
El 9 de noviembre de 1989, el Muro de Berlín se empezó a caer a manos de ciudadanos alemanes. Dos días después, mi madre tuvo el parto que me obligaría a existir. Dos años, cinco meses y cuatro días antes, David Bowie cantaba “Heroes” con el Muro como escenario. En casa siempre sonaba música, preferiblemente rock o pop setentero y ochentero, y mi cálculo es que antes de que llegara 1990 mis oídos ya habían escuchado a David Bowie cantar. Pero no lo recuerdo con exactitud.
El radio no descansaba en casa; o sonaba 103 o sonaba Radio Uno. Luis, mi padre, cantaba casi todas las canciones que sonaban por la radio desde que tengo uso de memoria. No recuerdo mucho de mis primeros años, pero nunca olvidaré la forma de reaccionar de mi padre a cada canción que le gustaba, y cómo eso moldeó mi relación con él y con la música.
Él vive a kilómetros de aquí, pero estoy seguro de que si me viera cuando me percato de que esta sonando una canción que amo se vería a sí mismo; después de todo, tengo la edad que él tenía cuando me enseñó a oscilar entre ritmos y melodías.
Cuando sonaba Queen, yo preguntaba el nombre de la canción; a Freddie Mercury lo reconocía al dedo. Una tarde, en la radio, pusieron Under Pressure. Cantaba Freddie, eso lo sabía; pero cantaba alguien más. Fue la primera vez que escuché el nombre de Bowie y lo guardé en la memoria. Quizá sonaban otros temas del astro, mas no con tanta frecuencia como los éxitos del glam y del movimiento ochentero “ rock en tu idioma”. Me sabía el nombre de Bowie y la canción ya vivía en mi piel.
Cuando estaba en sétimo, Under Pressure sonó en una “radio” que unos compañeros operaban en los recreos. La canté con emoción. “Entonces alguna de la música que escuchaba cuando era niño es cool para otras personas”, pensé. A los 12 años, uno no tiene perspectiva alguna. A los 12 años, obsesionado con blink-182 y Nine Inch Nails, Bowie seguía siendo el “otro cantante” en Under Pressure y el autor de un número nada despreciable de tonadas a las que nunca les arrugaba la cara.
Pasos. La ignorancia siempre puede sacudirse. Con la ayuda de Internet pude conocer discos maravillosos de gran cantidad de artistas que surgieron antes de mi vida, entre ellos los clásicos de Bowie. Ya saben: Ziggy Stardust, “Heroes” y Let's Dance. Me gustaban, pero, salvo Ziggy, no los consideraba esenciales. Durante esos años salieron Heathen (2002) y Reality (2013), y –más del primero que del segundo– hubo varias de esas canciones que me destrozaron, como 5.15 The Angels Have Gone, la primera que escuché ayer, cuando supe de su muerte.
Pero mi obsesión con Bowie empezó por rebote, como suele pasar con los mejores “descubrimientos” musicales. Como fan a muerte de Nine Inch Nails, cuando supe que la agrupación estadounidense hizo una gira con el artista inglés en 1995, para su disco Outside, y que ello deparó en una relación entre Trent Reznor (NIN) y Bowie que eventualmente dejó colaboraciones para la era del disco Earthling (de 1997, inspirado en gran parte por el sonido industrial de Nine Inch Nails), bajé ese disco cuanto antes y empecé a devorarlo.
Uno de los álbumes menos valorados de su carrera, Earthling tenía todo lo que yo quería escuchar en ese entonces: percusión sobrenatural, riffs de guitarra penetrantes y letras rebeldes. No podía creer que un artista de casi 50 años había hecho un disco tan bueno de música como la que más me gustaba en la adolescencia, y mucho menos que era el mismo artista que tenía tantos otros himnos que me sonaban totalmente opuestos a estos.
Los críticos no fueron generosos con aquella “etapa” de Bowie, pero durante muchos años ese fue mi disco favorito de su obra.
Amanecer. Ayer, Brian Eno recordó que, cuando hablaba con Bowie por e-mail, el ídolo siempre firmaba con nombres distintos. La última vez que hablaron, su firma fue “Dawn” (amanecer en inglés). Un escalofrío largo recorrió mis venas cuando leí esa anécdota, pues en los últimos dos años, la música de Bowie fue parte de un amanecer en mi vida.
Había escuchado el disco Low (1977) años atrás, justamente porque era el disco favorito de Trent Reznor, pero nunca había tenido mucho sentido para mí. En el 2014, sumido en existencialismo y depresión, sonó en el reproductor aleatorio la canción Sound and Vision, pieza medular del álbum. Después de una introducción a pura dinamita, el juego de guitarras y onomatopeyas me atrapó. “¿No te maravillas a veces por el sonido y la visión?”, canta Bowie un minuto después, en una realización tan elemental como provocadora: ¿Damos por sentados nuestros sentidos, los que usamos para conocer el mundo y apreciar el arte? Para quien vivía en tinieblas, aquel simple recordatorio era un parteaguas.
En los últimos años habré escuchado Low unas 50 veces, y siempre termino el viaje alucinado por la gracia de la existencia. Bowie casi no canta en el disco, pero Low es una experiencia sonora-cinematográfica, propia de quien debió alejarse de su mundo y sus drogas para recordar la fragilidad humana de la que se componía. Sin saberlo, inventó géneros y formas de hacer música, y 37 años después se incluyó fortuitamente en la banda sonora que le dio un segundo aire a un joven cualquiera en Costa Rica.
Cuando un artista es tan prolíficos como Bowie, todos tenemos la oportunidad de construir diálogos distintos con su obra. En 25 discos en estudio, hay tantos caminos para conversar con Bowie, que ninguno es el único correcto. Así ha sido mi relación con el ídolo que migró de este planeta, y espero que todo lo que me queda de su discografía me acompañe en el resto de amaneceres por venir.