Andrea Solano B.. 19 febrero, 2012
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¿A quién se le hubiera ocurrido excavar un hueco de 15,5 metros de profundidad en el centro de San José y tras de eso, en las cercanías del Teatro Nacional?

Esta idea tan “volada” para la Costa Rica de finales de los 70 tiene nombres y apellidos: Jorge Bertheau, Jorge Borbón y Édgar Vargas (q. d. D. g), arquitectos, pero, ante todo, los tres locos entusiastas que le dieron vida a la plaza de la Cultura y al edificio subterráneo que alberga hoy los Museos del Banco Central.

El 26 de febrero de 1982 se inauguró este complejo arquitectónico que hoy es punto de referencia y de tránsito obligatorio en cualquier descripción sobre San José.

Enamorados intercambiando besos; vendedores a la caza de compradores; ejecutivos atragantándose un almuerzo apresurado, colegiales bulliciosos, turistas exploradores y carajillos correteando palomas siguen siendo los protagonistas de un espacio que hace 30 años nació con vocación urbana.

Una plaza para la gente. Entre risas y nostalgias, los dos Jorges (Bertheau y Borbón) recordaron el camino recorrido desde que Bernal Jiménez, entonces presidente del Banco Central, le solicitó a Borbón encargarse del proyecto. Él invitó a los otros dos.

La aventura contaba con la “bendición” del presidente Daniel Oduber (1974-1978).

“En Costa Rica la tendencia es un horror al vacío y por eso los espacios públicos, como los parques, parecen portales y están llenos de chunches: poyos, árboles, quioscos. Nuestro proyecto era el primero que adoptaba el concepto de lo que es verdaderamente una plaza; es decir, una explanada amplia y limpia en donde el protagonista fuera el ser humano”, declaró Bertheau a La Nación.

En 1976 el presidente Oduber y el ministro de Cultura, Guido Saénz, encabezaron el acto de colocación de la primera piedra.

Una vez iniciadas las demoliciones de los edificios que estaban ahí y las excavaciones del terreno, las críticas no se hicieron esperar.

“Era un hoyo enorme y el agua de lluvia se empezó a acumular; entonces, los guilas llegaban a bañarse ahí. Lo apodaron el ‘hueco de la cultura’”, recordó Bertheau.

Y por si fuera poco es que la antihigiénica piscina estaba a la par de la máxima joya arquitectónica de Costa Rica, el Teatro Nacional.

“Teníamos a la prensa en contra Todos los días salían artículos y caricaturas en donde nos criticaban porque temían que la construcción se trajera abajo al Teatro Nacional”, añadió Bertheau.

Arte bajo tierra. La otra gran obra fue el edificio que hoy resguarda las colecciones de oro precolombino, numismática (monedas y billetes) y arte del Banco Central.

“Lo innovador es que era un ‘no edificio’: subterráneo y además tenía un diseño muy particular inspirado en la figura geométrica del triángulo que se destaca en el techo y se refleja, como un espejo, en el piso”, destacó Borbón.

Paredes con una inclinación de 60° grados, tres niveles, riqueza de texturas, varios puntos de fuga que crean la sensación de un espacio inacabado y paredes grises son algunas de las características de un edificio pensado para resaltar a los objetos y obras de arte. La obra tuvo un costo de ¢120 millones.