Farándula

Sergio Garrido y su adiós definitivo a la música: ‘A la cantada no vuelvo’

A sus 64 años, el recordado vocalista de Manantial se baja del todo de los escenarios. El deterioro de su otrora privilegiada voz lo lleva a no volver a cantar ’Sereno’ y ‘Un café para Platón’

No va más. Tras unos cuarenta años de haber debutado en los escenarios nacionales, en los maravillosos videos de antaño de la música de los 80 y 90 y de haber enamorado a miles con su registro vocal único y el romanticismo que le confería a sus temas, el cantante costarricense Sergio Garrido le dice adiós a uno de los grandes amores de su vida: la interpretación musical.

Aliviado, desprolijo de nostalgia pero, eso sí, muy agradecido con su público y también con el talento que le permitió convertirse en uno de los cantantes más reconocidos de la época dorada de los grupos musicales en el país: así se muestra Sergio Garrido, quien se diera a conocer como vocalista del legendario Manantial.

Además integró Pastel de Gente, formado por un grupo de amigos del Liceo de Escazú –entre ellos, el también periodista Jorge Protti– del cual salió para integrarse a Manantial. En el 2000 se volvieron a reunir como amigos y terminaron siendo grupo otra vez, de forma profesional; estuvieron activos 10 años hasta que se decantó la enfermedad vocal de Sergio.

Tal cual lo dio a conocer la prensa nacional en el año 2010, tras algunas ausencias de Garrido en los escenarios por los cada vez más serios problemas con su voz, finalmente trascendió, en medio de la preocupación del gremio y de sus muchos de seguidores, que Sergio había sido diagnosticado con un cáncer en las cuerdas vocales.

“Pues claro que fue muy duro recibir el diagnóstico, sin embargo hoy pienso que de no haber empezado a tener problemas para cantar, tal vez no me hubiera dado cuenta a tiempo y no estaría contando el cuento”, afirma Sergio con su habitual calma.

Puede sonar cliché pero, pensándolo bien, si hay algún adjetivo con el cual calificar a Sergio Garrido es justamente con el de Sereno, uno de sus éxitos más conocidos y recordados.

Y es que tras conocerse el dictamen de que tenía cáncer, de inmediato le fueron programadas 35 sesiones de radioterapia. Con todo y todo, recuerda Luis Jákamo, cofundador de Manantial, Garrido se mostró optimista y le entró de frente a la lucha contra la enfermedad.

Sin embargo, como es lógico, tuvo sus momentos.

En una entrevista con La Nación publicada en octubre del 2015, cuando ya Garrido había logrado derrotar al cáncer, rememoró que desde el 2009 las notas altas habían dejado de ser su fuerte, tanto con Manantial como con Pastel de Gente. Es inimaginable la congoja que pasó en aquellos tiempos, cuando cantar Un café para Platón constituía un reto provisto de tremenda dificultad.

Pero Sergio de alguna manera se las ha arreglado para darle vuelta al infortunio y, en medio de los temores de perder la voz del todo, se envalentonó y logró por fin dejar para siempre el vicio del cigarrillo. Tras dos intentos anteriores, finalmente dejó atrás el tabaco.

Entonces, cuando el temor a estar perdiendo la voz surgió, el tercer intento por dejar el cigarro por fin surtió efecto.

“Ya él se sentía como decaído, pero nosotros le decíamos que fuerza, que sacara fuerzas de flaqueza y ahí cantaba y cantaba, pero terminaba disfónico, comenzamos a pensar que tenía un problemita”, recordó Jorge Protti en la mencionada entrevista.

En diciembre de ese mismo año Sergio tomó la dura decisión de cumplir los contratos pactados y así lo hizo: su última presentación fue en febrero del 2010 y ya para entonces su faena era un suplicio: la voz se le apagaba por momentos en mitad de las canciones y las palabras o estrofas completas quedaban mudas.

Recordó que su último día sobre el escenario, antes de emprender su batalla contra el cáncer, llegó en febrero del 2010. Él y sus colegas iban en un microbús con todos los instrumentos camino a la Zona de los Santos y en la mente de Garrido corría una sola idea: “Que ojalá que se terminara el concierto, para ya no volver a cantar y ver qué era lo que me pasaba”.

Pero bueno, conforme terminó su tratamiento contra el cáncer, en el 2016 se topó con famoso entrenador vocal ruso, el prestigioso profesor de canto Gourguen Mkrtytchian, quien se radicó en Costa Rica y luego se involucró como juez de Teletica Formatos en todas las emisiones de Nace una estrella.

Tanto Gourguen como la cantante y profesora María Marta López pusieron manos a la obra con un entusiasta Sergio, quien en medio del proceso y de la ilusión por recuperar su voz, también empezó a interiorizar que regresar a los escenarios, quizá no sería tan buena idea.

Hubo un episodio, una especie de entremés relativamente reciente: “En el 2019 montamos, por unos meses, un espectáculo que se llamó Inolvidable, junto con Baby Chollette y Dionisio Cabal (ya fallecido) pero la pandemia nos mandó a casa y fue cuando me di cuenta que debía pensar seriamente en el retiro”.

Antes de Inolvidable, participó en el proyecto de Marvin Córdoba “Autentícos”, que reunió a los mejores cantares de la época de oro de la música nacional.

Curiosamente, hoy Sergio no escucha música casi nunca. Pero sí tiene una canción favorita, Te lo pago con mi muerte, de Víctor Kapusta. “A él no le pegó tanto, pero cuando yo la canté sí se volvió un hit. No sé por qué al día de hoy me gusta tanto, y sí, más que Sereno o que Un café para Platón”.

Antes de continuar con la decisión irrefutable de su retiro, se impone realizar un recorrido por las distintas facetas personales del intérprete. Sergio Garrido se caracteriza por la sencillez con la que conduce su vida, empezando por su día a día. Nunca fue el “rey de la fiesta” en los tiempos en que Manantial recorría el país de punta a punta, prácticamente con poquísimo margen de descanso, aunque aclara entre risas que “santo no era”.

Vive desde siempre en su querido Escazú junto con su madre, de 94 años, y una hermana que requiere cuidados especiales desde pequeña, cuando sufrió una meningitis que le dejó secuelas.

Entre las particularidades de la tranquila vida de Sergio destacan, por ejemplo, que si bien usa teléfono celular prácticamente lo tiene apagado el 90 % del tiempo; acaso lo enciende para realizar alguna llamada de emergencia.

Es muy casero, está cerca de pensionarse este mismo año y tanto él como su madre y hermana viven de los ingresos que les depara un inmueble que les heredó su papá. “O sea, vivimos de las rentas”, bromea.

Pero bueno, conforme se acercaba su cumpleaños 60 y, tal como reflexiona hoy, hay un momento para todo. “Fueron tiempos muy bonitos pero también muy cansados, entonces tomé la decisión de retirarme pero como ya estaba fuera del ojo público por el tiempo que estuve fuera, primero por la enfermedad y luego recuperándome con las clases de voz, entonces no sentí la necesidad como de oficializar el retiro”, cuenta Sergio, quien recuperó la voz pero trata de dosificar su uso, pues ya al rato de estar conversando se le siente un poco de dificultad.

A estas alturas, él sabe administrarse y por lo mismo, ahora sí quiere ratificar que está retirado y no hay vuelta atrás. ¿Por qué tomó la decisión?

“Como te digo, ya yo estoy retirado y aún así todavía hay gente que me busca. El otro día me ofrecieron ir a cantar en el cumpleaños de una señora pero bueno, es que aparte de todo yo me cuido muchísimo por el covid, aunque ya a mí me dio hace unos meses y estoy vacunado, como vivo con mi mamá y mi hermana trato de salir lo menos posible”, razona.

“Me dio una pena con esa señora del cumpleaños. La gente me llama aunque sea ‘una horita’, me dicen, y la señora que cumplía 90 años me pidió que aunque fuera cinco canciones... hace poco me hicieron una entrevista en De boca en boca, yo les agradecí mucho, pero entonces empezó a llamarme más gente y por eso preferí oficializar mi retiro, no hay marcha atrás: a la cantada no vuelvo”, dice Garrido.

Su vida personal, la resume en dos minutos: Se casó a los 20 años y se divorció a los 25; tiene dos hermanas mayores, Any y Vera y es con esta última con la que convive junto con doña Hilda, su mamá, en la misma casa de Escazú en la que creció.

De su matrimonio pasado nació Natalia, su única hija, quien también lo convirtió en abuelo: su nieta se llama Estefanía.

Tiene una pareja desde hace unos 20 años, pero la historia tiene un par de vericuetos interesantes: “Ella estaba enamorada de mí hace muchos años pero yo andaba en otras, entonces se fue para España, se casó allá, luego se divorció y cuando volvió a Costa Rica ahí sí, empezamos una relación. Vivimos juntos un tiempo pero luego decidimos que cada quien en su casa, es que la convivencia es muy complicada, pero tenemos una relación muy bonita... y vivimos cerquita”, razona el intérprete con cierta picardía.

Definitivamente, Sergio Garrido Roldán es un hombre de rutinas marcadas: se levanta invariablemente a las 6 de la mañana, va darles una vueltita a su mamá y a su hermana, a ver cómo amanecieron. Luego llega la empleada doméstica, les prepara el desayuno y durante el día Garrido pasa horas en la computadora. “Me pongo a ver tonteras, a leer informaciones. Tengo pendiente incorporar una rutina diaria de ejercicios porque hasta gordillo me estoy poniendo, la otra semana tengo cita con la doctora y ya me imagino la regañada que me va a pegar”, dice entre risas.

Invariablemente se da un gusto todos los viernes, cuando sale a almorzar con los suyos a algún restaurante bonito de Escazú, en un almuerzo-tardeada que arranca a las 2:30 de la tarde. Es el único día que sale, los otros seis días de la semana solo se le ve en la calle si le urge hacer algún mandado.

Curiosamente, Sergio no escucha música casi nunca. Pero sí tiene una canción favorita, Te lo pago con mi muerte, de Víctor Kapusta. “A él no le pegó tanto, pero cuando yo la canté sí se volvió un hit. No sé por qué al día de hoy me gusta tanto, y sí, más que Sereno o que Un café para Platón”.

Lo que sí es un tremendo pasatiempo para él es Netflix, y ahora está emocionado también con Disney+, pues una sobrina le regaló la suscripción y dice gustarle mucho.

Antes de terminar la conversación, Sergio insiste en ponderar su amor y admiración por su mamá, doña Hilda Roldán. “Ella nos crió a nosotros, hacía de todo: era costurera, hacía queques, cortaba pelo. Ella nos crió y hasta pudo enviarnos a la universidad a mi hermana y a mí, ella es dentista, yo total no terminé ninguna de las carreras porque muy rápido me dediqué a la música”, rememora.

Luego de graduarse del Liceo de Escazú, entró a estudiar arquitectura en la Universidad de Costa Rica y después se cambió a Ingeniería Civil, pero no pudo continuar porque los cursos de matemáticas los daban solo en las noches y los horarios le coincidían con los ensayos del grupo Manantial, al que lo había llevado Alfredo Chino Moreno.

Ingresó a la carrera de Microbiología, como su padre, pero tampoco la concluyó. “Estudié de todo y no terminé nada. Ya después la gabacha y los libros los dejé en la casa de Adolfo Sáenz, el primer baterista de Manantial”.

Hablar con Sergio Garrido le confiere a su interlocutor una suerte de paz, de sosiego, de serenidad. Se nota que hace mucho dejó de vivir en medio de apuros y ahora lleva una vida bastante apacible.

Y aunque el bajo perfil ha sido lo suyo durante casi toda su vida, nos quedamos con una anécdota reseñada en la entrevista mencionada al principio de esta nota, y que en ese momento narró su hermana, Ana, pues por modestia, Sergio se excusó de contarla en aquel momento.

En una ocasión, mientras hacían fila en el Hospital México, comenzó a sonar Sereno, de Manantial, en un televisor de la sala de espera en el que estaba puesto canal 13.

Los demás pacientes, las enfermeras y los médicos veían la pantalla y volteaban a ver a Sergio, como tratando de dilucidar si se trataba del mismo rostro. “¡Los doctores le pedían autógrafos!”, relató Ana Isabel entre risas de regocijo.

Luego de eso, Garrido quemó unos 200 discos e imprimió carátulas para regalarlos en el hospital.

Por lo demás, no hay vuelta atrás: Sergio Garrido colgó el micrófono definitivamente y para siempre, asegura. Y aunque no vive de nostalgia, por supuesto que recuerda con gran cariño el aplauso del público. “Eso nunca se olvida”, replica antes de despedirse.

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