El público sabe bien lo que es alzar en hombros a un artista, recibirlo en triunfal arco de palmas y, recién pasados 15 minutos de intangible fama, por la razón que sea, sepultarlo en el ingrato olvido.
Ese bien podría ser el fúnebre soneto que narre la vida de más de un artista de Costa Rica, cuya carrera se ha quedado deambulando en las tierras ignotas de lo que pudo ser. Sin embargo, en este caso, representa el lado amargo de la historia de Jordy Mora, un cantante urbano que todavía tiene fe de que sus versos algún día rimen con la suerte.
Mora tenía solo 22, pero llevaba ya varios años persiguiendo sueños en el Valle Central, lejos de su hogar en Valle de la Estrella, Limón. Era 2024 cuando causó furor con la canción Millonario y, “manejando en una bicicleta” —como canta el coro de ese, su mayor y único éxito hasta ahora— sintió tocar las nubes.
Cuando lanzó esa pieza, bajo el sello Ruff & Tuff (de Toledo), el público y referentes de la escena lo tildaron de promesa. Todo hacía pensar que él era el nuevo rostro que, con sus letras positivas y de conciencia, daría de qué hablar, renovando con aire fresco el género.
Sin embargo, poco más de un año después de ese hito, los hechos cantan otra tonada, radicalmente distinta. Una que está lejos de ser música para sus oídos.
Hoy Mora vive en Alajuela, donde cada día sale a pulsearla como Uber en jornadas que no suelen bajar de las 12 horas. Su semblante endurecido y de poca expresividad no deja adivinar que todavía es un muchacho y, sobre todo, que cuando sale a ganarse el pan sin fruncir el ceño, lleva un hondo pesar.
Y vale aclarar que lo de Joe Mora, el nombre artístico con el que un sector del país conoció a este artista, no se trata de un caso más para la lista de los one-hit wonders. Aunque solo una canción suya sonó con fuerza entre la audiencia tica, su emergente trayectoria no hizo fade out por una seguidilla de temas que no pegaron.
Fue un aparente conflicto lo que hizo que Mora, de pronto, se esfumara del mismo modo que apareció entre los talentos de la música urbana, sin que casi nadie supiera qué hubo detrás de su misterioso adiós.
Al hablar sobre su desaparición de la música, Mora hace alusión a Toledo y el productor Killa. La Nación consultó a ambos su versión; el cantante no respondió las llamadas y el productor decidió no referirse al respecto.
Pero para entrar en el break de este rap de anhelos, tensiones, brazos caídos y desencuentros, hay que rebobinar el acetato unos cuantos compases.
Salió de Valle de la Estrella a perseguir sueños
Jordy, porque así le puso y lo llamaba su mamá antes de todo este cuento, nació en Corredores de Puntarenas. La casualidad fue la que le puso cédula 6, pues sus padres estaban de paseo en aquella provincia el día de su nacimiento.
Sus primeros años, antes de lo que tiene memoria, los vivió de casa en casa hasta que su familia se asentó en Poás de Alajuela. Por otra coincidencia, su vida terminó alojándose en Limón, debido a una tragedia.
Mientras el terremoto de Cinchona enlutaba al país, incluida la comunidad alajuelense donde vivía, él y sus papás estaban de visita en suelo limonense, en casa de una tía materna.
“Ahí nos quedamos a vivir. Mis papás fueron sin mí a traer las cosas. Entonces, lo más que escuché fue que la pared se había caído y que la casa estaba inservible”, reveló.
Para ese momento, ya la música lo había flechado y se pasaba horas con sus CDs de reguetón de la vieja escuela, reggae panameño y de algunos artistas nacionales. No obstante, fue hasta el colegio que su inquietud mutó a querer crear.
Mora aprovechó una tarea para quemar fiebre, pues decidió hacer un video musical. Sus profesores descubrieron su interés y lo animaron. Después se presentó en el Festival de las Artes, así como en cada evento estudiantil que podía, con sus canciones románticas y su estilo inspirado en El Roockie.
Dejó los estudios al graduarse de noveno. También dejó Limón. A los 16 se mudó a Cartago con una tía, decidido a tocar puertas para labrarse un destino en la música. Para su desazón, llegó la pandemia, le tocó regresar a su casa y se puso a trabajar en el servicio de limpieza de una bananera.
“Trabajábamos de noche y nos pagaban muy poco. Era por contrato, entonces, a veces estábamos desde las 3 de la tarde hasta las 5 o 6 de la mañana y lo único que nos pagaban eran ¢12.000. Muchas veces era porque tal vez tres compañeros no se esforzaban, entonces ya todo el proceso se atrasaba”, recordó.
“Había que aguantarse. Salir a la hora que terminaran la limpieza y por el mismo monto. Básicamente, a la semana, yo estaba recibiendo ¢50.000 de salario”, añadió.
Afectado por el extenuante y mal pago trabajo, llegó a la conclusión de que, si la iba a pasar mal, era mejor hacerlo en la GAM, donde al menos podía estar cerca de su sueño. Tomó sus cosas, se instaló un mes con su papá mientras se acomodaba, consiguió un puesto en una fábrica y se independizó.
Seguía intentándolo, pero la maquila en la zona franca era la única certeza en su rutina. Frustrado e igual de cansado, se fue a vacacionar a Tamarindo. Lo curioso es que fue en aquel lugar, lejano de su casa y también de su hogar de su crianza, donde las oportunidades le tendieron la mano.
En la playa, cuenta Joe, conoció a una muchacha de Heredia a quien le contó de sus sueños, le mostró su música y le confesó su ‘ahuevazón’. Ella, tras elogiarle sus capacidades, volvió a su casa y lo conectó con un productor. Era Killa, uno de los nombres más reconocidos en el país en este oficio.
Millonario, el éxito que lo puso a soñar
De vuelta a casa, lo conoció en su estudio de grabación y, rápidamente, Killa confió en su proyecto. “Dijimos que íbamos a quedar en que, si alguna canción se pegaba, pues nos fuéramos 50 y 50”, explicó el artista.
La primera canción que grabó era un r&b romántico llamado Hagamos. A esa le siguieron varios temas durante todo un año de esfuerzo en el estudio, compaginado con su trabajo en una tienda de ropa. Se esforzaban mucho, pero aun así no conseguían ese éxito que los hiciera subir un escalón.
Una de tantas mañanas, recuerda Mora, se levantó triste. Solo en su casa, comenzó a remover la pena y terminó componiendo una canción que habla sobre ser agradecido y reconocer que, aunque no es millonario, hay muchos que la están pasando peor.
“Yo siempre con el teléfono grababa caseramente y se lo mandaba a Killa, así grabado encima de la pista. Y él me dice (al escuchar Millonario): Tiene que venir, grabémosla ya, esa canción es diferente. Nos puede ayudar bastante’. Fui, la grabé y él, como al mes, me dijo que se la estaba enseñando a Toledo y que le iba a pedir ayuda para sacarla”, rememoró con emoción.
Killa logró que Toledo, su socio en la música desde hace mucho tiempo, le echara el hombro a la canción. El cantante se metió de lleno y hasta le hicieron un videoclip. Cuando el icónico cantante la subió a sus redes sociales, todo explotó, asegura Joe Mora.

Lo primero en sentir esa explosión fue su teléfono, al que sacudieron hasta viejos conocidos del Valle de la Estrella, que le escribieron asombrados por su éxito. Pero lo que lo hizo saber que su canción estaba pisando con fuerza fue la llamada de su mamá, contándole que estaban sonando ese y otros temas en Radio Casino, emisora de gran popularidad en Limón.
“Yo, desde que estoy carajillo, la escuchaba y costaba mucho que sonara música nacional. Casi siempre era Calypso o merengues, cumbias y rancheras. De hecho, solo había de las 8 a las 9 de la noche unos DJs que eran los únicos que tocaban música diferente y por allá tiraban alguna canción de Toledo o de Banton”, relató el joven músico.
“Ahí me comencé a dar cuenta de que la canción estaba llegando a varios lugares y estaba tocando el corazón de la gente”, puntualizó.
La inmadurez y un supuesto conflicto se trajeron abajo su carrera
El panorama pintaba a buen suceso y, entre la alegría, tomó una decisión que, confiesa, fue un error de inmadurez. Al ver que sus pasos llevaban buen norte, se metió entre ceja y ceja que debía sacar licencia para dedicarse a ser Uber.
La fórmula, en su pensamiento, era sencilla y sin fallos: ser chofer le daría una fuente de ingresos segura, con horarios flexibles para continuar sus quehaceres artísticos, pero lejos de ese utópico escenario, Joe admite que no supo en qué se metía.
Como no tenía carro y estaba a las puertas de la prueba de manejo, su desesperación lo llevó a buscar el dinero como pudiera. Al final, Toledo le terminó prestando un monto cercano a los ¢40.000 y así pudo obtener su licencia.
Sin embargo, ese monto, que podría parecer pequeño, no le fue tan fácil recuperarlo. Sus primeros meses como Uber, alquilando vehículo, se le complicaron más de lo esperado y a duras penas lograba sostenerse. Eso abrió la puerta a un encontronazo que se trajo abajo el camino que laboriosamente había logrado recorrer en la música.

Según asegura Mora, de buenas a primeras amaneció con mensajes en un grupo de WhatsApp en el que estaba junto a Toledo y otros miembros del sello. El autor de El sarpe, quien estaba de viaje en Europa, le habría preguntado por la deuda en ese chat, lo cual le pareció incorrecto a Mora.
“Yo lo único que le puse fue: ‘Buenos días, bro, hubiese sido perfecto que me lo dijera por privado’. Y ahí mismo en el grupo se puteó. Me comenzó a tratar mal en patuá o en inglés, no sé. Me dijo: ‘Carepi, váyase para la pi, no quiero saber más de usted’”, afirmó Joe.
“Yo me quedé así como: ‘Puta, ¿qué fue lo que le dije malo? ¿En qué momento lo ofendí? ¿O en qué momento le dije que no le voy a pagar nada?’”, agregó con una nerviosa risa de incredulidad.
Ese supuesto roce, narrado por Mora, fue para él como firmar su exilio de la escena. Al día siguiente de lo ocurrido, asegura el artista, el productor Killa -junto a un manejador con el que recién había acordado-, lo habrían llamado para romper todo vínculo.
“Como un día antes el manager me dijo que me iba a llevar al concierto del Boza (de telonero), que era en una semana. Pero cuando pasó ese burumbún, a la mañana siguiente el productor hace una llamada entrelazada (con los demás involucrados)”, revivió Mora.
“Entonces me dice el mánager: ‘Yo no soy productor (musical) ni productor audiovisual. Si Toledo y Killa no están, yo tampoco estoy’. Ahí mismo, en la llamada, me dice Killa: ‘Si Toledo no está, yo tampoco estoy. Hasta aquí llegamos’”, puntualizó.
Según el relato de Mora, el silencio tras colgar la llamada fue como un estridente portazo, el cual retumbó en su cabeza. Entre el desánimo, la rabia y la incomprensión, el cantante dice haber visto cómo las puertas que tanto batalló en abrir se le cerraban por una pequeñez, la cual escaló en cuestión de horas.
Mora dice que no solo perdió a su equipo, que era lo más catastrófico, sino que también habrían borrado sus canciones de todas las plataformas, dejándolo sin la carta de presentación para buscar nuevos horizontes.
Más allá de la desilusión, Mora asegura que nunca perdió de vista que tenía que seguir adelante. Ha querido retomar la música, sí, pero tiene claro que si mañana pasa hambre, como él mismo admite, no tiene a quién pedirle un plato de comida.
“Me desanimé. Ya cuando uno se dedica a trabajar, los trabajos son como una droga para olvidar los sueños. Uno empieza a darle, darle y darle al trabajo y cuando ve, se pasaron los meses, ya nadie se acuerda de uno y ya ni uno se acuerda de uno mismo”, dijo con su tajante sello de poeta callejero.
“Porque varias veces uno se pregunta: ‘Pucha, ¿qué estoy haciendo? Si yo me vine acá para esto (la música) y estoy recogiendo personas’. Es algo muy conflictivo, pero es mi realidad y tengo que seguir para adelante“, concluyó.
