
Son las cuatro de la mañana del 14 de enero en el centro de Cartago. Un grupo de agentes del Servicio Especial de Respuesta Táctica (SERT), del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), se alista para irrumpir en dos propiedades donde viven dos hermanos de apellido Villanueva, investigados en el caso Tejar, por robo de vehículos.
En medio de la penumbra, el sonido acompasado de las botas tácticas sobre el pavimento marca el paso de los uniformados, quienes en posición de estaca y cargando cada uno más de 35 kilos de equipo, están por allanar los inmuebles.
Para acceder a la primera vivienda, uno de los agentes sube a una tapia con ayuda de una escalera. Desde lo alto, a oscuras y empuñando un fusil M-4, vigila el entorno mientras sus compañeros avanzan por el inmueble al grito de “¡policía, policía!”. Pasaron menos de 60 segundos para que el grupo táctico controlara la escena.
Ese lapso entre el primer arietazo —como se le dice en la jerga policial cuando se golpea una estructura con un ariete de hierro— y la detención de un sospechoso, es una descarga de adrenalina difícil de replicar en otra circunstancia.
La reacción del cuerpo es inmediata, “la mente empieza a repasar los protocolos, los sentidos se agudizan: ves más, abrís los ojos más, estás más atento, escuchás más, u olés más”, describe uno de los veteranos operadores, cuya identidad La Nación protege por su seguridad.
La sensación no es en vano. Al irrumpir en una vivienda, durante un allanamiento, cualquier cosa puede pasar: desde que el sospechoso se rinda sin mayor resistencia —tal y como ocurrió con el cabecilla Michael Quesada, alias Shaggy, en noviembre pasado— hasta ser recibidos con armas de fuego por un sujeto dispuesto a todo.
Entre la vida y la muerte
“A mí me han tocado varios eventos”, relata un operador al recordar sus operativos de altísimo riesgo desde 2005. Rememora las tensas operaciones contra un grupo de fugados del centro penal La Reforma en el 2006, quienes fueron recapturados en Guácimo de Limón; o la refriega por la fallida fuga de esa misma prisión en mayo de 2011, donde entre otros, falleció Erlin Hurtado, el autor de la masacre de Monteverde.
Dar de baja a un objetivo es el límite extremo. “Si una persona es certera con nosotros, se causa un daño muy severo, gracias a Dios y con el entrenamiento que tenemos, hemos podido neutralizar las amenazas”, confiesa con alivio el oficial, recordando episodios donde el delincuente tenía el arma lista para halar el gatillo.
Pero accionar un arma y acabar con una vida deja cicatrices de todo tipo. Las semanas posteriores a un evento letal son complejas: el agente enfrenta una investigación por homicidio y comparte los pasillos judiciales con los familiares del criminal abatido.
“Eso no deja de ser desgastante, un exjefe solía decir que un panadero se llena de harina cuando trabaja y el policía lamentablemente, a veces se tiene que llenar de sangre”, admite uno de los “sierra”, como suelen llamarse entre sí quienes integran esta unidad táctica; ellos piden que la justicia entienda su actuar bajo la legítima defensa.
Disciplina quirúrgica
El trabajo táctico del SERT no admite el heroísmo en solitario, “físicamente tenés que ser bien fuerte y mentalmente más fuerte todavía”, explica otro de los agentes.
Al cruzar el umbral hacia su objetivo, los latidos del corazón se aceleran, para no perder el control, la disciplina en equipo es el diluyente de la taquicardia individual. Cada incursión es como una coreografía donde operan escuderos, técnicos en brechas hidráulicas, especialistas en explosivos y hasta expertos en primeros auxilios, si algo no existe en la unidad son cabos sueltos.

Cada operativo, cada incursión, se hace bajo estrictos estándares de seguridad y se ejecuta respetando los derechos humanos: por muy violento que sea el delincuente, el protocolo prohíbe el ensañamiento. "Lo malo no es tener miedo, lo malo es no canalizar ese miedo“, reflexiona uno de los operadores.
El temor los obliga a ser meticulosos, a revisar cada rincón, si alguien se paraliza frente a la puerta, el procedimiento es implacable: se le releva sobre la marcha y el operativo continúa.
Para forjar esta disciplina mental, el entrenamiento es extremo. Los han lanzado al mar desde helicópteros Black Hawk con su equipo táctico al hombro. “Flotando a la deriva, has sentido que te ahogás, quien logra dominar ese terror bajo el agua, jamás cederá al pánico frente a una ráfaga enemiga en tierra”, explica el experimentado oficial.
Sentido humano
El golpe del ariete destroza la estructura que protege al sospechoso que busca la justicia, pero en algunas ocasiones también la vida cotidiana de terceras personas ajenas al actuar delictivo de su familiar. Detrás de un búnker no solo hay sicarios, también hay esposas e hijos.
“Me ha tocado en muchas ocasiones tratar de ser humano con esos niños que no saben lo que está pasando, alzarlos para ponerlos seguros”, narra un operador.

A veces, aterrados, los pequeños levantan los brazos pidiendo ser consolados por el mismo oficial que derribó su puerta. “Tranquilo, nosotros somos buenos, no les vamos a hacer nada”, les susurran para apaciguar el llanto.
Secreto absoluto
Para los allegados de un agente involucrado en estas operaciones, acostumbrarse a la discreción y el silencio está implícito desde el primer día. “Nunca cuento a mi familia nada de lo que voy a hacer, ni a dónde voy, ni dónde estoy”, confiesa un oficial, quien explica que actúa así para no “inyectarles” estrés, el trabajo es un tabú absoluto.
Otro oficial comenta que siempre se despide de su madre con una frase cruda pero realista: “Yo sé cuándo me voy, pero no sé si voy a llegar”. La progenitora aunque consciente del peligro que enfrenta su hijo, acepta la vocación a la que está entregado, “ay papito, no diga eso”, suele exclamar la mujer.
La confidencialidad con que se desenvuelven los miembros del SERT se lleva al extremo durante los operativos, los celulares siempre están en modo silencio o mejor aún, se quedan en los vehículos.
Para blindar las misiones contra la corrupción, en la mayoría de ocasiones los agentes irrumpen en casas a ciegas: conocen el perímetro, pero ignoran los nombres de los criminales, solo tras dominar el recinto descubren a quién acaban de capturar.
Desventaja armamentística
La calle no es la misma desde hace por lo menos 20 años. En 2005 enfrentaban a delincuentes que poseían revólveres de seis tiros o pistolas 9 milímetros cuando mucho. Hoy el enemigo está equipado con fusiles AK-47, subametralladoras automáticas y mortíferas granadas de fragmentación.
El OIJ dotó a su personal de fusiles de primera generación M-4, pero aún así combaten en desventaja. El criminal vacía su cargador automático sin importarle acribillar a civiles. El policía dispara apegado al imperio de la ley, midiendo cada tiro.
Los capos viajan en camionetas blindadas Ford F-150 o Ram, los oficiales los persiguen con vehículos más livianos, enfrentan trabas burocráticas, también les limitan el uso de autos -algunos de ellos blindados- decomisados al narcotráfico, pues deben devolverlos intactos.
Fatiga extrema
La fatiga del grupo es una constante, ya que además de dominar estructuras tipo búnker, también custodian evidencias como cargamentos de drogas o armas, y escoltan a extraditables de altísimo riesgo.
Un traslado a zonas alejadas como Golfito es una labor de 12 horas entre ida y vuelta, escaneando la vía para repeler emboscadas y veces tienen que dormir a ratos en los vehículos, para no colapsar.
En la unidad destacan dos mujeres con la capacitación necesaria para aplicar llaves neutralizantes e inmovilizar a criminales de 1,80 metros y 100 kilos de peso.
Al terminar la misión, los agentes aseguran el sitio para los investigadores y el nivel de alerta empieza a descender. Evalúan la labor ejecutada como realimentación, el ritmo cardíaco vuelve a la normalidad, pero no por mucho tiempo: será cuestión de horas para que el equipo vuelva a formarse, las botas retomen el paso y otra puerta marque el inicio de una nueva descarga de adrenalina.
