Farándula

Así son los días de Rafa Rojas, a sus 60 años y de sabático en las montañas de su amada Tiquicia

El otrora famoso actor tico que formó parte de la élite de las telenovelas en México hoy se solaza en su vida llena de sencillez y pequeños grandes lujos que le provee la naturaleza; la sólida relación con su pareja, Silvia, y el orgullo por sus tres hijas y su nieta, más el que está por nacer.

Hablar con Rafa Rojas (Rafita, para los amigos) le genera a uno un fresquito en el corazón. Hace seis años tuvimos nuestro primer vínculo, aunque obviamente desde mi adolescencia y más allá lo veía como el astro ochentero y noventero en el que se convirtió tras posicionarse en México como tremendo galán junto a la generación de Thalía, Bibi Gaitán, los Capetillo, Salma Hayek y decenas de etcéteras.

Hacía ya varios lustros de que Rafa Rojas simplemente decidió renunciar a los reflectores, justo cuando cumplía los 46, porque su espíritu se lo pedía a gritos y su mente también. Quería vivir hacia dentro y no depender del agrado --o críticas-- de sus fans.

Muchos dimos por sentado que Rafa se había radicado en México y que no quería nada con la prensa, de manera que en abril del 2016, cuando trascendió en la amarillista revista mexicana TVNotas que Rafa Rojas se había convertido en un drogadicto e indigente (supuestas fotos incluidas), me di a la tarea de rastrear la historia

La matráfula para vender de la citada publicación fue descubierta en un tris y, aunque no era la primera vez que utilizaban información falsa sobre Rafa Rojas –como lo hacen con otros famosos– en este caso, el costarricense atendió la llamada de La Nación (después de no sé cuántos malabares para llegarle al número de teléfono) en el momento correcto: hasta el mismo Rafa, que había leído inmutable durante años noticias falsas por parte de aquel medio, estaba azorado por el calibre del absurdo y falacia de la publicación, así que decidió hacer lo que tanto había retardado simplemente porque hace mucho dejó de importarle el qué dirán: por consideración a sus familiares, amigos y fans, salió a desmentir públicamente su supuesta indigencia y por fin habló de a qué se había dedicado durante los últimos años y de su quehacer actual.

Contrario a lo que pensé, me contestó al primer timbrazo y yo me anduve por las ramas para confesarle al final que, diay, que lo estaba llamando porque en Costa Rica se había corrido el rumor de su indigencia y bueno, que lo estaba llamando para conocer su realidad de su propia boca y así me contó que la revista en cuestión se había encontrado un habitante de la calle que tenía cierto parecido con él y bueno, tras la publicación de La Nación, Rafa también publicó un video en redes sociales para terminar de zanjar la confusión.

Desde entonces hasta hoy, nuestra amistad se ha vuelto entrañable, aunque tras el aterrizaje de la pandemia en el mundo, inconscientemente muchos caímos en una especie de mutismo porque era imposible hablar con cualquier ser querido sin tocar el tema de marras.

Hoy, ya con (algo) de tranquilidad por la vacunación y mucho de esperanza al observar cómo una relativa normalidad empieza a vivirse en el orbe, le hablé a Rafa Rojas para saber qué era de sus días actualmente y la primera sorpresa fue saber que, justo desde hace unas semanas, cuando por fin pudo viajar a Costa Rica tras casi dos años de reclusión por la pandemia, decidió darse una temporada sabática en uno de sus lugares favoritos no solo del país, sino del mundo: Ojochal, en la Península de Osa.

No bien había terminado de contar con gran euforia que estaba ya en Costa Rica cuando se preocupó, pues sus grandes amigos ticos quizá se iban a resentir con él por no haberles dicho que estaba en Tiquicia. “No, no pero más bien mejor que sepan que es que desde que llegué estoy en el sur con este proyecto, es que tengo amigos y gente tan querida, que nos conocemos desde el (Conservatorio) Castella, que, bueno, siempre que vengo trato de verlos pero igual sé que todos entenderán, además de que yo me sigo cuidando a pesar de tener ya las dos vacunas, entonces ya llegará el momento de encontrarnos”, asegura esperanzado.

Desde la cabaña en la que vive por estos días en ese paradisiaco recoveco del Pacífico Sur, me marca por videollamada pasadas las tres de la tarde, ya en su habitación y sin impresionarse por el calibre de truenos que anunciaban un temporal demencial.

“Se trata de una herencia en vida de mi madre, misma que ella recibiera en vida de su padre y madre y que yo trataré de hacer creer y dejaré a mis hijas”, narra con ilusión.

Antes de repasar su actual faceta de hombre de campo, quien a menudo regresa a su cabaña con el barro hasta las orejas tras realizar arduas faenas en el terreno de su propiedad, producto de una herencia de sus abuelos, Rafa repasa compungido las muchas pérdidas de amigos, conocidos y familiares de gente muy querida, quienes sucumbieron ante la covid-19.

En medio de su afabilidad, de su permanente sonrisa y de las habituales bromas que hace sobre sí mismo, más ahora que llegó al sexto piso, que llaman, en abril pasado, Rafa hace un paréntesis al realizar un recuento de lo que la pandemia le ha quitado.

“Ha sido durísimo. Antes de que empezara todo esto varios de esos amigos que son como familia nos juntamos para una cena, una reunión que organizábamos cada cierto tiempo, y ya luego cuando empezó grave la situación en México empezamos a sufrir la muerte de varios que estuvimos en ese momento sin imaginarnos que nunca nos volveríamos a ver”, cuenta con tono sombrío.

“Antes veía mucho Amazon, Netflix... ya casi no consumo ‘streaming’, me costaba mucho atinarle a lo mejor del catálogo y hasta me estresaba. Ahora veo de vez en cuando, lo que no me canso de ver es a mi actor #1, Anthony Hopkins”

—  Rafa Rojas

“Y así siguió pasando, te puedo decir que amigos, allegados de verdad, perdí a 17, y en total con otros conocidos o familiares de mis amigos, la pandemia se llevó a 24... igual a cuatro excompañeros artistas. Lo más duro ha sido no poder ir a abrazar a las familias, no poder asistir al funeral, guardarse uno toda la solidaridad y el cariño que le quiere dar al doliente”.

A propósito de estas experiencias, Rafa asegura que tanto él como Silvia, su pareja desde hace 12 años, extremaron protocolos de cuidado. “Mira, a mí mujer se le triplicó el trabajo, pasó meses de 7 de la mañana a las 10 de la noche porque es una prestigiosa académica de la UNAM y además tiene la responsabilidad de varios convenios con diferentes instituciones mexicanas e internacionales. Entonces yo era quien salía a hacer las compras una vez por semana o por quincena y llegaba directo a lavar absolutamente todo, siempre con el cubrebocas, el alcohol constante en las manos, bueno y más con lo que pasó en México, que no tuvo el mejor manejo por parte de las autoridades, nosotros en cambio nos aferramos a las recomendaciones que se daban en Costa Rica y salimos bien, pero ya vacunados y de todo seguimos cuidándonos”, relata Rafa, quien aprovecha para manifestar su admiración por el sistema de salud con el que cuenta Costa Rica.

“Mirá, no me canso de decirlo, el sistema de salud de Costa Rica no es potencia en América, somos una potencia mundial. Poné ahí y en mayúsculas que hay que ser bien imbéciles para no aprovechar todo lo que se ha hecho en el país con la vacunación y demás”.

Como lo narró anteriormente, cuando se acercaba su cumpleaños número 46, el actor empezó a cuestionarse su futuro en la meca del espectáculo, donde no solo había protagonizado famosas telenovelas sino también labrado una prolífica carrera actoral en el teatro.

En aquel momento lo tenía “todo”, si partimos del hecho de que ese “todo” –según los cánones sociales– era éxito profesional, prestigio, comodidad financiera y fama internacional.

Hoy, 14 años después de su retiro, Rafa ni siquiera se cuestiona si tomó la decisión correcta, pues cada vez se enamora más de su filosofía de vivir con poco, de cultivar la relación con Silvia, de mantener el vínculo --aunque sea cibernéticamente, cuando las distancias los separan-- con sus hijas Isla (31); Mar (25) y Neshkala (21), pero además el matriarcado parece liderar (felizmente) su vida, pues es el enamorado abuelo de Celeste, su primera nieta, hija de Isla y quien en setiembre se convertirá en madre de nuevo.

La pregunta obligada es si ya saben si habrá desempate y si tendrá un varón y, para no variar, se ríe feliz y dice que no tienen idea y que él no quiere saber, que no se imagina cómo reaccionará si es varón y tampoco si es niña, pues por ahora lo tiene colapsado la pequeña Celeste. “¡Ya veremos, todo a su tiempo!”, dice inundado de ilusión ante el crecimiento de la familia.

Y es que de verdad Rafa está rodeado por mujeres (mujerones, según lo que cuenta), encabezadas por su madre, doña María Morales, quien a no dudarlo es una tremenda heroína para Rafa, pues la menciona con orgullo desbocado por valiente, particular y bravía.

Entre risas cuenta que la señora tuvo covid hace unos meses: “¡No sabe ese bichito con quién se metió! Con casi 80 años y lo que tuvo fue como una quiebrahuesos por tres días, pero, claro, nada kilómetro y medio tres veces por semana, hace los trabajos que haya que hacer en la finca, ahora que estamos viviendo y conviviendo cerca, cuando quiero llevarla al médico o algo así tengo que ingeniármelas para ponerle un arnés mientras está dormida ¡para llevármela amarrada a la clínica!”, exagera, pero obviamente lo que se desprende de sus hipérboles es una gigantesca admiración por la tremenda matrona que es su mamá.

Qué tirada. No se puede con Rafita, de verdad que si ya desde nuestras entrevistas en México y luego nuestros encuentros en Costa Rica, él destila paz y bien, ahora el encontrarse en su amado Ojochal (en el que vacacionaba habitualmente) parece haberle exacerbado la felicidad que parece inherente a él. Y el buen humor, ni para qué.

Entramos al tema de su reciente paso a la sexta década y entonces Rafael Humberto Rojas Morales (su nombre completo), espeta: “¡Yo feliz, ya no tengo que hacer filas!”. Luego conversamos sobre el “hubiera”, qué hubiera pasado de no haberse retirado de la televisión, el cine y el teatro (su prontuario es voluminoso, pues los 15 años en los que se dedicó a la actuación fueron supremamente intensos).

Apenas le hice la pregunta caí en cuenta de que se trataba de una majadería, pues ya corrió mucha agua bajo el puente y aunque Rafa ni por asomo reniega de aquellos tiempos, es un hecho que considera atinadísimo haber dado un paso al costado en el momento justo.

Una vez que se desligó del ambiente artístico, empezó a cultivarse espiritualmente, sin los reflectores encima y antes de que implosionaran en el planeta la Internet y las (ingratas) redes sociales.

En este reencuentro, le repito la pregunta que le hice en alguna de nuestras entrevistas... ¿Algún día volvería a la actuación?

En aquel momento contó que durante años casi había descartado esa posibilidad, pues disfruta mucho la tranquilidad de su vida actual, sus trabajos –remunerados o no– como colaborar con su pareja Silvia, doctora en sicología en distintos proyectos, hasta cultivar su huerta, leer mucho y ofrecer su conocimiento en el manejo de instrumentos musicales prehispánicos, todo, como se ve, totalmente alejado del mundo del espectáculo.

De hecho, con mucha frecuencia recibía propuestas y libretos que ni siquiera leía. Casi tenía un machote de respuesta, agradeciendo la oportunidad pero contestando que no, según contó en ese momento.

Hasta que un día encendió el televisor y se quedó absorto en el canal Fox, viendo una serie que le encantó. Pronto cayó en cuenta de que se trataba de Sitiados, cuya producción lo había convocado tiempo atrás y que él rechazó, como todas las demás, sin siquiera mirar.

Y sí, se arrepintió porque tras ver la puesta en pantalla, se percató de cuánto le habría gustado participar, entonces decidió que, en adelante, al menos le daría una leída a las propuestas que le llegaran. “Si hay algo que me llame realmente la atención lo tomo, pero tampoco tengo mucho afán. Si pasa pasa y si no, pues aquí sigo tranquilo en lo mío”.

Pero pasó, y en el 2017 aceptó actuar en Despertares, de Soley Bernal, cineasta colombiana radicada en Costa Rica, y que para él significó un reencuentro con sus raíces. Además, como gran profesional que sigue siendo se sometió a varios cambios que exigía el papel y fue así como se deshizo de algunos kilos de sobre peso, “20 centímetros de ombligo”, bromeaba él.

Hoy, ante la misma pregunta contesta exactamente lo mismo: valoraría alguna oferta que realmente lo seduzca. Con el tema del sobrepeso, dice que la inactividad por la pandemia lo engordó un poco, pero con las trabajadas al campo que se está dando actualmente, quizá ahorita nos cuenta que perdió 30 o 40 “centímetros de ombligo”.

Total, se trata de un tema de salud, pues es muy dado a consumir productos frescos y, lógico, también se da sus gustos con comidas que le gustan. Eso sí, todo con chile y que el picante producido en Costa Rica incluso es mejor que el chile picante mexicano.

Cuenta cómo se maravilla de vivir con poco, de no estresarse por deudas y, muy importante, narra con orgullo que su relación con Silvia no sufrió los daños que han pasado la factura --y la fractura-- a muchas otras parejas: sigue enamorado de ella al punto de mencionarla en varias ocasiones durante la conversación, un amor cincelado por la gran admiración que le tiene: “mi mujer es una de las personas más inteligentes que conozco”. Quizá lo que ha valorado él siempre es que, cuando sus destinos se cruzaron, ella en medio de tanto estudio y academia vivía totalmente alejada de temas del espectáculo mexicano y no sabía quien era él.

Doce años después, sus diferencias no han hecho más que unirlos. Y la distancia temporal, también.

Él por ahora disfruta tremendamente su sabático entre el montañoso ambiente de Ojachal, las espectaculares playas de la Península de Osa y la que por ahora es su ciudad “base”, San Isidro de El General. Ahí, en algún momento en que hablábamos por teléfono se escuchaba cómo la gente lo reconocía, lo saludaba y él contestaba con un entusiasta “¡Pura vida!”

--Insisto, ¿volveremos a ver a Rafa Rojas en un set de cine?

--Se mata de risa antes de contestar: “Habrá que ver. Es que el asunto es que soy pobre y feo ¡pero delicado!”.

Yuri Lorena Jiménez

Yuri Lorena Jiménez

Periodista de la Revista Dominical desde 1992. En setiembre del 2010 asumió como editora de Teleguía. Premio a la Mejor Crónica a nivel latinoamericano otorgado en el 2001 por la Sociedad Interamericana de Prensa.

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