Arturo Pardo V.. 15 abril
Una foto de David Durán se ofrece como portada del álbum que salió este mes de abril. Fotografía: Cortesía Jug Bundish para La Nación
Una foto de David Durán se ofrece como portada del álbum que salió este mes de abril. Fotografía: Cortesía Jug Bundish para La Nación

En el 2016 había escuchado el álbum Quimeroide y recuerdo haber quedado con muy buen sabor de boca. Lo había dejado en el olvido; no obstante, nunca supe más sobre Jug Bundish y supongo que dejé al grupo desvanecerse en mi memoria.

Ahora, tras disfrutar el álbum Frío, barro y trueno, –que salió el 5 de abril– más bien quiero escuchar aún más sobre el grupo cuya corta carrera evidencia su interés por la exploración de diversos sonidos con una pincelada de humor y atrevimiento compositivo.

El disco de media hora de duración fue grabado y producido por Fico Dörries (El Parque, 11:11) y muestra un trabajo mucho más sólido que su lanzamiento debut. Echarse el álbum completo resulta en un ejercicio inevitable de búsqueda de reminiscencias musicales donde pueden aparecer hallazgos tan diversos como sorprendentes.

Lo que sobresale en primer plano, casi siempre, es el teclado de Andrés Mora, quien se divide las labores vocales del grupo junto a Faug Jiménez (también baterista). Mora también aparece en los sintetizadores, donde también aporta Quico Céspedes, a su vez guitarrista, un instrumento que también interpreta Andrés Pérez. El quinteto lo completan Fernando Obando, en el bajo. Andrés Calvo, de 11:11, aparece como invitado al cantar en Barreal, el tema que abre el disco.

Buscar referencias a las que se asemeje el sonido de Jug Bundish es ponerse la soga al cuello. Tras varios repasos al disco tuve reflejos de artistas de rock progresivo como Haken, Steven Wilson y Dali’s Dilemma, pero este género no es todo, pues hay motivo de bajo que roza con un estándar de jazz y, si se rebusca, hasta se encuentran pinceladas lejanas de reggae.

También hubo un momento en el que sentí que echaba el casete para atrás y me venía a la cabeza incluso un poco de Rage Against the Machine, en un extracto de rap con un fraseo rítmico muy interesante en el tema Mysterious, que se teje sobre una divertida línea de bajo y los matices marcados por la batería. En esa misma pieza hay pequeños pedazos que parecen reversiones de Pearl Jam, cuando la guitarra entra con el intenso crujido de la distorsión.

A nivel local quizá podría recordarme un poco a Introvisión o Florian Droids, pero incluso inconscientemente hasta vino a mi cabeza Kadeho, con melodías vocales fáciles de recordar.

De hecho, al comparar este nuevo trabajo con Quimeroide, siento que hay más labor detrás la composición vocal, pues en el debut a ratos las voces quedaban de manera casi accesorias en buena parte de los temas.

Adicional a esto, ahora se siente una propuesta más concreta para aterrizar las partes instrumentales, con menos divagación y, más bien, transiciones muy fluidas, altamente naturales.

En cuanto a las líricas, el grupo indica que se centran en “emociones y vivencias existencialistas respecto a la locura e intensidad de la vida moderna”.

Dentro de las complicaciones rítmicas y la inspiración a ratos todavía psicodélica en los sintetizadores que ofrece este tipo de rock progresivo, no está de más alabar que no se siente como un disco pretencioso. El trabajo de grabación es realmente nítido y pulido y eso, por supuesto, incide en el disfrute que se puede tener sobre las canciones.

Es cierto que el nombre de la banda no es fácil de memorizar, pero, por la calidad de su música, vale la pena apuntarlo en algún lado visible y mantenerlo en el radar.

Ficha técnica
  • El disco: Frío, barro y trueno
  • Artista: Jug Bundish
  • Lanzamiento: 5 de abril
  • Duración: 30 minutos
  • Disponible en: Bandcamp, Spotify, Itunes Music, Deezer