William Venegas. 22 julio, 2019
La excelente actuación de Andrea Berntzzen es sustancial en filme de suspenso político. Fotografía: ROMALY PARA LN.
La excelente actuación de Andrea Berntzzen es sustancial en filme de suspenso político. Fotografía: ROMALY PARA LN.

No más comienza la película y el rostro de una joven parece interpelarnos, mientras nos mira directamente desde la pantalla grande. Nos pide nuestra atención. Pronto nos damos cuenta de que, en realidad, ella habla con su madre a la distancia, por celular.

Ella le dice a su madre que todo anda bien ahí, en Utoya, en un campamento juvenil del Partido Laborista noruego. Es el comienzo de un filme que ha de atraparnos emocionalmente conforme transcurre: Utoya 22 (2018), con la sorprendente dirección de Erik Poppe.

Pronto, tanto la muchacha como nosotros, espectadores de alguna manera apelados, hemos de darnos cuenta de que algo fuerte está sucediendo: se oyen balazos (que marcarán el ritmo de la película), vemos jóvenes correr, otros caen heridos o muertos y el temor a lo desconocido cunde por el campamento.

De ahí en adelante, una sensación de desabrigo le da lugar a lo emocional presente en el filme: hay alguien que mata, sociópata. Así fue. Sucedió en la isla de Utoya, el 22 de julio del 2011 y, en alarde visual, el filme nos muestra la matanza con acertado plano-secuencia (sin cortes).

El silencio solo es roto por los metódicos balazos y las voces de jóvenes tan estupefactos como llenos de miedo: del asesino no se sabe nada y en una ocasión la cámara lo perfila a la distancia con algún detenimiento. Solo al final nos revela la verdad.

En el centro de su narración, Utoya 22 nos sacude con el tema de la vivencia del caos, de la vulnerabilidad. De pronto, no se trata de un campamento con actividades de socialización: “¿es un simulacro?”, preguntan los muchachos al oír los disparos.

El filme es la exposición misma al caos, del cual saltan actitudes propias de la complejidad humana: tanto la solidaridad ante el dolor o el temor ajenos como el egoísmo que procura la salvación propia por sobre la de otros (“Aquí ya no hay lugar”, alegan algunos cuando otros quieren ingresar a sus escondites).

Junto al tema de la vulnerabilidad se halla el de la inocencia perdida, la que se relaciona con la seguridad del mundo real. Son situaciones de la vida que se ven coartadas por un evento particular, en este caso en Noruega, pero comunes en otras sociedades que padecen por las guerras, la delincuencia, la falta de oportunidades, por citar tan solo algunos casos, donde la inocencia se pierde a veces desde temprana edad.

Dice el escritor israelí Yuval Noah Harari que los terroristas no piensan como generales del ejército, sino como productores teatrales y que “puesto que de forma intuitiva entendemos que el terrorismo es teatro, lo juzgamos más por su impacto emocional que por el material”.

Por eso, en Utoya 22 es importante la manifestación de las emociones de los personajes adolescentes en el tiempo psicológico que el filme expresa con su plano-secuencia. Igual, es atendible su temor ante el crecer “de la derecha” en política (lo dice el filme claramente). ¿Cómo hallar coherencia, pues, en un acontecimiento que demuestra un mundo (de seguridad) que se desploma?

UTOYA 22
UTOYA 22

Esta película debe verse, debe ser comprendida hasta su última expresión y debe ser asimilada: para eso vive como cine.

Ficha técnica

Título original: Utøya 22, julio.

País: Noruega, 2018.

Género: Drama.

Director: Erik Poppe.

Elenco: Andrea Berntzzen, Aleksander Holmen.

Duración: 93 minutos.

Cines: Magaly.

Calificación: Cinco estrellas.