Jorge Arturo Mora. 29 agosto, 2018
 Chema de la Quintana posa en la Casa del Cuño. fotografía Rafael Murillo
Chema de la Quintana posa en la Casa del Cuño. fotografía Rafael Murillo

Autoproclamado como un hippie, Chema de la Quintana es un hombre fiel a sus creencias. Su carrera, como escritor y editor independiente, le ha dado muchas oportunidades de huir por un camino más sencillo, algo en lo que nunca ha cedido.

En su visita a Costa Rica, el editor de la importante editorial Amargord, que abrió en España un espacio para nuevos literatos y estilos literarios más subversivos, conversó sobre el oficio que ha amarrado sus días desde hace 15 años.

–¿Qué significa ser un editor independiente en la España del 2018?

–Yo empecé en el 2003 a publicar. Son tantos años publicando poesía… Nosotros veníamos del mundo del Madrid divertido, de la movida, y desarrollamos galería de arte, una revista sobre la noche madrileña, habíamos hecho hasta ballet… En eso, llega ese momento en la vida en que lo único que me interesaba era editar poesía. El día que estrenamos un ballet en Madrid lo decidí. Quería editar poesía, no prosa, no best seller, no libros maravillosos… Así que, tras tantos años, ser editor es buscar la manera de seguir haciendo lo que quiero.

–Durante estos 15 años, ¿cómo ha evolucionado Amargord?

–Al principio no se podía editar porque las imprentas no daban de sí, pero se vendía. Se vendía lo que se publicaba. En el 2008, Europa entró en una crisis feroz y pensamos que íbamos a cerrar, pero yo me dije: ‘ya soy mayor, ¿qué voy a hacer?’. Así que decidí seguir. La tecnología ha ido cambiando y hoy se puede ser editor, nada más que no se vende tanto. Lo que existe en edición actualmente adolece de defectos. Una edición debe tener tres partes: producción, promoción y distribución. Hoy, las editoriales nuevas se quedan en la producción. Tan siquiera llegan los libros a la librería.

–Y repercute sobre el autor…

–Sí, y es que además nosotros somos los malos. En nuestra editorial, no somos los buenos, los políticamente correctos. Editamos a quienes se arriesgan, a quienes tienen voz propia aunque no lo conozcan. Nos interesa por el mensaje y por la forma. Por ser original.

–¿Cuáles consecuencias ha sufrido por tomar esa postura?

–Realmente piensa que los libros malos son los que se venden. La mediocridad viene en grande y produce éxito seguro. Tenemos dificultades por el tipo de autores que trabajamos. Para algunos, nuestros autores son muy intelectuales o muy raros o muy malditos, entonces se vuelve difícil. Tenemos un hueco de mercado importante. Actualmente, vendemos de 500 a 700 libros todos los meses. No es mucho pero nos permite vivir.

–En España, ¿las editoriales independientes transcurren en una corriente parecida?

–Hay de mucho tipo, más que aquí (en Costa Rica). Hay dos clases de editoriales independientes: las que son así desde el inicio y viven por propia fuerza, y las que viven de la subvención del Estado. He pensado que la literatura subvencionada es literatura domesticada. Eso me lleva muchas criticas en España. A mí no me gusta que el Estado se entrometa en la creación crítica o literaria.

–¿Qué sucede con esas editoriales?

–En cuanto bajaron las subvenciones, cerraron muchas. Yo creo que no son tan independientes, entonces. Ahora hay una especie de popurrí tremendo en España. Creo que nosotros estamos al margen de eso.

–¿Considera que el público general entiende el funcionamiento de las editoriales independientes?

–Hombre, no, pero es importante que se muestren otras voces. Si la cultura es un todo, la poesía diferente hay que contarla. Lo que no se puede contar es lo que se ha contado siempre. La cultura oficial, la políticamente correcta... Creo que hemos hecho una labor importante en dar a conocer a gente que no se conocía.

–En ese nado contracorriente, ¿cómo completar el proceso de edición?

–Es muy difícil. Tenemos la ventaja de llevar muchos años y llevo varias selecciones. Hago distintos tipos de ediciones con cada libro, dependiendo de lo consagrado y lo conocido del autor. Trabajamos con siete distribuidores en España y tres en América. Nuestros libros llegan, pero siempre cuesta venderlos. Hemos padecido mucho porque siempre estamos en estado precario. Trabajar en la poesía es así pero es una pasión. Trabajar por esto que parece tan inútil es más importante de lo que parece porque la poesía no se deja domesticar. No es lo que tú quieras hacer con ella sino lo que quiera hacer contigo. No es súbdita.

–¿Cual podría ser el rol de las editoriales en este momento?

–Yo creo que hay un problema importante. Hoy como vivimos en una sociedad monetaria, pues parece que todo debe pasar por la economía y ahí está el éxito. En poesía no es así: aquí lo que buscamos es talento, gracia que debe ser sustentada en técnica y talento. Es nuestra búsqueda y nuestro intento de enseñar la gracia que hay en una sociedad. Eso se da de tortas con el éxito que busca solo producir para un retorno de dinero abundante, pero no está creando una lengua distinta, una consciencia distinta, un imaginario distinto.

–¿Cuál es la aspiración de Amargord para lo que viene?

–Sobrevivir. Sin duda, sobrevivir.