Música

Crítica de música: Festival Picnic; había sed de música

La segunda fecha del encuentro internacional ofreció un reencuentro con viejos conocidos y una grata selección de artistas nacionales.

Capas plásticas multicolores desplazándose entre los escenarios. Unas que se contoneaban de un lado a otro por los movimientos de cadera de música tropical de Chichi Peralta. Otras que se mecían al compás que llevaba el baterista de Moenia.

Capas de melodías que se entrecruzaban en la explanada, unas provenientes del escenario destinado a los artistas más tropicales (exceptuando a los mexicanos de Reik) contraponiéndose con los sonidos que venían de la tarima Jogo, donde primaba el rock.

Larga fue la jornada que sumó a cerca de 20 artistas, entre criollos y foráneos, pero largas eran también las oportunidades para disfrutar de la música en múltiples formatos.

La edición más ambiciosa y heterogénea del festival Picnic fue gratificante, con más orden que la fecha de la semana pasada y con menos atrasos en el itinerario.

La ocasión sirvió para que algunos artistas cuyas visitas siempre son gratas y hasta entrañables volvieran a Costa Rica. Cabe ahí la admirable Julieta Venegas o el siempre presente Carlos Vives. Permitió también el debut de otros exponentes como Rauw Alejandro, a quien más que “artista del momento”, lo describiría como “artista por el momento”.

Fue grato encontrarse a las 2 p. m. a Magpie Jay enérgico, bien iluminado y con sonido impecable ante una explanada matizada por las capas plásticas de la audiencia tan apuntada a corear. La banda, con su nueva alineación, se siente vibrante y ambiciosa. Aplausos extra para la interpretación de Trigger.

Acto seguido, en esa misma tarima, Ximena Sariñana arrulló el tímpano con sus emotivas melodías y canciones de lírica cercana. Se le disfrutó también al escucharla haciendo un repaso de mexicanismos rítmicos, como Mis sentimientos (original con Los Ángeles Azules) por ahí colada. Una vez habiendo empezado, era imposible despegarse de su cálido show.

Poco rato después le seguiría una de sus inspiradoras: Julieta Venegas, cuya seguidilla de canciones icónicas es inagotable. Es una señora artista eterna e incomparable. Gracias Julieta. Gracias Venegas.

En la tarima 506, bajo techo, Voodoo haría lo propio. El conjunto dedicado a explorar el rock clásico tiene una llama interna encendida. Sus piezas recorren caminos con mucha fuerza, pero también con sensualidad melódica. Este escenario enfrentaba retos sonoros por estar en un espacio cerrado, compartido con food trucks. Sin embargo, a la vez ofrecía amplias ventajas para disfrutar de los visuales y los shows de luces.

Bajo aquellas mismas condiciones, Canina fue una bomba en ese escenario. Si bien es apenas su segundo show, su propuesta se recibe sólida en lo interpretativo, clarísima en lo que propone y, además, capaz de enganchar con facilidad en una presentación visualmente atractiva. Se le siente determinada y fuertemente convincente a lo largo de todo su repertorio.

Volviendo al escenario al aire libre, Zoé empezó su setlist con un tema de su reciente disco, Sonidos de Karmática Resonancia; le siguió Karmadame, otra pieza más de ese mismo álbum. Pocos coros los acompañaron desde el público, pero eso no le resta méritos a su inclusión. Más tarde complacerían con clásicos de ayer hoy y siempre. Vía Láctea, Paula o Nada siempre serán bienvenidos. El grupo además se mimetiza perfectamente con visuales atractivos que acentúan la experiencia cósmica que transmite su música.

En una mejor noticia todavía, esa tarima la cerró una banda local: 424, cuya trayectoria sí da para que sean los últimos en un escenario como este. El cuarteto gozó de inmejorables condiciones técnicas para repasar el material que los ha convertido en una banda insigne de su generación. Gran ocasión para escuchar su nuevo tema, Mermelada, en vivo por primera vez y disfrutar de una presentación tan fluida como cercana.

Posteriormente, me desplacé a la tarima principal a escuchar a Rauw Alejandro, mismo motivo por el que me fui de ahí con rapidez. Su participación simplona no alcanza a llamarse espectáculo. Teniendo previamente solo referencias de él en estudio, doy fe de que la distancia entre expectativa y realidad es mucha como para querer volver a recorrerla.

Una sensación muy distinta dejó el último artista de la noche. Carlos Vives, ya viejo conocido de la audiencia tica, se ofreció frente a una audiencia inmersa en la eterna sonrisa que provoca su música. Su repertorio es un compilado de éxitos, que más allá de la cumbia y el vallenato, provocan ilusión. Invitó también a los venezolanos Mau y Ricky a cantar Besos en cualquier horario y a abrir la puerta en La llave de mi corazón.

Como pólvora y confeti, sus melodías efusivas y letras pegajosas son actos de celebración por sí solos. ¡Gran cierre para una larga jornada festivalera!

Ojalá y este no se quedara como el único encuentro internacional de esta magnitud a nivel local. Es claro que hay sed de música y, con todas las latas que quedaron esparcidas por el centro de eventos, es claro que también había sed.

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