
El amanecer del 2 de septiembre de 1841 parecía tranquilo en Cartago. Sin embargo, a las 6:30 de la mañana, la tierra se sacudió con tal fuerza que en menos de un minuto la ciudad quedó arruinada.
El terremoto de San Antolín, como se le conoce desde entonces por coincidir con la festividad de ese santo, marcó para siempre la historia del Valle Central.
Según registros oficiales de la época, más de una tercera parte de la población cartaginesa (unas 17.000 personas) quedó sepultada durante horas bajo los escombros. Aunque las cifras de víctimas mortales varían según las fuentes, se reportaron entre 16 y 38 fallecidos.
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Las pérdidas materiales fueron descomunales: de las 600 casas grandes que componían el centro de la ciudad, 291 se desplomaron por completo, mientras que casi todas las demás quedaron inservibles. Solo unas pocas, hechas de piedra o bahareque, resistieron el sacudón.
El fin de la Cartago colonial
El impacto no fue solo físico. El terremoto borró buena parte de la arquitectura colonial que aún dominaba la antigua capital.
Cinco de sus siete templos quedaron totalmente destruidos y miles de documentos, mobiliario y recuerdos familiares se perdieron bajo el polvo de los adobes derrumbados.
La investigadora Patricia Fumero, doctora en Historia por la Universidad de Kansas y profesora catedrática de la Universidad de Costa Rica, documentó en su artículo “Cartago y sus terremotos: San Estanislao (1822) y San Antolín (1841)” cómo este evento obligó a la ciudad a repensarse y reconstruirse, adoptando nuevas formas urbanas y arquitectónicas.
Un país solidario y el primer código de construcción
El jefe de Estado, Braulio Carrillo, reaccionó de inmediato. Convocó a tropas y vecinos de otras provincias para ayudar en el rescate y decretó que todos los hombres mayores de 12 años debían colaborar en las labores de limpieza y reconstrucción.
Además, dictó en octubre de ese mismo año el primer código de construcción del país, que prohibió las casas de dos pisos y estableció normas sobre el uso de bahareque y madera, buscando hacer las viviendas más resistentes a los sismos.
El inicio de una nueva ciudad
La tragedia abrió también una oportunidad: reconstruir Cartago con criterios republicanos y modernos. Calles más amplias, casas de un solo nivel y nuevas disposiciones urbanas cambiaron la fisonomía de la ciudad.
Aunque nunca volvió a recuperar el peso político que había perdido tras la independencia, Cartago renació con un paisaje urbano diferente, que aún hoy conserva huellas de aquel violento despertar de septiembre de 1841.
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