
Dioses, semidioses y reyes de los océanos ha habido desde los tiempos sin memoria. El monoteísmo acabó con ellos en el plano religioso, pero no en la creatividad de la ficción. Hoy, el cine vuelve con tales personajes, nacidos de un viejo cómic: los vemos en el filme “Aquamán” (2018).
La película nos llega dirigida por James Wan, realizador malayo nacionalizado australiano, especialista en cine de terror y en manipular la cantidad que le impongan o él quiera usar de imágenes manejadas por computadora (CGI, por sus siglas en inglés: “Computer-generated imagery”).
En cine, el personaje de Aquamán ya ha tenido ocasionales presencias por ahí, en otros filmes de superhéroes. Ahora le dan su película, suya de principio a fin, con exceso de parafernalia (por su cansado alarde visual) y de boato (por su vana ostentación formal).
La trama es lo de menos: es la biografía de Arthur, quien habla con los peces desde niño, tan solo porque su madre “no-humana” se enamoró de un humano cuidador de un faro. Para decirlo de manera más exacta, la trama es pueril, donde un tridente viene a ser como el mazo de Thor y donde el total narrativo no es más que la suma de ocurrencias fáciles de suponer.
Desde el pésimo diseño de personajes, la película anuncia que las desgracias nunca llegan solas, porque le siguen las malas actuaciones (de tipo escolar), el desarrollo desigual de un relato igualmente compulsivo y tonto, la música estorbosa, una fotografía sin arte alguno y un montaje caprichoso. Aquí no hay estructura narrativa alguna, aunque se “cuente” algo.
LEA MÁS: ‘Aquaman’: el señor de los mares llega al cine
No me queda duda que la poderosa industria del entretenimiento, la que nos hace olvidar retos humanos más importantes, esa industria primero crea la necesidad y luego la satisface. Es lo que vivimos con esta saga fílmica de los superhéroes, parte de lo que algunos llaman “cultura de masas”, pura abundancia cuantitativa y poco arte: es el cine manipulado de antemano para cierto tipo de consumidor.
Pese a su director, “Aquamán” cae en lo mismo y sus debilidades se ocultan en el exagerado espectáculo visual, derroche rocambolesco de tecnología para estirar el argumento más allá de lo razonable, con descuido del encuadre, del plano y hasta de las secuencias. Cine de pocas neuronas y sin ninguna sinapsis entre ellas.
El exceso visual que algunos alaban lleva, más bien, a ser un conductor del mal gusto: por signo inverso, lo que tenemos es una expresión “kitsch”, o sea, imágenes por computadora que –en su desproporción– son muestras de mal gusto.
No tengo una sola razón para recomendarles “Aquamán” ni su barullo atlántido u oceánico, pese a sus buenas intenciones al denunciar el desorden ecológico de los mares por culpa del ser humano.
CRÍTICA DE CINE
TÍTULO ORIGINAL: AQUAMAN
EE.UU, 2018
GÉNERO: Fantástico
DIRECCIÓN: James Wan
ELENCO: Jason Momoa, Amber Heard
DURACIÓN:139 minutos
CINES: San Pedro, Nova, Cinemark, Cinépolis, CCM, Citi
CALIFICACIÓN: Una estrella de cinco posibles