En la vigilia del zapping frente a la TV, esa en la que se convierte la Semana Santa para muchos, hay también películas que durante décadas se han escondido bajo el manto de la ausencia y hoy son como cuentas que se cayeron del rosario de clásicos.
Algunos de esos títulos —que quedaron como el material perdido que no engrosó la eternidad de horas entre Ben Hur y Cleopatra— simplemente no corrrieron con suerte, por muy diversas razones.
Pero hay un caso en particular en el que, más que azares, pesaron las cadenas de una prohibición que duró casi una década.

Hay que decir que todo esto ocurrió en una Costa Rica algo distinta. Curiosamente, la alegoría estaba en el propio tiempo que corría, pues los ticos estaban a unos meses de ver a un “Pastor” obrar un milagro: clasificarlos a la primera Copa de Mundo.
Era 1988 y al país más lo movía la búsqueda de “El Elegido”, que acabaría siendo Bora Milutinovic, cuando la prensa dio cuenta de un fenómeno que, sin siquiera concretarse, ya era epicentro de un terremoto de críticas venidas de todo el orbe.
Martin Scorsese, el genio de Taxi Driver, presentó al mundo su filme La última tentación de Cristo con Willem Dafoe poniéndose en las sandalias del Nazareno y con David Bowie encarnando a Poncio Pilatos.
Sin embargo, ni Dafoe ni el Starman se llevaron las miradas. Aquella producción se estrenó primero en la gran pantalla del escándalo, prácticamente como la peor blasfemia que pudiera haberse concebido.
¿Su pecado? El atrevimiento de mostrar a un Jesús muy humano, que baja del madero y se va a vivir una vida sin la presión del designio de convertirse en el Cordero de Dios que expía los pecados de la humanidad.
Poco importó la confesa fe católica de Scorsese, ni que el final del metraje abre el portillo a que todo los actos que se alejan de lo bíblico pudieran tratarse de un pasaje onírico; en realidad, ninguna razón pudo mediar durante los siete años que estuvo censurada en Costa Rica.
Lo polémico de La última tentación de Cristo
La controvertida cinta es una adaptación de una novela homónima, publicada por el autor griego Nikos Kazantzakis en 1955. Era una fascinación personal de Scorsese, quien ya siendo un astro de Hollywood, insistió por años hasta poder emprender el proyecto que tanto anhelaba.
Finalmente, con el elenco ya confirmado, el icónico cineasta rodó la película en Marruecos, en 1987; sin esperar la catastrófica respuesta con la que se toparía al año siguiente.

El filme se sitúa en los días previos a que, según la fe cristiana, Cristo fuera entregado por Judas ante el Sanedrín. A partir de esto, se explora qué hubiera sucedido si el Hijo de Dios hubiese cedido ante su condición carnal.
Entonces, Jesús se ve tentado incluso por el discípulo traidor, quien lo alienta a desatar una rebelión violenta contra el imperio romano. Luego, dentro de lo que cabe, todo ocurre según lo narrado en la biblia, hasta que ya crucificado, un “ángel” le da a pie a cambiar todo su destino.
Clavado en la cruz, el protagonista escucha a este ser, que se presenta como su ángel guardián y le asegura que Dios lo ve como su hijo, mas no exclusivamente como el Mesías redentor, lo que lo avala a continuar una vida terrenal.
Jesús, en la película, le hace caso, desciende del madero y tiempo después se casa con María Magdalena. Más adelante, tras la muerte de ella, sigue sus días junto a las hijas de Lázaro. Ya entrado en su vejez, descubre que la supuesta entidad angelical no era más que una manifestación de Satanás.

Trastornado por el engaño en que cayó, clama al cielo ser el Mesías y se le concede morir crucificado, abriendo la discusión sobre si la realidad alterna fue tan solo un sueño, alucinación o visualización de las dudas que le tocaron la puerta en el camino de su mesiánica misión.
“Yo soy católico y creo que con esta historia, donde reflejo la vida de un Jesús distinto al que todos conocemos, no ofendo a nadie porque lo presento con una vida tan natural”, dijo en defensa de su filme, en 2003, el reconocido cineasta Scorsese.
El escándalo que dejó huella cuatro décadas después
No extraña que esa inusitada historia pudiera escandalizar a sectores religiosos conservadores, aunque tampoco es un concepto del todo ajeno. Sin ir más lejos, Ben Hur no deja de ser una distorsión de las escrituras católicas.
De hecho, el director de ese clásico, estelarizado por Charlton Heston, tuvo que mostrar a Jesús de espaldas y sin pronunciar palabra, debido a una ley británica que prohibía representarlo si no era el protagonista de la película.
Pero con La última tentación de Cristo el ensañamiento fue de dimensiones bíblicas. Simple y llanamente, tal creación se presentó como un agravio tan enorme que no debía ser vista… ni por quienes buscaban a toda costa su censura.

Así, por ejemplo, lo imploró meses antes del estreno el célebre sacerdote Román Arrieta, quien en ese momento era arzobispo de San José.
“(De forma) encarecida y vehemente pido desde ya, a nombre de todos los cristianos de Costa Rica, que semejante película jamás llegue a proyectarse en nuestra Patria”, dijo.
El pronunciamiento de Arrieta no se trataba de una excepción extremista, sino que representaba la tónica que imperó en la esfera con capacidad de dictar sobre el futuro de la película en Costa Rica.
A algunos, quizá, les tocó lavarse las manos; lo cierto es que la Oficina de Censura, en medio del linchamiento por parte de detractores (muchos de los cuales confesaban no haber visto la cinta), hizo de Caifás y condenó al filme a morir en el olvido.
O más bien, no lo dejó ni nacer, pues prohibió terminantemente su reproducción en el país. Por supuesto, tal atropello a la libertad de expresión hizo que algunos buscaran echar atrás tan tajante decisión.

Y lo lograron, aunque siete años después, cuando en 1995 la Sala Constitucional falló a favor de quienes denunciaron la censura. En la sentencia, el órgano deja claro que se violentaron derechos fundamentales con su prohibición y, en 1998, por fin se proyecta en las salas de cine ticas.
Pero la situación de Costa Rica estuvo muy lejos de ser excepcional. Casos similares se vivieron en México, Chile y otros países de la región, donde se censuró el filme y como consecuencia ocurrieron transformaciones en la legislación en materia de libre expresión.
La repercusión también afloró en lo social: en diversos lugares del mundo hubo atentados contra cines que la exhibieron y hasta un profesor chileno fue despedido de una universidad por proyectarla a sus alumnos.
El caso de mayor impacto fue el de Chile, pues un grupo de ciudadanos demandó al Estado, en ese momento tomado por la dictadura militar de Augusto Pinochet, frente a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).
Ya sin Pinochet en el poder, en 2001 llego la sentencia de la CIDH. Esa condena histórica no solo permitió la proyección del filme y obligó al país sudamericano a modificar sus leyes, sino que marcó otro vital precedente para la región.
En su sentencia, la Corte enfatiza una vez más, como lo deja claro en su convención y lo ha hecho en otros casos, que la censura previa es una violación inadmisible para los Estados que están suscritos a este órgano internacional.
Eso sí, más allá del actuar de la justicia y de las críticas a la prohibición, que también circularon ampliamente, en cierta forma, los detractores de su proyección consiguieron su cometido.

Muy fácil lo explicó Willem Dafoe, a mediados del año pasado, cuando recibió de parte del Festival de Cine de Sarajevo la más alta distinción, al ser galardonado por su carrera con el Corazón Honorífico. Él, por su parte, abrió el suyo durante una conferencia en la que se sinceró sobre el duro golpe que se llevó ante la despiadada persecución que sufrió una de sus actuaciones más brillantes.
“Me sorprendió, porque en una época de películas ultraviolentas, de porno y de todo tipo de cine, esta era una película que intentaba hablar sobre la naturaleza de la fe. Sí, fue un golpe, porque era una cinta en la que estaba muy involucrado mentalmente. Así que realmente impidió que se distribuyera ampliamente”, expresó el actor.
Y así fue la realidad costarricense. Una década después de su prohibición, en la tan esperada primera proyección, La Nación reseñó que la película prácticamente no tentó a nadie. Si bien es cierto que se pasaba por primera vez, la convocatoria masiva quedó afectada por ese sentir de que verla era algo similar a leer el periódico, ya no de ayer, sino el de hace 10 días.
Para el momento en que cualquiera podía sucumbir ante la tentación, la polémica ya estaba añeja, Scorsese celebraba un lustro de Goodfellas y, en cartelera, el estreno diferido tenía que competir con la primera de Toy Story.
38 años después, tras ver Marcelino, pan y vino, Quo vadis? y notar que La última tentación de Cristo no está ni en Netflix o Prime Video, no queda nada más que, al igual que hizo Scorsese al dirigir la cinta, caminar por el qué hubiera sido. Solo en esa senda, tal vez, puedan hallarse las huellas que habría dejado la película en el público de no haber cargado con la cruz de la censura.
