el equipaje en casa” y otras tantas palabras se proyectaron y con la actitud de un frescazo que sabe que tiene a su gente en la mano, el cantante apareció caminando como si nada hubiera pasado.
Lo que ocurrió tras bambalinas está en la dimensión de las especulaciones; lo cierto es que el artista causó un tsunami y sacando a relucir lo californiano, lo surfeó con una soltura hipnótica.
Desde el inicio, el ganador de dos premios Grammy puso a brincar, cabecear y gritar explosivamente a los presentes, con las canciones más estridentes de su repertorio.
Dos realidades sorpresivas quedaron al descubierto con tan solo unos minutos. La primera es que su público es fiel y no solo un fenómeno de moda; porque la muchedumbre se sabía al pie de la letra cada tema.
En esa línea, el segundo hecho, todavía más increíble, fue ver cómo Tyler logró que quienes son parte de las generaciones más afectadas por la enorme crisis educativa del país, corearan en inglés como si hubieran nacido en California.
Y, en correspondencia, el revés lingüistico vino con un “Costa Rica, baby” del artista, emitido tras 10 minutos frenéticos de concierto, en los que ya sudaba a chorros.
Recién en ese momento pudo saberse que su vestimenta era azul, pues las luces de saturados colores lo iban teñiendo.
Además de los fuertes tonos, los visuales recordaron que la propuesta artística del estadounidense mama también del absurdo de la cultura de los memes. Por eso, mientras se movía con la gracia de un bailarín, aparecían imágenes en movimiento que parecían montajes mal hechos.
Pero aquello eran tan solo detalles de toda una puesta en escena muy elaborada, que lo tenía a él como el soberbio y solitario protagonista.

Porque ya no es solo que sea un artista pop que abarca mucho más que el rap —como él mismo lo reclamo cuando premiaron su álbum IGOR en dicha categoría urbana de los Grammy— sino que su capacidad histriónica irradia un magnetismo que imposibilita quitarle la mirada de encima.
Sus movimientos de gran complejidad, su expresividad descarnada hasta el punto de poner los ojos en blanco mientras canta, dan fe de su talento y hacen comprender por qué hace unas semanas brillaba en cartelera mundial como parte del elenco del éxito taquillero Marty Supreme.
Tyler se pasea por temas como Ring ring ring, Sugar on my Tongue, Earthquake y Are we still friends? con una energía que ni por un instante deja de ser caótica, frente a un público que comulga profundamente con él, al punto de que insultarse y lanzarse abucheos sea una dinámica consentida de admiración.
Por eso, tras decir que nunca, nunca —y muchos nunca reiterados— había estado en “esta parte del mundo” el abucheo ensordece, lo hace soltar la risa y terminar su intervención con un tierno “Thank you (gracias)” que desata aplausos de ilusión.
La locura, en el concierto, es ritual. Tyler pasa de bajar revoluciones con sus piezas más melódicas, a soltar con semblante desencajado y agringado acento un “Piurra viraaa”, para después mostrar un meme en el que él aparece en una foto poco favorecedora junto a una salsa Lizano y la bandera tica.
El abucheo vuelve cuando avisa, luego de hora y media de espectáculo, que cantará la último. El aviso antecede a See you again, uno de sus mayores éxitos, que resuena como si cada gota de su sudor fuera combustible del frenesí colectivo.
Para ese punto, la adrenalina es tan apoteósica que plantea la enorme interrogante de cómo ese hombre no se deshace de tanta euforia. Pero entonces, al tiempo que el artista dice adiós, otro gesto o alarido entre el público recuerda la gran enseñanza de esta noche: el caos es un arte, uno que Tyler crea y maneja a su antojo.
