En el umbral de sus 83 años de edad, Jaime Feinzaig Rosenstein, profesional destacado, empresario innovador y exitoso en los proyectos que ha sabido edificar, incrementar y cuidar, reconoce en tinta sobre el papel que, pese a sus atestados, sus verdaderos triunfos no son los económicos ni los profesionales.
Son haber amado, haber formado una familia, servido a su país desde la diplomacia y conservar, hasta el sol de hoy, la capacidad de emocionarse en cada atardecer, sea en Romanza —su residencia en Escazú—; junto al mar, en la montaña o en cualquier rincón, donde el declive de la luz vespertina anide en su espíritu la evocación poética de: cuando el día ya no es día y la noche aún no llega.
Soñador de atardeceres es un pormenorizado recuento de una vida llena de matices, no exenta de dificultades ni de quebrantos de la salud. Es la descripción de un itinerario que el autor evoca desde el vientre de su madre y continúa en un fascinante recorrido por vivencias y aventuras que, si bien obedecen en particular al señor Feinzaig, son experiencias que tocan a todas las personas, pues, unos más, otros menos, hemos pasado y sufrido por trances y situaciones que nos identifican.

La biografía de don Jaime revela pasajes históricos del Holocausto, el genocidio sistemático, patrocinado y ejecutado por la Alemania nazi entre 1933 y 1945, una senda de sangre y barbarie que dejó el saldo espeluznante de seis millones de judíos exterminados y millones de otras víctimas. Con el afán de proteger su vida y salvar las de sus seres queridos, su padre, Luis Feinzaig, arribó a Puerto Limón en 1941 con un propósito que debía cumplir imperiosamente: rescatar del terror a su novia y a sus familiares trayéndolos a Costa Rica.
Vendedor de revistas infantiles en la niñez, trabajador en tiendas en sus vacaciones colegiales, dueño y acomodador de carros en su propio parqueo en el centro de San José; actor teatral y cinematográfico, un extenso etcétera y, en lo esencial, médico odontólogo de brillante trayectoria ética, científica y profesional,al inquirir por los motivos que lo movieron a escribir sus memorias, el señor Feinzaig, dice:
“Emprendí este proyecto autobiográfico y literario para que mis nietos y las generaciones de mi familia recuerden de dónde venimos. Además, movido por el propósito de que quienes lean esta obra descubran que una vida común puede estar llena de aventuras, sueños, risas, pérdidas y esperanza.
“En mi larga existencia –continúa— he sentido alegrías intensas y dolores profundos; he perdido a muchos de mis seres queridos, enfrentado enfermedades y he tenido que levantarme de golpes casi letales, pero gracias a ello he experimentado que el sufrimiento forja el carácter del ser humano y hoy miro hacia atrás con gratitud; sin resentimientos de ningún tipo.
“En cuanto a momentos más felices no podría escoger solamente uno”, y agrega: “Quizás el nacimiento de mis hijos, la llegada de mis nietos, representar a Costa Rica como embajador en Italia, y también esos momentos sencillos en que uno contempla un atardecer y siente que la vida ha valido la pena”.
Imposible abarcar en esta entrevista los contenidos de su autobiografía de 400 páginas. Sin embargo, al repasar la obra, vale mencionar su gestión diplomática como embajador de Costa Rica en Italia (2012—2014) y citar uno de sus logros relevantes, como fue poner en el papel de la historia el nombre de Carlos Luis Collado Martínez.

El doctor Collado Martínez era una especie de soldado desconocido en nuestro país y en el mundo, hasta que la gestión humanitaria y diplomática del embajador Feinzaig, consiguió que se erigiera un busto, esculpido por Olger Villegas, en el Jardín de Paz, frente al Edificio Metálico, con una placa conmemorativa que resume su gesta: Brillante médico costarricense, graduado con honores en la Universidad de Bolognia. Pasó a la eternidad al ofrendar su vida uniéndose como médico a la Resistencia Italiana ante la invasión Nazi- fascista en 1944, al final de la Segunda Guerra Mundial. Fue cruelmente asesinado mientras luchaba por los Derechos Humanos y la libertad del mundo…”
Retirado de la profesión, en la colina de su casa en Romanza, el doctor Feinzaig continúa aportándole al país su pensamiento crítico y su espíritu democrático con inteligentes y certeros artículos que publica en la sección de Opinión de este diario.
“Si algún lector cierra el libro con más deseos de amar a su familia, de agradecer lo que tiene, de valorar la libertad y de detenerse unos minutos a contemplar un atardecer, sentiré que todo el esfuerzo de escribir estas memorias, habrá valido la pena”, finaliza.