Alejandra Vargas M.. 22 septiembre, 2007
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La Plaza de la Cultura y los Museos del Banco Central, ubicados bajo la explanada contiguo al Teatro Nacional, están cumpliendo 25 años.

Para festejarlo con todos los costarricenses, hoy se inaugura una exposición que reconstruye con “santos y señas” los pormenores de esta construcción desde sus inicios, en 1973, hasta 1982.

La muestra ofrece caricaturas, sátiras y artículos publicados en los periódicos de la época. También hay imágenes de la maquetas, panfletos de múltiples exposiciones de los museos y fotografías hasta la actualidad. Todo está a la mano para que los curiosos puedan interactuar.

Anecdotario. Según la historiadora Vivian Solano, inicialmente la Plaza de la Cultura iba a ser una edificación de dos pisos de altura y una plazoleta al frente, junto al Teatro Nacional.

Esta tarea fue asignada a tres arquitectos nacionales: Jorge Borbón, Jorge Bertheau y el fallecido Édgar Vargas.

Cuando se demolieron los edificios que había allí –como la Botica Jiménez, el antiguo Bazar La Casa y el Casino Español– se pudo ver, por primera vez, la “otra cara” del teatro. Entonces, las autoridades decidieron replantear el proyecto y construirlo bajo tierra para despejar el paisaje josefino y que se resaltara el teatro.

Esta fue la primera construcción subterránea de grandes dimensiones en el país y un gran reto para los miles de obreros que participaron en ella.

El obrero Manuel Jiménez recuerda que recibían un buen salario por quincena, pues había que trabajar en esas obras con mucho barro. A pesar de que los materiales eran muy variados, la mayoría de los trabajadores eran carpinteros.

De acuerdo con Solano, “la creación de la Plaza de la Cultura fue la gran obra del Estado costarricense del siglo XX.

Como es de esperarse, su construcción generó muchas expectativas pero también una gran polémica, sobre todo por el hueco que se hizo para construir el edificio subterráneo. De allí se sacaron más de 45.000 metros cúbicos de tierra y se llenó de agua estancada, por eso la gente lo llamaba irónicamente el balneario capitalino”.

Limpiabotas y vendedores ambulantes se daban sus baños en este mal llamado “Hueco de la Cultura” hasta que el agua se puso “tan verde como el cráter del volcán Poás” y hubo miedo de que el Teatro Nacional se derrumbrara y se perdiera en el agujero. Así lo reflejó una legendaria caricatura del fallecido artista nacional Hugo Díaz.

Ninguna desgracia pasó. Poco a poco la edificación se fue concretando en medio de una nueva crisis por el alza del petróleo y un cambio de Gobierno.

Fue necesario un nuevo préstamo por parte del Gobierno –de ¢40 millones– para concluir las obras, cuyo costo final fue cercano a los ¢120 millones de entonces. La primera piedra se colocó el 15 de setiembre de 1976.

Según relatan los documentos históricos, la Plaza de la Cultura se inspiró en espacios suramericanos y en grandes centros de arte que son íconos en el mundo.

En las obras se utilizaron materiales 100% ticos: pisos de madera surá, tucas de cenízaro y hasta mármol de Guanacaste.

El pasado. El primer gran esfuerzo fue convencer al Gobierno de Daniel Oduber de realizar esta quijotada y destinar ¢60 millones –en aquella época– para ello.

La segunda dificultad que hubo que superar fue la expropiación por ¢20 millones que se hizo de las tierras. Allí existían conocidos hoteles, casinos y farmacias de familias adineradas a quienes no les hizo mucha gracia ceder el espacio a la cultura.

“A finales de los años 50 y principios de los 60 en San José no pasaba nada, no había galerías, no había nada. Definitivamente, crear la Plaza de la Cultura y la decisión de hacer el edificio subterráneo fue la mejor opción”, declaró el arquitecto Rafael Felo García.

“Fue un verdadero acierto, un proyecto muy meritorio porque mantiene un espacio abierto para otras actividades culturales. Estoy 100% contento con lo que quedó”, manifestó García.

“El impacto urbanístico de la Plaza de la Cultura fue trasladar el centro desde el Parque Central, –cuando ya no había retreta luego de la misa dominical–, hacia el foco cultural que ha distinguido a San José. Decisión importante para el destino del país, que contribuye a posicionar la presencia de las artes en su vida cotidiana”, agregó el arquitecto Brugno Stagno.