Alessandro Solís Lerici. 30 julio, 2016
Zapping: Un país sin clemencia (caso de asaltantes atropellados)
Zapping: Un país sin clemencia (caso de asaltantes atropellados)

Tras el intento de asalto a una joven en Heredia, que concluyó con la muerte de los dos asaltantes en manos de un testigo que los persiguió y atropelló, miles de personas comentaron la noticia con aires de celebración por la pérdida de “dos ratas”.

El conductor, de quien no sabemos si tenía el homicidio como objetivo, se convirtió en paladín de la justicia para quienes condonan la violencia que responde a la “violencia original”. Quien opine lo contrario es “políticamente correcto” y “nunca lo han asaltado”.

Que lo diga Nicol Vega, la joven de 17 años a quien los asaltantes quisieron arrebatarle el celular. Como víctima y testigo, la voz de Vega tiene más validez que la del comentarista promedio, pero su mensaje de humanidad fue pisoteado por la Costa Rica que cree tener derecho a todo, incluso a derramar sangre.

En un video colgado en YouTube para procurar que la prensa no tergiversara su punto de vista (a sus 17 tiene todo más claro que muchos adultos), Nicol contó la historia y dijo que ella no se sintió feliz de ver a los criminales sin vida. Eso dijo: “No me alegró su muerte”. ¿Pueden pensar en algo más sensato?

Nicol bien pudo unirse a sus coterráneos que consideran que, dada la percepción que existe de mayor violencia, el pueblo debe tomar la justicia en sus manos. Pudo pensar en función del mal mayor; el sentimiento tan compartido por otros de que nadie debería echarse a llorar cuando un delincuente muere.

En el ejercicio de difamarla por tener una opinión contraria a la de la mayoría de observadores, le achacaron cosas que no solo no son ciertas, sino ofensivas. Dijeron que estaba tratando a los asaltantes de “pobrecitos”, por ejemplo, cuando ni la palabra ni esa idea están presentes en su mensaje, del todo.

La tildaron de “malagradecida” con el conductor que mató a los criminales. Este detalle es un reflejo esencial del patriarcado

“Si la hubieran herido o violado, no pensaría así”, dijeron otros. Lo cierto del caso es que no pasó ni una ni la otra, y que con “hubieran” no se resuelven juicios. No sabemos –porque no somos Nicol, duh – cuál hubiera sido su reacción ante un intento de crimen más violento con las mismas consecuencias.

La tildaron de “malagradecida” con el conductor que mató a los criminales. Este detalle es un reflejo esencial del patriarcado: la impresión de que el hombre debe ser valiente y que cuando decide defender a una mujer mediante métodos con los que ella no está de acuerdo, ella debe agradecer su coraje y abanderar una decisión que no comparte. Pero de nuevo, Nicol ni siquiera habla de agradecimiento; habla de lo que siente, con todo derecho.

Quizá el argumento más rebuscado es el de que Nicol sufre de síndrome de Estocolmo (cuando una víctima desarrolla un vínculo afectivo con su victimario), algo poco probable. No solo no tuvo tiempo suficiente para conocer y crear lazos con los asaltantes, sino que su mensaje no demuestra ningún tipo de filiación más allá del respeto básico a la vida humana y al orden jurídico.

Nicol subió el video a YouTube para que los medios no la tergiversaran, pero el público hizo el trabajo sucio de la prensa: le dio vuelta a su mensaje para alimentar una agenda de odio, miedo y radicalismo. Si fuera por estas personas, ya tendríamos pena de muerte.

Todos estamos tomados por el miedo: los que trabajamos por un sueldo, los que no robamos, los que no matamos, los que le extendemos la mano al prójimo cuando podemos. No obstante, esta no es la forma de cambiar esa realidad, y este no es el país para creer que la justicia la decidimos los civiles y no las cortes. Hay más de 70 países en los que existe la pena de muerte: allá pueden irse los que estén dispuestos a lidiar con las consecuencias que ello acarrea.

Cuando tachan las ideas de Nicol y de quienes pensamos como ella de “políticamente correctas”, usan el término como lo usa Donald Trump: infieren que es incorrecto que haya personas que quieran que nos comportemos compasivamente con los demás, incluso con los criminales, a quienes debemos rehabilitar en lugar de matar.

Steve Albini (músico y productor de bandas como Nirvana) habló hace poco acerca de la tendencia de vetar lo políticamente correcto como negativo. “Estas personas no quieren que sus sesgos y suposiciones sean criticadas. Quieren poder decirlas y que nadie las señale”, dijo. “No está mal que alguien nos recuerde que no es malvado desear que la gente sea civil con los demás. No hay nada intrínsecamente malo con eso”.

Aplausos a Nicol. Que nada sea capaz de matar su bondad. La necesitamos.