El glamour de los trajes de gala y las luces del escenario principal quedan fuera de estas paredes. En el Centro Nacional de la Música hay una sala rodeada de paneles aislantes de sonido, y es allí, en la intimidad de un ensayo, donde la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN) se deshace de la formalidad y se muestra en su estado más puro y humano. Ahí estuvo presente La Nación.
La primera sorpresa es visual: la rigidez del protocolo se sustituye por la comodidad de los tenis, los jeans, las camisetas y la ropa deportiva. Son 70 músicos en escena, una comunidad vibrante donde conviven jóvenes de apenas 20 años con profesionales experimentados a las puertas de la jubilación.
Entre ellos hay profesores y profesionales con segundos empleos, pero hoy todos comparten el mismo pulso.
“Nos van a tomar foto, ¡hay que sonreír!“, bromea sobre nuestra presencia el director invitado Luis Castillo Briceño. Así rompe el hielo el maestro, marcando el inicio de una jornada intensa bajo las notas de la Sinfonía No. 2 de Felix Mendelssohn.
La pieza de Mendelssohn será protagonista de un concierto que se efectuará este viernes 29 y domingo 31, en el Teatro Nacional de Costa Rica. Por ese motivo, la OSN está allí, dándolo todo.
La perfección se construye en los detalles
El ensayo es un organismo vivo que no se detiene por imprevistos. Cuando la pieza ya ha comenzado, uno de los músicos entra intempestivamente a la sala; había llegado 45 segundos tarde para el repaso de la primera obra. De inmediato, un compañero detiene su marcha para ayudarle a ubicarse rápidamente en el papel.
El espacio físico está fríamente calculado: algunos violinistas comparten partituras, sentándose a la distancia exacta para que el arco de sus instrumentos se mueva con total libertad.
Entre bultos, mochilas y estuches de instrumentos —algunos relucientes, otros con las notables marcas del uso constante— los atriles sostienen una mezcla de tradición y modernidad: conviven las notas impresas con teléfonos celulares y tabletas.
El director es pura pasión y fuerza; no es para menos, él, aunque es costarricense, porta la disciplina europea. Ganador del Concurso Internacional de Dirección de Orquesta, realizado en Róterdam 2025, el músico regresó al país que lo vio nacer para dos presentaciones junto a la OSN.
Dirige de pie, se sienta, se deja llevar por los acordes y asiente con la cabeza ante cada nota lograda. Cuando la música suena exactamente como la imagina, una sonrisa le ilumina el rostro; a veces, incluso, cierra los ojos para fundirse con el sonido. Sin embargo, la búsqueda de la excelencia exige detenerse.
“Cuando vamos para arriba, lo hacemos con recelo, como un corno francés en 180 (el tubo cambia de tamaño), creciendo y abriendo. Tenemos que estar atentos, escuchando lo que los otros tocan”, explica el director al cuerpo de la orquesta, disculpándose con humildad si a veces le faltan las palabras exactas para transmitir lo que siente.
El rigor del Tutti
La concentración en la sala es máxima. En los breves intermedios nadie habla; los músicos aprovechan para limpiar los residuos de sus instrumentos con pañitos, soplar los instrumentos de viento o hacer anotaciones rápidas con lápiz sobre el papel. El director canta para remarcar la entrada de una nueva melodía que llega de menos a más.
Cuando la confusión reina porque alguien no escuchó el número de página, los músicos se miran entre sí de reojo, pero la duda dura un parpadeo: rápidamente encuentran la nota y el ensamble vuelve a sonar al unísono.
Cuando un pasaje se resiste, el director desmantela la arquitectura de la obra e interrumpe para que la música fluya mejor: “Solo cuerdas”, “solo violines”, “solo flauta”, “solo clarinete”. Y cuando quiere la fuerza de todo el contingente, su grito resuena en la sala: “¡Tutti!“.
Para inspirarlos, el maestro recurre a metáforas memorables. En un momento les pide imaginar una total oscuridad y, simplemente, sentir lo que tocan, según la melodía que corre por sus instrumentos.
En otro, les exige una entrega física absoluta: “Que sea como cuando se muele caña: hay que sacarle todo el jugo”, refiriéndose al ensayo y a la música. Las manos cansadas reciben masajes rápidos y los suspiros de agotamiento aparecen, pero la música no decae.
El valor del tiempo
Hacia las 11 a. m. el final se vislumbra. Las sillas empiezan a vaciarse poco a poco y el director mira su reloj, consciente de que no hay un solo segundo que perder. Surge un último dilema: un grupo de músicos interpreta una sección y otro grupo toca una parte distinta, creando un cruce en el montaje de la obra. El director, con calma y liderazgo, zanja el problema: “Encontraremos la manera…“.
El cierre de la jornada es de una puntualidad militar. A las 11:30 a. m. en punto sonó la última nota. El ensayo termina entre aplausos, sonrisas y efusivos apretones de manos con el director invitado.
Paulatinamente, el silencio regresa a la sala con un ritual de despedida: algunos prefieren quedarse unos minutos más dedicados al instrumento, porque para domar a esa nota difícil hay que ganarle tiempo al tiempo; otros, con paciencia artesanal, desmontan su instrumento, lo limpian por última vez, lo guardan en su funda y aseguran el estuche.
Mañana, sin duda, será otro día para ‘moler caña’, ‘sacarle el jugo’ a la música y buscar la perfección.
Concierto de la OSN:
La Orquesta Sinfónica Nacional se presentará el próximo viernes 29, a las 8 p. m., y el domingo 31 de mayo a las 10:30 p. m. en el Teatro Nacional de Costa Rica. El ensamble tocará junto al director invitado Luis Castillo Briceño y el coro sinfónico.
La primera fecha de presentaciones se encuentra agotada, pero si desea asistir a la segunda, puede conseguir su boleto en la boletería del Teatro Nacional.
