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Tres miradas del Tope Nacional, que reunió a miles de personas en San José

Una vecina de Barrio Luján, una legendaria espectadora de la actividad y una comerciante hablan sobre el desfile equino con el que se celebra el Día Nacional del Caballista.

Las calles aledañas a plaza González Víquez, la avenida segunda y el paseo Colón vivieron unas horas de quietud durante la tarde de este miércoles 26 de diciembre.

Los sectores dejaron el concurrido trajín navideño para convertirse en una simple zona de paso para los miles de asistentes que las transitaban desde diferentes puntos del país, solo para conectar con su destino final: una orilla entre los 3.6 kilómetros de recorrido que tendría el Tope Nacional 2018 en las principales arterias de San José.

Ni siquiera la llegada de esas personas a las inmediaciones del paseo Colón y la avenida segunda inquietaba a un San José que, a diario, pasa sumido en el caos.

Este miércoles era un día distinto en la capital. Los comercios funcionaban, los chinamos de las esquinas también ofrecían sus productos, los pintorescos personajes de la capital permanecían primero aquí y después allá... pero todo se veía diferente a como se suele observar en un día normal.

A San José nada la atormentaba: ni la señora que se reía incansablemente por un problema de salud mental (según le dijo ella misma a otra) ni el muchacho que buscó sus mejores galas para el Tope Nacional pero no previó que la suela de su zapato se le despegaría en medio camino.

Nada le robaba a esas calles josefinas la momentánea paz que disfrutaba desde buena mañana y hasta entrada la tarde.

El trajín usual de esas zonas se alojó en el sector por donde transitó el Tope Nacional 2018, que salió puntual al medio día de la plaza González Víquez, recorrió una parte de barrio Luján para conectar con la avenida segunda y de ahí cabalgar hasta La Sabana.

No hubo un espacio de tranquilidad en todo ese recorrido. Música ranchera, bullicio de los asistentes, parrilladas, hieleras cargadas de bebidas “hidratantes” y un ambiente de algarabía pura, invadieron cada metro de la ruta por la que transitó el desfile equino, que cada 26 de diciembre celebra el Día Nacional del Caballista.

Como es usual, la tradicional actividad congrega a miles de personas entre vecinos que no se pueden negar a disfrutar de aquella fiesta, espectadores procedentes de todos los rincones del país y comerciantes que se tiran a la calle sin miedo a que la Policía Municipal les decomise los sombreros, anteojos de sol, bancos plásticos o comida con la que pretenden un ingreso económico para ayudarse en estas épocas.

Viva conversó con varios espectadores del tope nacional, quienes hablaron sobre cómo viven el desfile de caballos.

María Elena Góngora y su hija Krissia Carpio son vecinas de barrio Luján desde hace 32 años y su cercanía con el trayecto del tope las hace vivir intensamente esta fiesta equina. Cada año, las oriundas de Limón se instalan en la acera frente a su casa para no perder detalle del desfile. Invitan desde familiares hasta amigos.

“Tenemos 32 años de vivir aquí y 32 años de disfrutar del tope. Siempre ponemos música y a la gente le gusta mucho porque donde hay música hay buen ambiente”, dijo Carpio, en referencia a un parlante con música ranchera a todo volumen con el que calentaban a la barriada incluso antes de que iniciara el desfile.

Desde ahí la familia disfruta del tope. Doña María Elena cocina para sus invitados e instala un cartelito en una pared de su casa donde ofrece vigorones, patí y helados.

“Aquí es excelente porque logramos ver todo: a los artistas, a las amistades que van como caballistas y a los otros participantes”, comentó Krissia Carpio.

En cuanto al olor que queda en las calles josefinas tras el desfile, dijo que no había problema, primero porque la Municipalidad pasa haciendo limpieza casi inmediatamente después del cierre del tope y ademas el haber crecido en fincas les otorgó un olfato tolerante al olor a boñiga.

A varios metros de distancia, Flor María Solano tiene otra mirada del Tope Nacional. La vecina de Pavas tiene 83 años de edad, y dice que recuerda que desde los 10 ya asistía como espectadora del desfile.

Junto a su hija Elieth Mena, doña Flor María se ubicó a un costado del Teatro Nacional para aprovechar la sombra que produce en ese sector el legendario edificio capitalino.

“El tope es una actividad muy linda porque lo llena de mucha alegría a uno. Los años que Dios me tenga con salud y viva seguiré viniendo”, comentó doña Flor María, una aficionada a los caballos que disfruta de observar las características de cada ejemplar y de los shows que ofrecen algunos caballistas.

“Yo siempre trato de venir con ella porque le encanta venir. Siempre me pregunta que si vamos a venir”, refirió Elieth Mena, otra fiel seguidora de la actividad.

Mientras ambas familias disfrutaban de un tope que registró, según la organización, una participación de 3.200 caballistas inscritos; Carolina Ortega disfrutaba de su propio desfile. Ella es nicaragüense, llegó a Costa Rica hace tres meses y desde entonces trabaja vendiendo lentes para el sol.

“Es la primera vez en Costa Rica y por supuesto que en el Tope y me ha ido muy bien. Llegué tipo 11a.m., comentó Ortega cerca de tres horas después de estar caminando con un estereofón donde exhibía los diferentes estilos de lentes que ofrecía.

¿Los más vendidos? Los de mujer y niño. “Los de hombre casi no los compran”, comentó.

Carolina destacó que andaba trabajando tranquila porque la Policía Municipal no los estaba regulando en esa oportunidad. “El tope está bien organizado. La Fuerza Pública y la Municipalidad no nos está molestando”, refirió Ortega, una de las decenas de comerciantes que caminaban de un lado a otro ofreciendo sus productos y comidas a los asistentes al tope.

Una vez más el Tope Nacional mostró su poder de convocatoria en San José, un público que tan pronto termine la actividad pondrá a latir a la capital a su ritmo habitual.