Natalia Díaz Zeledón. 9 junio, 2018
El pasado 6 de junio, la serie cumplió 20 años de haber estrenado su primer episodio de 'Sex and the City'. Sentadas están las cuatro amigas: Charlotte, Samantha, Miranda y Carrie . FOTO: fotograma de la serie.
El pasado 6 de junio, la serie cumplió 20 años de haber estrenado su primer episodio de 'Sex and the City'. Sentadas están las cuatro amigas: Charlotte, Samantha, Miranda y Carrie . FOTO: fotograma de la serie.

Sex and the City se estrenó en Estados Unidos hace 20 años. Yo tenía ocho. Estuvo en televisión por seis temporadas. Mi adolescencia no coincidió con ninguna de ellas.

Sé que, por mucho tiempo, la comedia sobre cuatro mujeres que trabajan, tienen sexo y aman en Nueva York ha sido una guía canónica sobre cómo ser una mujer. O, mejor dicho, cómo aspirar a ser un tipo de mujer con dinero, sexo y el glamour de la alta costura.

Vi Sex and the City tarde, 19 años más tarde para ser precisos, porque hasta el año pasado me la devoré completa en un maratón de dos semanas (pero hasta vi las películas).

Cuando la serie estrenó, el sexo fue un pretexto para atraer una audiencia curiosa y, probablemente, ajena al morbo de la pornografía (antes del Internet de alta velocidad, recordemos, era escasa y difícil de encontrar).

Pero Sex and the City no tuvo las tetas y nalgas que suelen aparecer en Game of Thrones. Eran “otros tiempos” en HBO.

Las cuatro amigas –Carrie, Miranda, Charlotte e incluso la desfachatada Samantha– siempre se taparon el cuerpo muy pudorosas. La desnudez auténtica estaba en otras partes, en los momentos en los que estaban más (y mejor) vestidas.

Las citas a las que salían primorosamente envueltas en abrigos de piel, ropa de diseñador –uniforme cosmopolita por antonomasia– y los altísimos tacones Manolo Blahnik, tan simbólicos como reveladores de que la serie no tenía idea de cuánta plata gana una periodista en la vida real.

En tan exuberante parafernalia, las mujeres de Sex and the City no vendían sexo.

Caminaban y hablaban. Tomaban café y hablaban. Levantaban el auricular del teléfono para hablar (cosa que mi generación sustituyó por la mensajería de texto, ¡cuánta nostalgia!).

Por supuesto que eran abundantes las conversaciones sobre sexo. ¿Por qué 20 años después todavía nos parece revolucionaria su informalidad?

Un guion así no formaba parte de la dicotomía –vigente aún en mucha ficción– de que si una mujer no está casada con un hombre entonces está casada con su trabajo. Las de Sex and the City no solo estaban solteras sino que se regodeaban en libertad ociosa.

No quiere decir que la serie no fuera víctima de sus propios estereotipos: el único episodio en el que incluyeron personajes negros fue uno en el que Samantha, siempre la más laxa y tolerante, de repente se comportó racista.

Hacia las temporadas finales los escenarios de las charlas dejaron de ser las cafeterías, las fiestas, una que otra tienda para justificar la impecable colección de zapatos de Carrie. Comenzaron a aparecer perfumerías, pastelerías lujosas, tiendas extremadamente caras y hasta los pasillos de Vogue (de nuevo, para justificar el injustificable estilo de vida de Carrie).

Los cigarrillos y el lujo urbano siempre fueron los vicios favoritos de la serie. Pero nunca –bueno, hasta que llegaron las películas– pecaron de tratar a sus mujeres con frivolidad.

My Motherboard, My Self, mi episodio favorito, es una mezcla de todo lo que hizo especial a la serie sin la moda: la candidez, lo ridículo y lo picante.

En la historia, la mamá de Miranda muere de un infarto. La computadora de Carrie colapsa. Samantha no logra llegar a un orgasmo. Charlotte se asfixia en intentar armar el ramo de flores más caro para el funeral.

En cada problema hay un Goliat a la medida de su heroína. Miranda pelea contra ocultar su dolor, no es fan de sentirse vulnerable. Carrie teme perder su trabajo y depender de una pareja poco fiable. Samantha se siente inútil sin su magnetismo sexual. Charlotte se siente inútil sin su magnetismo social.

No son conflictos insignificantes. En la literatura, en el teatro, en el cine: ya antes los habían confrontado los hombres.

Aunque Sex and the City se preste para ser interpretado como un manual literal sobre cómo ser una mujer soltera en Nueva York, su más brillante aporte no fue retratar ni la ciudad ni al sexo.

Debajo de esas capas de mercadeo reposa la única razón por la que 20 años después la serie se siente actual. En Sex and the City las mujeres son humanas.