Carolina Jaikel da la bienvenida en la entrada de su hogar y sin que haya necesidad de cruzar el portal, su amable sonrisa -que le trepa el rostro y reluce en sus ojos- es la verdadera puerta abierta hacia la paz en la que habita.
Unos momentos después, sentada en el comedor, sirve con su voz fina un festín de sabiduría y templanza, al relatar todo un año de una lucha contra el cáncer que, como sentencia totalmente convencida, provocó un milagro que la transformó, porque hoy en su organismo no se ven rastros de que la enfermedad esté activa.
De repente, con melena castaña y con una irradiante chispa que llena toda la casa, entra uno de los faros que hoy guían su misión de vida: Leonardo, el hijo menor de Carolina y su esposo, el exfutbolista Bryan Ruiz.
Tras ganarle el debate a su mamá –y prometer que no hará “ni un ruidito” que interrumpa la entrevista– el pequeño de ocho años toma asiento al otro extremo de la larga mesa, saca una taza de la lonchera y se concentra en devorarse los macarrones que no comió en la escuela.
Mientras su madre habla, Leo, entre bocado y bocado, no le quita la mirada y así deja claro que no lo movía un capricho, sino el más genuino deseo de escucharla atento, con esa admiración que se dispara por sus retinas.
“Me costó un poquito entender al principio, pero ahora sé que mi labor número uno era enseñar a Dios en esta casa, tenerles paciencia y empezar con ellos (Leo y Benjamín, el mayor)”, dice Jaikel sobre el cambio espiritual que ha experimentado desde aquel 30 de junio de 2025, fecha en que fue diagnosticada con cáncer de pulmón con metástasis ósea.
Cada paso en su día a día lo toma con calma y no exclusivamente en esos días donde la quimio y el dolor de sacro la han tumbado en cama. El pulso de tranquilidad hace latir en ella el entendimiento necesario para apreciar la vida, decidir qué añora y hasta reevaluar las páginas ya pasadas.
Ahora, suele decirles a sus chicos que ellos tienen más cerca el oído de Dios. Aquel cariñoso y espiritual mensaje hace pensar que, quizá, no sea casualidad que su reencuentro con la fe, en medio de este viaje de incertidumbres, también le haya redescubierto sus raíces y remitido a su infancia. Ya que en las miles de muestras de amor que recibe en redes sociales, en el sostén de su amplia familia y los valores que quiere inculcarle a sus hijos, se asoma también su pasado, ese que curiosamente posa de incógnito en el retrato público de su figura.
Se trata de un pasado que, hoy que la esposa de Ruiz ha tocado con su testimonio a tantos en Costa Rica, vale la pena contar.
Carolina Jaikel, la abogada fiebre del tenis que aprendió de unidad con su familia libanesa-tica
Ella misma, al hablar sobre ese bastión que llama red de apoyo y que la ha mantenido firme en estos complicados meses, es como si reviviera la sensación intacta de esas mañanas cuando le contaban la historia de su familia, en la casa de los Gazel, en Paseo Colón.
Fue en esa casa —construida el siglo pasado por sus abuelos llegados de Líbano— en la que comenzó la historia de su gente, y donde desde que tiene memoria, entre la catizumba, aprendió que el amor tiene el don único de engrandecerse cuanto más se comparte.
“Mi abuelita cocinó, casi que hasta sus 85 años, todos los miércoles para toda la familia. Éramos a veces 35 personas almorzando; tanto ruido que ni se escuchaba, entre unos y otros. Crecí en casas de puertas abiertas, en que todo el mundo es bienvenido”, narró.
“Mi papá llevando a mis amigas, mi mamá para todos lados… porque siempre trataban que estuviéramos ahí cerquita. Yo le digo a Bryan que eso es lo yo que quiero para mis hijos”, añadió.
Carolina creció, además, de rodeada de primos y tíos, en el seno de la comunidad libanesa-tica que, según explica, supo refugiarse en este suelo al calor de la fraternidad y el cobijo de San Chárbel, el primer santo del Líbano.
Luego, las primaveras siguieron cada vez más lejos del jardín de los abuelos y la bulla de domingo en familia. Jaikel continuó rumbo a estudiar derecho, la casa se convirtió en el hotel Casa Colón y el santo, para Carolina de los Ángeles (su nombre completo), quedó solo en una estampilla.
La pasión compartida era ahora la fiebre por el tenis que heredó de su padre. En ese entonces, el fútbol poco importaba y el mechudo que le robaba los suspiros (deportivamente) era Rafael Nadal.
“Hoy sé que fue Bryan el que metió los goles (a Estados Unidos), pero me acuerdo de estar en la U en el día que quedamos fuera del Mundial del 2010 y ver a mis compañeros ahí afuera escuchando en ese momento. Yo me imagino que era un radio en ese momento y todo eso para mí era superajeno”, rememoró con humor.
El set cambió contra todo pronóstico y unas semanas antes del siguiente Mundial, ya como empresaria y abogada enfocada en lo comercial, se casó con Ruiz, uno de los héroes ticos de Brasil 2014.
“Tuve que aprender de fútbol. El fútbol me cambió porque, pues, me casé, me fui a vivir con él afuera y hoy en día me gusta la parte estratégica, pero la parte aficionada no la tengo. Si Bryan o mis hijos no están, no me importa lo que pase”, comentó.
“Los fines de semana dependían de él y ahora de cuatro: Leonardo juega dos partidos por semana, Benji juega uno, Mathías (su hijo de corazón, como ella le dice al primogénito de su esposo) juega uno y Bryan dirige uno. Esta casa respira fútbol 24/7. Y además juegan fútbol todo el día (dice señalando la cancha sintética bajo su casa). Entonces, creo que casarme con Bryan me preparó para esto”.

Paralelo a aprender de su esposo los pormenores del balompié, se fue abriendo paso en la empresa inmobiliaria de su padre, aprovechando la singularidad de ser una abogada a la que le gustan los números.
“Admiro mucho a papi a nivel profesional y tengo el privilegio de trabajar con él codo a codo y de aprender de él. Y en la colonia libanesa pasa una cosa, que es que trabajan mucho juntos. Migraron aquí y juntos se ayudaron a crecer los unos a los otros”, detalló Carolina.
“Aprender de eso es muy chiva, además, varios de mis primos trabajan en eso. Hacemos proyectos en común y ese es el plus más grande que tengo: seguir haciendo lo que amo con las personas que amo”, sentenció.

Actualmente, cada vez que va a la oficina, lo hace con más compasión de sí misma y con más aprecio del tiempo. Es más selectiva de los proyectos y los procesos en los que participa y, sobre todo, ya no considera que su valor esté en lo que pueda producir.
“Tuve que irme y uno se cree que el mundo lo necesita, incluso mis hijos, y la realidad es que no. Otras personas agarraron los roles de mis hijos mientras yo estuve en Estados Unidos un mes. Fue como estrellarme en una pared. Obviamente, soy irremplazable como madre, pero me di cuenta de que el valor no venía por ahí”, reflexiona con humildad.
“Si a mí me quitan de la ecuación, todo sigue. Lo que tengo es un privilegio de estar acá; el mundo no me necesita. Yo solía creer que valía por eso, porque hacía mucho y ahora, en vez de hacer y hacer y pensar que soy valiosa por todo lo que tengo, más bien veo que, pucha: todo es un regalo”, continúa.

Entre esos regalos brilla como piedra preciosa el favor que le ha hecho el tiempo: preservarle a sus seres queridos en medio del camino de retos y duros cambios que ha tenido su vida. Empieza por nombrar a su esposo, que ha sido ese baluarte silencioso en medio de la tormenta.
Los reencuentros en medio de la lucha
Además de Ruiz, también está su hermana y sus primos, que, si bien ya no juegan en el mismo patio, abrieron sin que ella supiera un chat de Whatsapp en el que no le pierden la pista a la lucha que libra. Otro vínculo que sigue incondicional es el de la comunidad libanesa, que la ha abrazado en este proceso con óleos benditos, conduciéndola al reencuentro con el catolicismo que, confiesa, no estaba demasiado presente hasta su diagnóstico.
Tras 20 años sin confesarse, fue en la iglesia de las Ánimas, en San José, donde volvió a este sacramento, nada menos que con el padre Charbel El Alam, descendiente de San Chárbel, ese santo de la tierra de sus abuelos del que conoció siendo una “chiquilla”.

“Hace mucho tiempo llevamos a mi abuelita al Líbano para que ella volviera a su tierra. Y fuimos a visitar la tumba de San Charbel, que es impresionante porque no sé cuántos años muerto y sigue sudando. Desde ahí siempre tuve esa espinita”, recordó.
“Cuando yo me enfermo, una familiar que empezó una novena a la que nos conectamos todos los días desde mi diagnóstico, me contó que siente el Espíritu Santo como si tuviera una electricidad por el cuerpo. Y yo estoy un día así, tranquilamente viendo Instagram, y me sale un video de San Chárbel; me lo quedo viendo y empiezo a sentir eso mismo en todo el cuerpo”.
”Terminé de ver el video y le digo a Bryan: ‘Yo creo que esto fue el Espíritu Santo, porque ¿qué fue esto?’. Es que hasta que se me eriza la piel todavía de pensar cómo me hizo sentir", relató con vibrante emoción.
Esa semilla de la fe que profesa, y a la que la abogada de 40 años se ha aferrado en estos retadores meses, florece con un gesto en la lluviosa tarde en que Carolina repasa su vida: cuando Leo oye a su madre pronunciar “Dios”, alza las cejas como diciendo “¡Yo sé bien de quién habla!” y con alegría junta sus manos por encima de la cabeza, en posición de plegaria.
Carolina no se percata de aquella tierna escena, pero ella sabe mejor que nadie que esa esencia es la que ahora revuelca cada rincón de su rutina; la misma que, por ejemplo, un día cualquiera, la sorprende al subir las escaleras y encontrarse pegados en las paredes papeles con mensajes agradeciendo a Dios en caligrafía infantil.

Porque hace menos de un año, Leo, allí mismo, lloraba desconsolado preguntándole qué pasaría si ella muriera. Desde entonces. Caro ha pasado una radiocirugía de pulmón en Estados Unidos, sesiones de quimioterapia y muchas lágrimas más, que han hecho fértiles los corazones de una familia que respira gratitud.
Todavía hoy, las lágrimas, la ansiedad y los miedos vienen en garúas, pero Carolina siempre se repone, y aprovecha los charcos que quedan en el suelo para contemplar el reflejo de todas las bondades que ha aprendido a vivir con intensidad y asombro renovados.
“Tuve una conversación con Él, que puso fúrico a Bryan, porque le decía: ‘Dios, no me sane hasta que esté lista para no soltarlo nunca’. Y Bryan me decía: ‘No le pidas eso, nunca estamos totalmente listos... aprendemos todos los días’. Y yo le decía que he sentido cosas tan impresionantes que no quiero volver a estar lejos”, relató.
“Cuando la gente me dice que estoy sana, yo digo que sí, pero sana de otro lugar. Creo que no me voy a morir de cáncer, pero capaz que voy a tenerlo toda la vida. Tengo una fase cuatro y yo voy a estar muchos años en quimioterapia; la doctora me habla de cinco, siete, no se sabe. Sigo con miedo, pero ya no permito que me robe el presente”, concluyó Jaikel.

