Alessandro Solís Lerici. 23 enero, 2015
Jorge Navarro
Jorge Navarro

Amo de la noche, déspota de gargantas, símbolo no oficial de Costa Rica. Único en su especie, resultado de una cronología fortuita, el chiliguaro ha ganado tal notoriedad en nuestra vida nocturna que parece que ha estado presente siempre.

Sin embargo, ese no es el caso. El que hoy es considerado el zarpe por excelencia –dícese del trago con el que, supuestamente, se despide la noche– no emergió deliberadamente, sino que llegó por casualidad.

Salvo en los (malos) recuerdos de quienes tomaron en algún momento guaro Cacique con salsa picante, no existen registros milenarios del chiliguaro si no hasta luego de diciembre del 2011, cuando el Tope Nacional le trajo la idea a los dueños del bar Bahamas, en barrio La California, San José.

“Ese día tuvimos un llenazo desde la tarde y alguien nos pidió un trago que era guaro Cacique con salsa Tabasco, nada más”, recuerda Mauricio Azofeifa, uno de los propietarios, junto a Luis Pablo Ayala.

Alguno de los clientes de la noche vio al hombre pedir el trago y solicitó uno igual para él, patrón que fueron repitiendo algunos otros presentes.

Mano atrevida. Azofeifa tenía entendido que, especialmente en zonas rurales, combinar alcohol con tabasco es una máxima de supervivencia, pero, para él, la mezcla solo de Cacique y Tabasco era “intomable”.

Dada la respuesta del público el día del Tope, los dueños vieron oportunidad para mejorar el trago (¿por qué no coctel?) con más ingredientes.

El chiliguaro que hoy por hoy se consume a cántaros en Bahamas incluye, además del licor y el picante, jugo de tomate, limón, pimienta y otras especies. En muchos otros bares del país, la receta es similar.

“Le poníamos una cosa y lo cambiábamos hasta que aterrizamos en la receta que a todos les gustó. Los ingredientes que tiene son muy de la cocina local; es un trago tico. Lo podés comparar con el Bloody Mary, pero no tiene el mismo sabor. Tiene auge porque sabe a ingredientes a los que estamos acostumbrados”, dijo Azofeifa.

En su opinión, parte del éxito del chiliguaro es que no cansa, no empacha, no satura y no manda a la gente a dormir. “Es un trago divertido”, comentó.

Pese a que para muchos es el trago predilecto para dar por finalizada la noche, otros lo disfrutan a lo largo de toda la fiesta e incluso lo compran en pichel para compartir entre amigos.

Desde bares de pueblo hasta el Hard Rock Café, la fiebre por el chiliguaro ha sido una constante durante los últimos años y no parece tener límites.

“Lo que me parece más interesante es que ha llegado donde era más difícil, porque vos ubicás a la gente tomándolo en una cantina de pueblo, en zonas rurales, y, en cambio, ha llegado a lugares que uno pensaría que son para públicos que consumen licores internacionales, como whisky o vinos”, comentó el socio de Bahamas.

Patentado. Al igual que sucedió con el chifrijo, Azofeifa decidió patentar la receta del chiliguaro, pero con otras intenciones: comercializarlo.

“(Contrario al caso del chifrijo), la intención en ningún momento es demandar o que la gente no venda chiliguaros. Al contrario, estamos avanzando para industrializarlo y ofrecerlo en el mercado, para que tenga una calidad estándar y que lo incorporen a sus negocios”, manifestó Azofeifa.

La receta estándar puede beneficiar tanto a dueños de bares como al público, pues, como él mismo ha presenciado, algunos lo hacen con salsa de pizza en lugar de jugo de tomate, o nada más con chile, y eso –a estas alturas, con la notoriedad de la receta del chiliguaro– es inaceptable.