Un mural de 15 metros de largo engalana desde hace unas semanas la fachada de la Sala Garbo, ubicada entre Avenida 2 y Calle 28, en el centro de San José.
El pintor Pablo Vargas aún ve las fotos del trabajo realizado y no puede creer que haya desarrollado este proyecto. Desde niño fue un gran seguidor de Nicholas Baker, fundador de la icónica sala y hace unos meses tuvo la oportunidad de plasmar su esencia en las paredes del emblemático edificio.
“Me acuerdo que estaba pequeño y mis papás me sacaron de clases para llevarme a la Sala Garbo y para mí, entrar ahí era un planeta completamente diferente, donde veía afiches de todos los artistas de renombre; entonces fue una gran alegría para mí ahora poder intervenir ese espacio que fue y que sigue siendo tan importante para la cultura costarricense. Es una oportunidad hermosa que no podía desaprovechar ni tomarla muy a la ligera”, detalla.
Su emoción era tal que, en cuestión de una semana, ya tenía hecho el boceto de la obra que quería plasmar.
Muy fiel a su estilo, el vibrante mural, que muestra el rostro del afamado director, está hecho con una técnica acrílica en el que se utilizan aproximadamente 16 tonalidades diferentes, donde destaca el color rojo y el azul, así como el amarillo, el blanco y varios tonos de celeste.
Vargas explica que los colores elegidos son muy significativos y representan, desde su punto de vista, al director de la emblemática sala. Por ejemplo, el rojo se debe a que Baker solo utilizaba calcetines de ese color, mientras que su rostro está pintado en color morado, pues el artista recuerda que “cuando lo vi en el teatro, la luz le cambiaba demasiado los colores de la piel y yo le recuerdo con tonos muy azules”.
“Definitivamente, se va a ver mi esencia en la obra, no hay forma, en esta época de mi vida, que tenga tanta contundencia, que en cada trabajo deje toda mi energía. Y no se trata solo del trabajo técnico del mural, sino también del pasional, porque es una producción grande que requiere de mucho tiempo y concentración, y es una fachada enorme y el proceso de restauración y documentación fue enorme.
”Recuerdo que hasta raspamos la pared de concreto, es decir no fue solo llegar y pintar, pues llegar y restaurar el lugar fue todo un proceso”, explica.
El artista afirma que él no buscó el proyecto, que más bien este tocó a su puerta en un 2020 sumamente difícil para el gremio artístico.
Sin embargo, reconoce que andaba en busca de un proyecto que le permitiera no solo hacer murales, sino intervenir, restaurar y dar identidad a la ciudad a través de su arte.
“Todo se confabuló perfecto y fue muy arriesgado porque este no es un momento como para producir un arte tan grande, pero decidimos seguir adelante y fue un proyecto hermosamente grande, de muchas horas de trabajo, de mucho compromiso y de mucho esfuerzo físico, pero no es para menos, porque es un edificio realmente importante”, asegura el pintor.
En equipo
Sin embargo, este no fue un proyecto que el artista desarrolló en solitario. Para pintar el mural, Vargas contó con el apoyo del colectivo Caravana Cultura, que permitió que más de 20 artistas se sumarán a la iniciativa. Así como de la directora de Sala Garbo, Isabella Mesalles.
“Hay pocos lugares en Costa Rica como este, un complejo cultural con cine, teatro y hasta un restaurante dedicado a la literatura. Nosotros quisimos financiar y producir la renovación de este gran espacio y reunir a artistas voluntarios que quisieran echar mano para darle una nueva cara y devolverle a este edificio que tanto les ha dado a ellos y ellas en sus carreras”, destaca Antonio Rodríguez, director de Caravana Cultura y productor del proyecto.
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Por su parte, Vargas tiene claro que sin el apoyo de los artistas no hubiese sido posible pintar el mural. A esta iniciativa se sumaron fotógrafos, bailarines y músicos.
Lo que más lo llenó de orgullo fue ver el nivel de compromiso de todas las manos colaboradoras, pues se dejaban dirigir y no decían que no a nada de lo que se les pidiera.
“Dirigir a todas esas personas ha sido algo hermoso, porque todo el equipo estaba muy dispuesto a escuchar y tenían tanto nivel de compromiso que me demostraron que no solo es el aspecto técnico, sino que también es una responsabilidad de dejar toda la pasión en esas paredes y se pusieron a pintar”, comenta.
Vargas es enfático en que si bien este proyecto contó con muchos voluntarios quienes se dispusieron a colaborar, esto no significa que el trabajo fue gratuito. Por el contrario, el muralista afirma que el costo de esta obra fue muy elevado por todo lo que implicó y que le llaman voluntariado porque lo que se les pagó no se compara a la cantidad de horas enormes de trabajo.
Aunque en un inicio la idea era tardar dos meses, las obras se extendieron por cinco meses, que abarcaron desde agosto hasta diciembre, pues se elaboró otra obra a lo interno de la Sala Garbo.
“Quería representar la danza, el teatro, la música y todo lo que ofrece y va a ofrecer la Sala Garbo. Lo que hicimos adentro fue un mural de aproximadamente unos nueve metros por cuatro metros y fue un homenaje a Greta Garbo, que es quien da nombre a la sala de cine”, añade.
Hoy, a través de la obra, Pablo Vargas expresa agradecimiento por la formación artística que tuvo a través de las paredes de la Sala Garbo.
Sus demás obras se pueden apreciar a través de la página web www.pablounfried.com.
