
Esta salsa empieza en la sala de un hospital, pero no va en clave de drama como El gran varón. Porque aunque la cesárea fue más que delicada, aquel 1.° de junio de 1969 Ricardo Wint Scott borró todo el dolor de su madre cuando vino al mundo. Tras la nalgada de rigor del doctor, en el Calderón Guardia, el recién nacido hasta lloró con feeling y poco le faltó para soltar esa frase que convirtió en su sello hasta el último de sus días: “¡Salsa... es lo que hay!”.
Y salsa hubo hasta para regalar, porque Richard, como le decían de cariño al penúltimo de los ocho hijos de Silvia y Willy, llegó a su hogar en Zapote con el pan debajo del brazo y, sobre todo, con un sabor que le puso ton y son a todas las angustias familiares.
Bien lo saben las multitudes que recientemente despidieron a aquel flaco que repartió ritmo en la percusión de Grupo Uranio, Los Navegantes, Son de Tikizia y otras bandas. El mismo que en su etapa final hizo ‘la brrrrrrrujería’ de convertir un karaoke en Alajuela en un concierto al que acudían personas de todas partes del país, y en el que otras miles, incluso fuera de las fronteras, no se perdían a través de TikTok.
El último baile le llegó la noche del jueves 24 de julio, y sí, aunque también luchaba con sus fantasmas, su alma tuvo que irse bailando. De seguro, que cuando fue irremediable y se topó de frente con la fría muerte, Wint se rajó con un supremo chiste, y ‘a la pelona’, al ponerla a danzar, le salió una cabellera de coloridos hilos.

De su adiós de este mundo ya saben todos. Ese pregón, como funesta y violenta ola, rompió contra el malecón de lo inesperado, y retumbando de boca en boca, se esparció en una nube de mucho dolor sobre quienes lo admiraron y amaron en vida.
En ese triste son le hicieron segunda y tercera voz desafinadas especulaciones y falsedades, y por eso es que familia y amigos toman hoy la pista de su historia, con el fin de recordarlo en todas sus dimensiones y matices. Así que, damas y caballeros, con ustedes, la historia de Richard Wint.
El scout y atleta que le sacaba melodía a todo
“Mamá era la de las bromas y papá el de la risa y positivismo. Richard agarró lo mejor de ambas partes; solo él en la familia tuvo eso. No había cosa a la que no le sacara una música”, cuenta conmovida Silvia, la hermana menor de Wint, al echar la vista atrás y recordar a ese inseparable cómplice con el que se crió.
Para ella, Ricardo fue mucho más que un músico admirado. Fue su protector, compañero de escapadas y travesuras; le enseñó a bailar y algo así como “70.000 veces” trató de que tocara el güiro. “Él decía que yo tenía el ritmo perdido”, acota con risa cariñosa la docente, quien hoy está jubilada.
Silvia no quiere dejar de recordar y se sacude la pena para contarle al mundo todo lo que su hermano fue: atleta de Juegos Nacionales, líder de bandas colegiales, el “primer Cristobal Colón negro” en un acto cívico, boy scout y jefe de un grupo de break dance, que ganaba ¢100 por cabeza en la antigua discoteca Partenón.
Le parece estar parada junto a su mamá, en el portón de su casa, viendo a Richard partir hacia su primera gira como scout, en la que lo agarraron para llevar cuanto chunche hubiera.

“Daba 10 pasos para el frente y retrocedía cuatro, porque pegaba un viento (risas). Entonces hacía arrancadas más fuertes y agarró como un ritmillo hacia los lados hasta que ya lo dejamos de ver. Nosotros, muy orgullosas de él, de que aguantara esa mochila y se fuera con tanto ánimo. De verdad fue un buen boy scout”, relata.
Cuando habla, inevitablemente, a Silvia le suena de fondo el tema Llorarás, pero más bien como versos que la reponen de la aflicción, pues la hacen recordar a su hermano saliendo en carrera para sacarla a bailar la canción de Oscar D’Leon, la misma que con él aprendió a danzar.
Y también le vienen recuerdos de fuego, de esas veces en que Ricardo terminó haciendo de bombero para salvarla de las fogatas que esa niña, “algo piromaníaca”, encendía en el patio. Recuerdos y más recuerdos salen de Silvia y cada uno da fe de que, desde los primeros compases de su vida, Wint fue un hombre bueno.
“No tengo recuerdos feos de él, porque él siempre me defendió, me cuidó, alejó las moscas cuando tuvo que alejarlas. Mi refugio siempre fue hablarle a él porque me centraba, me ubicaba, me protegía; me ayudó a cuidar a mi papá cuando papi estuvo en su etapa final de la vida”, aseguró Silvia, cerrando con ternura este primer pasaje de la historia de su hermano.
De gira por la salsa, con estación en Europa
Ya para este punto, decir que Richard Wint respiraba y latía música es una obviedad. Lo que pocos saben es que se enseñó solo, practicó la percusión en el colegio y su voz melodiosa siempre fue un don. Con este bagaje, desde muy joven incursionó en las orquestas tropicales de aquella Costa Rica de grandes bailongos y salones de los 80 y 90.
Una noche de tantas, en el salón Gran Parqueo en San Rafael de Desamparados, el afiche tentaba a cualquiera: Los Músicos y La Empresa harían de las suyas en la tarima. En la primera agrupación, Richard deleitó a todos, pero especialmente a Miguel Rojas, quien aplaudió a aquel “musicazo” ,y luego se subió a seguir la velada con La Empresa.
Años después de toparse en este tipo de eventos, los caminos de Wint y Rojas se unieron todavía más al incorporarse a Son de Tikizia. En esa época, Rojas no solo comprobó que Wint era, en efecto, un musicazo, sino que se dio cuenta de la gran persona que había detrás de aquel percusionista.
Además de su virtuosismo autodidacta, la personalidad de Ricardo, a quien Miguel y los demás apodaban Riqui, colmó de alegría al grupo, que daba sus primeros pasos a inicios de este siglo. De su empunchado y jocoso carácter bebieron todos. Walter Flores (otro de los percusionistas) hasta inmortalizó esa esencia en un video de hace 19 años, en el que se ve a Riqui haciendo los títeres del clip de la canción Pa’ los pies, incluida en el álbum debut de Son de Tikizia.

En la agrupación, Wint vivió varios de sus mejores años en la música, siendo parte de la gira a Europa que realizaron junto al gran Rubén Blades. Aquello fue un reto para todos, que en su gran mayoría se apoyaron en su capacidad para leer partituras. Pero para Richard fue un recital de talento, pues no tenía formación en solfeo y todo el repertorio lo interiorizó de oído. “En todos los conciertos, de arriba a abajo, tocó excelente y no le escuché ni un solo error”, rememora, todavía sorprendido, Miguel Rojas.
Su familia, el más prodigioso concierto que hoy suena a legado
Richard no fue nada más candil de calle; al contrario, sus dos hijos coinciden en que fue en su casa donde más iluminó y se dio de la forma más amorosa. En el seno de la familia que formó con Zianne Ramírez, en Alajuela, supo ser de todo, desde exquisito cocinero hasta improvisado técnico de fútbol.
Como su oficio era predominantemente nocturno, las mañanas en el hogar eran suyas. A eso se debe que a Anthony, de 27, y a Nicolle, de 24, la infancia les sepa al fraterno amor salsero de su papá.
Tras dejarlos en la escuela o el colegio, los recibía de brazos abiertos y con el aroma de una cuchara sin igual. Niki confiesa, sin temor al regaño, que aunque fue su madre la que le enseñó a hacer macarrones, Ricardo los llevó a otro nivel que no ha vuelto a probar.
“Fue muy chineador, muy amable, muy servicial, educadísimo, a pesar de que no tuvo una vida llena de lujos. Mi papá siempre nos enseñó la humildad, el servicio a la gente y demás. Entonces eso es algo que yo siempre voy a atesorar de él”, comentó la joven.
La rutina cambiaba los fines de semana, porque eran futboleros. El sabor tropical bajaba el volumen, pues la ilusión de Wint era ver a sus hijos entrenando con la camisa rojinegra. No obstante, para el pequeño Tony la cosa no era igual. De poco valió que su papá fuera el entrenador del pueblo; el niño lo que quería era pedirle plata para un granizado. Y a Richard… A Richard le podía el corazón y terminaba cediendo.

El tiempo puso todo en su lugar, como en una buena orquesta. Anthony jugó como portero en divisiones menores y Nikole, actualmente, es de las liguistas más liguistas que pueda hallarse en todo Alajuela.
Además, ella también encontró una enorme pasión en la cocina y el canto, mientras que él sacó lo bromista de su papá, así como una vocación completa para el arte. A pocos días de graduarse como productor audiovisual, Anthony está convencido, igual que su hermana, de que su norte será honrar el legado de su padre. “Yo me dedico al arte audiovisual en gran parte porque quiero dejar una huella en este mundo. Y luego de ver todo el cariño que tenían por mi papá, hasta personas que lo conocieron hace poco, solo digo: ‘Qué alta me dejaste la vara, pa’”.
El karaoke: el último gran show de Richard Wint
Ya lo dijo Blades en El cantante: la vida es “de risas y penas”, “de momentos malos y de cosas buenas”. Terminó el tour con el panameño en 2008 y Wint comenzó a luchar contra las adicciones que, incluso, lo hicieron decidir abandonar su casa.
“La música es algo tan, tan lindo, pero tan peligroso a la vez. En el ambiente de la música todo está al estirar la mano: alcohol, drogas, mujeres, todo. Uno no tiene ni que buscarlo, llegan solitos. La gente lo ve a uno y dice: ‘Qué rico esa vida de fiesta todo el tiempo, rodeado de gente’. Pero se equivoca; es una vida muy solitaria”, aseguró su excompañero Miguel Rojas.
“Nosotros tocábamos en Europa un concierto con 30.000 personas y estaba la adrenalina a 1.000. Pero cuando termina el concierto, la muchacha que llegó se va con el esposo y otro con los papás o con los amigos. Todo el mundo se va y vos quedás solo. Es un shock pasar de esa euforia a estar completamente solo en el cuarto de un hotel”, explicó.
En sus últimos años, Richard batalló como pudo contra sus demonios y nadie puede decir que no lo hizo. Su familia vivió pendiente de él y le tendió la mano. Sin embargo, entre el peso de sus decisiones, lo complejo de su padecimiento y la mala suerte que corrió, varias veces terminó recayendo.
A Richard, lamentablemente, su talento también lo expuso a oportunistas, que le ofrecían su redención a cambio del indigno precio de convertirse en un producto a beneficio ajeno. Y de ese quiebre nunca pudo reponerse del todo.

No obstante, aun cuando pasaba sus horas más difíciles, le llegó el día de su suerte y topó con la oportunidad que tanto merecía. Diagonal a la casa de Pollo Macho abrió el bar restaurante Garaje 69 y a este llegó el Karaoke Alfa, de don Julio Venegas. A mediados de 2024, Wint era parte de la cuadrilla de cuidacarros del local, cuyo líder se acercó a Venegas para pedirle que dejara a su amigo a cantar.
A la semana siguiente, Richard cumplió con los requisitos de Julio y llegó de punta en blanco a la cita. El resto es historia. Tomó el micrófono con una prestancia insólita en esas circunstancias y mientras interpretaba Te conozco bien, de Marc Anthony, Venegas boquiabierto, solo podía pensar: “¿Quién es este señor que canta así?”.
Sin tener ningún detalle sobre el origen de Wint, Julio, quien fue cantante y trabaja también como profesor de música, decidió compartir su grata sorpresa en redes sociales. El video se viralizó como nunca le había sucedido y, entonces, algunos reconocieron que aquel fino cantante no era un karaokero cualquiera, sino un músico de larga trayectoria.
El asombro fue in crescendo y cada video de Richard Wint en el karaoke acumulaba millones de visitas y miles de mensajes de parajes tan lejanos como Australia. Los jueves de karaoke en Garage 69 se convirtieron, como poéticamente afirma su hermana Silvia, en el último gran show de Wint.
“El karaoke fue un resurgir, porque volvió a ser escuchado y le dio el chance de despedirse y de mostrarle a un montón de gente que le cerró la puerta en la cara la clase de artista que era él. Gracias al Señor porque me dio el honor de conocerlo y de ser quien le diera esa oportunidad”, expresó Venegas.
Allí mismo, el pasado jueves 30 de julio, Julio colmó el bar como en sus mejores días, convocando a un alegre homenaje para Wint. Sonaba plancha, rancheras y, por supuesto, salsa. La luna estaba plena y con la oreja atenta. Sonriente y algo melancólico, Maikel Rodríguez, uno de los grandes amigos que hizo el cantante en el establecimiento alajuelense, sentenció: “Me parece estar viendo a Richard entrar por la puerta, pasar por las mesas saludando y agarrar el micrófono”.
Y viendo el amor que florecía en tanta gente, no hay dudas de que sí lo hizo, solo que en esa ocasión dijo adiós y cantó al oído de todo el que atesoraba, aunque fuera, pasar un buen momento con él.
Por la ventana del bar, a espaldas del karaoke, entraba la luna y en su lomo se fundía el firmamento. El júbilo de los allí reunidos era una energía que gritaba en dirección al cielo: si hay un más allá, abran las puertas de par en par y olvídense del descanso eterno: ¡El goce llegó con Ricardo Wint!
