Pedro Guerra se le salió por el costado izquierdo a la boca del escenario del Teatro Popular Melico Salazar. Sin prisa, como sin prisa suele también hablar, caminó envuelto en aplausos hasta la silla alta colocada en medio. Y se sentó.
Él, a quien el público le colgaba a gritos títulos de “¡maestro!”, miraba a ratos el pulido piso de madera que lo sostenía ahí, y a ratos miraba al público. Conectó la guitarra acústica que ya se había acomodado en los regazos; por el torso pasó la correa de su instrumento y Las gafas de Lennon se le salieron.
Aquella canción, tributo al más mártir de Los Beatles, fue el primer paso de su octava cita con la tierra tica. Entre... imagine all the people, y su letra descriptiva de los anteojos redondos como luna que usaba Lennon fue, así y de primera entrada, cosechando aplausos.
Tras un “gracias por haber venido, buenas noches”, y algunas otras gratas palabras para el gentío que casi colmó el teatro, Pedro Guerra lanzó una canción inédita: Zapato roto. “Encontré un antiguo casete que quizá tiene como 25 años, y de pronto di con canciones que había olvidado. Esta es una de ellas”, contó, y desató aquel retrato de alguien que alguna vez fue un niño.
Llegó luego Raíz, y el teatro cantó a todo pulmón con él. Cantó el teatro por dos buenas razones: una, siempre canta con él, y dos, el concierto del martes pasado en suelo tico fue el primero que Guerra grababa para el que será un disco en vivo que editará pronto.
Daniela –también cantada por él y por todos a todo pulmón– se apareció, y luego llegó el momento para que Pedro también se diera el gusto: algo de su más nuevo álbum que es El mono despabilado.
Fue así como sonó Caperucita roja, por supuesto la de El mono despabilado y, más adelante, mucho más adelante en esa cita, se fueron apareciendo La maestra y El baúl de Billy Bones.
Debajo del puente, Contra el poder –en tributo a un año de la marcha de Los Indignados–, Peter Pan, Pasa y su canto para el poema Así nunca volvió a ser –en honor a Ángel González– iban cayendo.
Para Fuentes. “Hemos perdido a un gran escritor, Carlos Fuentes murió hoy”. Sus palabras salieron justo al filo de las 10 p. m., cuando se preparaba, y anunciaba, su última canción.
Fue entonces que Pedro Guerra hizo una confesión. Había sido por el libro El Naranjo, escrito por Carlos Fuentes, que germinó su famosa Contamíname.
“Estaba escuchando una entrevista que le hicieron a Carlos Fuentes cuando promocionaba El Naranjo, y (refiriéndose al proceso de intercambio de hechos y elementos entre las culturas) habló de eso como una “contaminación natural”, y ese fue el punto de partida para Contamíname”, contó.
“Te debo la canción Contamíname. Y quiero dedicarte esta canción y todo el concierto y desearte un buen viaje, ¡maestro!”, confesó. Y entonces comenzó a cantar su Contamíname, que el Melico Salazar siguió al pie de la letra.
De pie, el teatro bañó en aplausos a Guerra; de pie el cantautor los recibió. Tuvo que regresar con una canción sobre el robo de bebés, El reencuentro de Viola y El Barón, y no pudo faltar, Deseo.
Se fue. Regresó al sonar frenético de los aplausos y al estar los cuerpos de pie ovacionándolo. Cantó una canción inspirada en el Mar de Marmara para su querida María Cabrerizo –mar que encierra tres veces el mar, mar de Marmara, decía–, Alma mía y El marido de la peluquera. Se volvió a ir, y fue tal la ovación que regresó.
Sonreía, y para agradecer los aplausos, cantó Un muchacho de mi edad. Así, lo último que se pudo dejar el teatro, a las 10:37 p. m., fue la frase de y tiene mi edad y el color de mi voz, tan cerca de mí que podría ser yo.