
En su taller en Tres Ríos de Cartago, Jonathan Barrantes toma el mazo, elige entre la fila de gubias que cuelgan en su pared y se planta frente a un pesado tablón que convertirá en una de las tan apetecidas puertas, las cuales vende en el extranjero por miles de dólares.
La mirada ajena puede pensar que sus brazos, que más se asemejan a los del hombre forzudo de un circo, no harán más que sacarle rudimentarios y aleatorios bocados a la madera. Pero la realidad es otra. Cada talla de Barrantes es un preciso gesto que nace de una profunda comunión con el arte.
En su rudimentario espacio de creación también se albergan sierras y talladoras eléctricas. Según detalla, esas herramientas son una alternativa mucho más económica en comparación a surtirse de las gubias necesarias, y las tiene ahí porque con ellas, a menudo, realiza tutoriales para que entusiastas y quienes busquen negocio puedan entrar al mundo de la escultura.
Sin embargo, aunque parezca que ese método puede ahorrar fatiga y colones, tallar con equipo eléctrico le significa el sufrimiento de sus pulmones por el aserrín, pasar la noche con bolsas en los ojos, y, sobre todo, un calvario para su alma.
Él, en cambio, prefiere los repetitivos martilleos que, con su característico sonido, le regulan pulso y respiración, le liberan el espíritu y lo llevan a un trance que lo deja correr libre por un mundo de inspiración. Solo así es que de verdad entra en conversación con el otrora árbol, hasta convertirlo en esa obra que habla por sí sola y encanta a la vista.
“Uno, cuando está muy estresado o ansioso, esto (sonido del martilleo) lo relaja, es como una medicina. Cuando usted está así en el bosque o en una montaña, cualquiera diría: ‘Mirá, hay un pájaro carpintero ahí dándole a un árbol’”, comentó Barrantes.
“Trabajar de esta forma tan natural, alrededor de flora y fauna, es una conexión donde el alma se libera. Hay una armonía donde el arte y la naturaleza se abrazan, se juntan... comparten”, agregó.
@escultor_jonathan He recibido el honor de crear una puerta única, un encargo especial que me permitirá plasmar un profundo y detallado arte de un Caballo y un Bovino Brahman. Esta obra la esculpiré en un solo tablón de madera de cenizaro, una madera noble que realzará la belleza natural de los detalles esculpidos. Cada trazo y cada relieve en esta puerta llevará consigo un mensaje profundo y trascendental, convirtiendo esta pieza única y exclusiva, será una obra de arte que comunica y emociona. #creadoresdecontenido #views #longervideos #enseñanza #aprendiendo #escultorjonathanbarrantes
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Esa elección de su método de trabajo, totalmente contraria a la lógica industrial, habla de él tanto como el verdor de una solo hoja es la expresión misma de las raíces de un enorme roble.
Porque ese detalle es más que un tema de gusto, es una confesión de que, aún con el éxito monetario del que hoy goza, no deja de concebir al arte como ese oasis del que bebe su paz, así como lo hizo años atrás, cuando lo ahogaba el estrés de su lucrativo negocio de tecnología.

Ahora, se pasa las horas en sus dos talleres, uno en Tres Ríos y el otro en Cervantes, donde forma a cada una de sus especiales piezas, cuya elaboración le representa siempre una aventura muy particular.
Tras explicar el gesto bravío de un Pablo Presbere recién tallado, —“yo he visto que le ponen semblante tranquilo, pero él estaba indignado, defendiendo lo suyo”, dice— cuenta que lo más pequeño que trabaja son obras de medio metro.
“Yo hago diseños únicos y exclusivos, no son plantillas. Para hacer eso mejor me compro una de esas duplicadoras de tallas con las que me hago 100 puertas iguales. No, yo lo hago para que la persona tenga la satisfacción de que solamente él tiene ese diseño de mi parte”, apunta tajante.
También, revela que su fascinación por ese mundo lo acompañó toda la vida, pues su padre, quien ya falleció, fue escultor. Aunque su carrera y vida familiar la lastró el alcoholismo, Barrantes tomó únicamente el ejemplo artístico de su papá.
Conforme avanza en el relato de cómo surgió su vocación, Barrantes y su historia se astillan con pasajes tristes que endurecieron su corteza, al menos solo lo necesario para sobrevivir en este mundo sin arrebatarle la sensibilidad de savia dulce que brota de sus adentros.
‘Mi infancia fue bastante difícil y muy corta... tuve que trabajar como un hombre’
En sus primeros años, él, su madre y hermanos no echaron nunca raíces. Al contrario, su destino fue como el de un diente de león, al que los vientos de las congojas los llevaron por Cartago, Heredia, Puntarenas y hasta Guápiles.

Fue en suelo limonense, ya bien hallado con su familia, donde su rumbo se torció para siempre por, según sus palabras, “un error” de su madre. Tenía 9 años cuando su papá reapareció, con la promesa de que lo llevaría a San José a comprarle ropa.
Algo en su corazón de niño le decía que no debía irse, pero al final, obedeció. Aquel viaje a la capital fue un suplicio, pero de a pocos la ilusión lo iba calmando. Esa noche se fue a dormir creyendo firmemente en lo prometido y, al salir de la mano de su progenitor, la mañana siguiente, todo era alegría.
“Cuando eso estaban remodelando el parque Morazán y había unos árboles de cedro grandísimos y yo vi las las las figuras que él hacía. Yo quería estar ahí con él.... cuando lo veo con una hielera más grande que yo”, relató.
“Me fui a vender helados a la Plaza de la Cultura. A partir de ese momento yo le perdí miedo a la capital y empecé a andar por todo lado vendiendo”, añadió.
Meses después regresó con su mamá, pero ya las cosas eran distintas. Jonathan había aprendido de la forma más amarga a pulsearla en la calle y cada tanto salía de Guápiles hacia San José.
“En aquel entonces no había ni siquiera beepers y en la casa no había teléfono fijo. Pero ya mi mamá sabía que yo me la jugaba trabajando en la ciudad y no se preocupaba mucho. Lastimosamente, la mayoría de papás tenían esa mentalidad, que el niño tenía que trabajar desde muy niño; aparte de que tenía muchos hermanos en los cuales ella pasaba muy ocupada”, contó el escultor de 45 años.
“Ya a los 11 años me valía por mí mismo, de hecho, tenía que pagar mi manutención en la casa, siendo un niño", recordó.

En esa época, las visitas al taller de su padre también le permitieron experimentar con la escultura desde los 12 años. Con igual esfuerzo salía a vender sus piezas, pero a los 14 tomó la radical decisión (que duró 24 años) de dejar el arte, al ver que era tan mal pagado.
"Mi infancia fue bastante difícil, fue muy corta y tuve que trabajar como todo un hombre en construcción. Todo eso me dificultó bastante el estudio. Lógicamente que uno, gracias a Dios, se va preparando luego autodidácticamente”, recordó.
El estrés tras el lucrativo negocio de vender computadoras Apple
Al entrar en su adultez, canalizó su inquietud artística en el canto sacro. Curiosamente, tiempo después, su búsqueda por crear discos para vender de sus grabaciones lo llevó a comprarse una computadora.
En aquel momento, era más que torpe para la tecnología y requirió de la ayuda de su esposa para abrir su primer correo electrónico.
“Cuando me di cuenta estaba manejando Photoshop, empecé a grabarme con Adobe Audition y yo decía: ‘Si lograra tener una computadora Apple, conquisto el mundo’. Es que esas eran de los diseñadores gráficos profesionales y bueno, se me dio la oportunidad cuando salieron los procesadores Intel en las Apple”, aseguró.

Luego, ya ducho en el terreno del software, le ofrecieron comprarle su computadora, y al ver el gran pago que recibió, montó una venta de estos equipos, a la cual se dedicó por 15 años.
Las ganancias eran jugosas, pero cada vez con más frecuencia, las exigencias del servicio al cliente le causaban un profundo estrés que lo hizo retomar la escultura, hace una década, como terapia.
“Quería hacer arte para mí y yo dije: ‘Si este arte alguien me lo quiere comprar, me va a tener que pagar el precio justo’. No me interesaba venderlo, de hecho que no quiero que se venda, quiero que se quede ahí, pero si me daban lo justo, con mucho gusto lo vendía”, detalló.
Pero confiesa que el arte lo fue “atrapando”, y en 2018 decidió llevar varias de sus piezas a una feria en Terramall. Ese día le fue tan bien con las ventas que se motivó a dejar su negocio para concentrarse en su verdadera pasión.
Y lo cierto es que, casi siete años después, no hay dudas de que cayó muy bien parado de ese salto de fe.
Al publicar sus obras en redes sociales, logró crear una importante comunidad y comenzó a recibir pedidos de México y Estados Unidos. Lo más pedido son sus puertas, donde labra desde caballos hasta lapas, siempre de forma inédita.

Estas las trabaja contra pedido, con maderas que compra a una fábrica de puertas con el material y medidas deseadas. Todo depende del diseño y de si está elaborando simultáneamente otras piezas, pero lo normal es que dure cuatro o cinco días en la elaboración de estas piezas.
Además, sus clientes lo hicieron salirse de su comodidad y experimentar con el cemento, que, por cierto, representó su primer gran venta.
“Cuando logré pegar ya un trabajo de $10.000 (¢5 millones) fue de impacto, porque yo nunca había hecho una venta tan grande ni en tecnología. Era un Marlin y un poco más de peces en cemento. Esa fue la que más me sorprendió”, rememoró.
“Después vino la de ¢25 millones, pero ya como que no me asustaba tanto ese número (risa). Ya vi que en el arte uno puede llegar a niveles bastante altos", agregó.
En su trato sencillo y sus formas no hay ni el más mínimo indicio de que la prosperidad de su quehacer haya degenerado en soberbia; de eso es testigo cualquiera que haya topado con sus redes sociales, donde, sin chistar, se pone sombrero de maestro ad honorem para cualquiera.
Tampoco hay seña de eso en su taller. Allí, por más que alguna lo tienta a quedársela para sí, las piezas salen a como entran. Nada queda allí, más que las virutas y su satisfacción.
A Barrantes, las grandes sumas solo lo hacen agradecer a Dios por el bien de su familia. No lo marean, pues de él no se borrran los surcos de historia de ese niño que fue por ropa y terminó jalando una hielera.

