7 diciembre, 2014

Albino Chacón Gutiérrez albino.chacon.gutierrez@una.cr

N os referimos al texto y no a su autor, Joaquín Gutiérrez, el hombre y el escritor. Centrados en el texto, pueden plantearse dos interrogantes. La primera: ¿hay referencias en Cocorí que sugieran estereotipos racistas? La segunda: si las hay, ¿actúan como “vectores” de un sentido general discriminatorio contra la población negra? Empleamos “vector” en el sentido de magnitud o propiedad en cuya consideración se incluyen la dirección, el sentido y el punto de aplicación. El vector es el factor que lleva a cuestas o conduce. Así, tratemos de ver si aquellas referencias cargan o conducen el sentido general del texto.

Las dos preguntas nos sumergen en un problema central, ya señalado por la hermenéutica para la interpretación literaria: 1) las partes pueden llevarnos a la interpretación del todo; 2) las partes también permiten el movimiento inverso: la configuración del todo nos lleva a una interpretación de las partes o segmentos concretos.

En cuanto a la primera, hay elementos susceptibles de ser considerados dentro de una discusión sobre si el texto comporta estereotipos racistas o no: específicamente dos, que resaltan zonas de conflicto interpretativo y que muestran la naturaleza compleja e incluso contradictoria del texto.

Portada de la novela 'Cocorí' , de Joaquín Gutiérrez Mangel, libro publicado por la Editorial Legado. El artista Hugo Díaz ilustró esta edición.
Portada de la novela 'Cocorí' , de Joaquín Gutiérrez Mangel, libro publicado por la Editorial Legado. El artista Hugo Díaz ilustró esta edición.

Un encuentro problemático. En el párrafo inicial, Cocorí ve su rostro reflejado en el agua, “obscuro como un caimito”, con “un par de ojos que lo miraban asustados”. El pasaje es ambiguo y se presta a por lo menos dos lecturas. En la primera lectura, Cocorí se asombra de ver su imagen reflejada, punto, y no en una necesaria relación de causalidad –es decir, que se asuste porque vea su cara negra–.

La segunda posibilidad es que el niño se asombra de ver reflejada su cara y se asusta al verse negro, lo cual resultaría extraño pues vive en una comunidad toda negra, y Cocorí nunca ha visto a alguien que no lo sea.

Esta segunda lectura es mucho más rica que la primera para la significancia del texto. Es imposible no ver la presencia de un intertexto muy poderoso: el mito de Narciso. Luego del asombro inicial, Cocorí se muestra muy contento y revienta en una risa de felicidad luego de ver su imagen. Quizás el verbo “ver” no sea el más adecuado; podríamos decir más bien que Cocorí descubre su imagen, su cara, y se muestra feliz con lo que acaba de descubrir: él mismo.

El pasaje del encuentro de Cocorí con la niña blanca rubia es más problemático. En el primer caso podemos ver la presencia del mito de Narciso, pero en este pasaje está presente otro intertexto que da otra dirección de sentido al texto.

Aquel intertexto es el mito del regreso de los hombres rubios –el mito de Quetzalcoatl– y la llegada de los españoles a tierras americanas. Incluso, según una cierta iconografía histórica, la narración que se hace de las características del recibimiento no deja dudas respecto de esta relación intertextual.

Los negros van al encuentro del gran barco en sus lanchas “cargadas con frutas olorosas y multicolores: caimitos, papayas, piñas, plátanos. Adornaron las bordas con rojas flores y desde lo alto del mástil colgaron largas guirnaldas de orquídeas”.

No es una lectura forzada reconocer allí la imagen estereotipada que se ha construido del encuentro de españoles e indígenas a partir de las primeras descripciones de Colón. La poderosa línea de sentido presente en el intertexto habría vectorizado (dirigido) la misma escritura de Gu-tiérrez, quien no pudo sustraerse a la fuerza interpretativa del intertexto.

Puede anotarse la oposición cultura (los pasajeros del barco) contra naturaleza (los negros); tanto es así que la niña no reconoce a Cocorí como un niño, sino que lo confunde con un mono. Por su parte, Cocorí describe a la niña con los ojos del estereotipo de belleza eurocéntrico: “Es linda –pensó– como un lirio de agua”. Acota el narrador: “suave y rosa, con ojos como rodajas de cielo y un puñado de bucles de sol y miel”.

El misterio de la rosa. La asimetría en las respectivas visiones a partir del estereotipo de belleza que domina este pasaje queda de nuevo evidenciada cuando, luego de reconocer la humanidad de Cocorí, la niña corrige su error: es un niño, pero lleno de hollín. Dicho de otra manera, la niña es incapaz de reconocer la otredad humana de Cocorí y trata de asimilarlo a su mismidad (la blanqui-tud) para interpretar su presencia.

Inmediatamente se ratifica la oposición de la relación cultura (= mundo de los blancos) contra naturaleza (= mundo de los negros), así como la fuerza del estereotipo de belleza eurocéntrico, al constituirse la rosa en traslación metafórica de la niña: esta posee las cualidades de la rosa, y viceversa.

Poco después leemos la manera como el narrador describe los sentimientos de Cocorí al comparar la delicadeza, la belleza, la fragancia inocente de la rosa con las grandes flores carnosas del trópico. La rosa es distinta, jamás a atrapará ni se comerá a una abeja, ni es como el aroma hipnótico de las orquídeas.

Cocorí concluye razonando que “en el país de los hombres rubios, las niñas y las flores son iguales”, en su delicada belleza, y no carnosas y violentas como en la flora tropical.

Ese segundo pasaje está construido sobre una matriz cultural discriminatoria contra el mundo negro. La influencia pudo haber venido del intertexto histórico que le sirve de generador narrativo; esto es, la llegada de los españoles a América, y el cual es ya portador de una matriz de discriminación de la cual Gutiérrez no pudo desligarse.

Esos son los pasajes más polémicos del texto. Lo importante es ver si esa matriz de discriminación –que vemos sobre todo en el segundo pasaje– se mantiene en el sentido general del texto.

Niño héroe. Mi parecer es que no se mantiene, sino que rápidamente más bien comienza a des-activarse. De mantenerse como dirección dominante en el programa narrativo general, la discriminación hubiera debido dar paso a un proceso de rechazo, de incomunicación, de silencios, cuando más bien se da todo lo contrario.

Hay una doble confusión de la niña al enfrentarse con una otredad que no entiende y que confunde primeramente con un monito, y después la hace pensar que es un niño cubierto de hollín.

Aquellas confusiones y la consiguiente vergüenza de Cocorí se superan de inmediato y dan pie a un breve pero intenso encuentro de palabras, de sentimientos, de intercambio amoroso que marca todo el desarrollo posterior de la narración.

Ese intercambio se constituye en el eje del programa narrativo del texto. Este momento funciona como el verdadero inicio del relato, cuando el niño héroe Cocorí se lanza a buscar respuesta a una de las mayores interrogantes que han acompañado a la humanidad y a cada ser humano: por qué lo que nos es valioso, lo que amamos, tiene una vida tan efímera, y por qué lo que causa daño o que parece no tener sentido puede durar tantos años.

Cocorí, el libro, no es un ingenuo relato para niños. Es un texto que se inscribe en las grandes líneas de la literatura universal y que nos enfrenta ante las preguntas que a menudo nos hacemos sobre el sentido de la vida, de la muerte, del tiempo, de la existencia, de lo efímero de aquello que amamos.

La obra ofrece la respuesta con una metáfora, simple, directa, por boca del Negro cantor: “sus edades son horas en un día”. El ser humano puede ser pasajero, pero permanecerán siempre la belleza, la felicidad, el amor, el aroma que se vivió y compartió en una hora que vale más que cien años de vida inútil.

Un niño negro es el héroe: aquí estriba el valor filosófico y estético de Cocorí , lo que muy probablemente haya motivado la difusión universal y sus múltiples ediciones en diversos idiomas; y todo ello en un libro de literatura “infantil” escrito en 1947, cuando la población negra de este país ni siquiera era legalmente costarricense.

Con sus valores literarios y sus contradicciones (que las tiene), Cocorí ofrece una buena oportunidad para que el medio educativo ponga en claro los malentendidos que también forman parte de nuestra historia cultural. Lo peor que podemos hacer es considerar que la solución “políticamente correcta” pase por el silenciamiento de un texto.

El autor es decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional y miembro de la Academia Costarricense de la Lengua.